Aparentemente la mañana de ese sábado pintaba muy bien, no había nubes en el cielo como el fin pasado donde el deseo por el primer torneo de canicas se vio mermado por la lluvia. Todos los niños, que se hacían llamar —la palomilla—, habitaban esa unidad desde hace varios años y solo había dos nuevos que llevaban menos de tres meses viviendo ahí, y dadas las experiencias pasadas de los integrantes de la palomilla, quienes eran amigos entrañables con grandes lazos, no dudaron en invitar a los nuevos a todo: avalancha, fut o simplemente los recorridos eternos entre casas a lo largo de la unidad, sin embargo, algo raro siempre pasaba con estos nuevos pues no prestaban juguetes, lloraban ante cualquier raspón y nunca perdonaban nada. Esto no había logrado trastocar aún el buen espíritu de compañerismo y amistad que en la palomilla imperaba hasta ese día, el día de las canicas.
El juego comenzó, cientos de canicas comenzaron a brotar de sus pequeñas bolsas y después de unas horas transcurridas, para sorpresa de todos, los nuevos se habían apoderado de todas las canicas de los demás, con trampas, con robos en las distracciones y siempre aprovechándose de la buena voluntad de aquella palomilla que ahora se sentía despojada. Lo que sucedió después de esto fue el aparente fin de amistades de años, pues los nuevos comenzaron a separarlos prometiendo préstamos de canicas a cambio de lealtades y de esta forma fue que la palomilla terminó desintegrada por largo tiempo.
Antonio, uno de los miembros de mayor antigüedad del ya desintegrado grupo nunca se rindió y decidió ponerse a practicar todos los días al juego de las canicas, hasta que logró tener un nivel muy avanzado y convocó a todos a un nuevo campeonato. Los nuevos, entre risas, le dijeron que nunca iba a lograr ganarles y se burlaban de él, pero para sorpresa de ellos y de todos los demás comenzó a ganar, nadie podía creerlo hasta que logró despojar a este nuevo grupito de todas sus canicas. Le llamaron tramposo, mediocre, loco y un sinfín de adjetivos, mientras pataleaban enojados tratando de quitarle sus canicas de manera agresiva. Antonio juntó a la antigua pandilla y repartió entre todos todas las canicas que había ganado, les dijo que no debían aislar a los nuevos pero que ya no volverían a confiar en ellos y les pidió nunca olvidar su hermandad por unas simples canicas…
El odio en el discurso de la oposición es su gran enemigo, y es precisamente este el motivo por dl que no pueden concretar que se replique a placer, a pesar de tener la mayoría de los medios. El odio, aunque en algunos momentos puede conectar con algunas personas, resulta muy agotador y se revela muy rápido en su intención trayendo muchas preguntas para aquel que suele caer en la trampa.
Macario Schettino no para de buscar cómo disimular su odio, su sofisticación hace evidente que solo contiene un grito desesperado conservador: catalogar como populista, evocar la tragedia o estimar regresión y nulos resultados, son premisas constantes en sus notas.
Dresser ahora llama saqueadora a ma 4ª transformación, aclamando la entrada de más inversión privada para tener precios más bajos en energía. Aparentemente no se dio cuenta de que eso ya sucedió y pasó todo lo contrario.
Fernando García Ramírez le dice a López Obrador «el presidente de la impunidad» con el ya trillado y mal formado discurso de Bartlett, el huachicol y mil otros absurdos plagados de supuestos sustentados en las mentiras que solo el odio provoca.
Santiago Creel tratando de resucitar, pero con un futuro muy poco prometedor ante su nuevo discurso plagado de odio que solo genera pena ajena. No se diga de Fox acusando a alguien llamado Chinenbaum de ser culpable de un repunte en asaltos en el Estado de México —nunca encontré a ningún servidor público en el Estado de México con ese nombre o apellido—. En fin, así podría seguirme con muchos emisarios de la gárgola de X nombre.
El odio no es un buen compañero y le está haciendo mucho daño a la oposición y a México, porque no puedo concebir un buen desarrollo democrático en un país sin una buena oposición y lamentablemente México no la tiene; perdieron sus canicas, perdieron su perversidad, que era lo único que medio podía engañar a varios incautos, para convertirla en odio; perdieron su poder de división para mantener el control, han perdido casi todo y están a punto hasta de perder sus registros.


