Es increíble la obsesión que muchos desbordan por usar la frase — te lo dije —; desde el 2018 pareciese que esta obsesión es lo único que mueve a todo el aspiracionismo mexicano.
Lo más chistoso de todo es que los lugares desde donde pretenden agarrarse para santificarse como grandes profetas, son simplemente los lugares que sus adorados dioses neoliberales hicieron añicos.
Efectivamente es muy fácil profetizar el Apocalipsis a partir del mismo Apocalipsis que ellos crearon.
Primero se agarraron de la inseguridad, misma que estaba en un incontrolable crecimiento desde la fallida guerra creada desde un Estado más etílico que legítimo, se jactan de manejar estadísticas pero cuando les conviene exigen milagros inalcanzables, pero aún sabiendo que este problema implicaba una cruzada, se detuvo el ascenso y la estadística comienza a tener mejor vista que lo que pudiéramos imaginar.
También se agarraron como garrapatas a la economía, más concretamente al crecimiento del PIB, ese engañoso y muy Neoliberal dato que jamás ha contenido en sus entrañas el desarrollo de los seres humanos sino más bien es un simple indicador deshumanizado que solo refleja el valor monetario de todos los bienes y servicios finales producidos por un territorio en un determinado periodo de tiempo. Claro, si nos dejan un país neoliberal en el cual este indicador se tomaba como un dios todopoderoso, revertir su esencia para que solo sea un indicador más dentro de muchos que hay implica la creación de profetas creyentes de su propia audacia ladrando sin parar sobre el apocalipsis. Pero a pesar de ello este indicador ante un verdadero cambio de régimen ha teñido comportamientos normales.
Hay una realidad que muchos aspiracionales odian oír, y es que durante poco más de 40 años, los gobiernos nos vendieron o más bien nos hicieron comprar a fuerza, que el nuevo modelo ideológico / económico haría que todos fuéramos ricos, que nos llenaríamos de oportunidades y peor aún de libertad. Todo fue un fracaso.
Y aún sabiendo y viendo en sus propias narices el fracaso absoluto pero que en tiempo pasados nos profetizaron como hasta un dogma, la realidad es que esa profecía sólo estaba destinada al 1% de la población mundial y efectivamente lo cumplieron y no encima de que se cumplió, crearon una nueva y muy extraña clase social, la de los que creen tener pero deben todo, la del sueño americano, la de la libertad de poder morirse de hambre pero con la convicción que lo hacen libres.
Ahora el tema del nuevo apocalipsis es la inflación, un tema tan complejo que ver a tantas de estas huestes antes mencionadas, tratarla como si fuera su torta que comen a escondidas al final de la quincena da hasta nauseas. Ver el análisis vacío de culpar al presidente solo por el hecho de que no soportan la idea que exista, es por demás una sinfonía de aberraciones. Peor aún es ver que hablan de la inflación y la economía mexicana sin siquiera nombrar a Estados Unidos, cuando sus dioses ligaron casi con candado por cuatro décadas nuestra economía a la de ellos.
Ahora no hablemos de cómo se han agarrado del sistema de salud para tratar de mostrar su tercer ojo, sistema de salud que aunque les duela a los pequeños batracios del aspiracionismo, fue destruido por sus dioses, llevan 3 años defendiendo el seguro popular y jamás en 15 años se han parado en un hospital popular, prefiriendo ir al doctor simi y contar en sus aldeas cubiculares que fueron al Ángeles, claro que sin mencionar que sólo fueron a pedir costos.
El Apocalipsis es de donde logramos salir, porque nada de lo que decían que pasaría pasó. Claro estos mismos engendros de la bola de cristal jamás dieron una y ahora quieren vendernos que en estos momentos ya pueden ver con claridad el futuro, solo son simples mentirosos, malévolos e ignorantes.
El país está cambiando desde su ADN, cambio que puede durar muchos años para encontrar su balance, cambio que primero está curando heridas que nunca han cicatrizado porque seguían abriéndolas, porque después del cambio viene la transformación pero que requiere mucha serenidad, mucha revisión del pasado y muchísimo valor, valor que trae como recompensa el bienestar de poder sentarnos por fin, después de muchos años, a pensar en quienes queremos ser y no solo lo que podemos ser.


