El presidente Andrés Manuel López Obrador decidió utilizar su conferencia de ayer por la mañana para marcar su distancia respecto a la periodista Carmen Aristegui. En su diagnóstico: nunca ha estado cercana al movimiento obradorista y forma parte del bloque conservador. La coloca en el mismo costal que Krauze, Aguilar Camín y los dueños de Reforma y el Universal. Serán los radioescuchas de Aristegui y sus lectores, tanto en su portal como en el diario conservador Reforma, los que consideren qué tan atinadas, proporcionadas o desproporcionadas puedan ser las expresiones del primer mandatario.
La periodista tiene derecho a expresar lo que quiera del presidente (“¡Sereno moreno!”) y él en su derecho de defenderse, sobre todo cuando considera que su familia ha sido calumniada por la presentación de una que considera “investigación mentirosa” de Aristegui y Proceso. Claro que algunos quisieran ver a un presidente maniatado y pasmado, sometido a las críticas y a las plumas orgánicas de siempre; algo insano si pensamos que lo ideal es mantener alejados los intereses públicos de los privados.
Lo cierto es que López Obrador ha roto el paradigma de la comunicación oficial. Los expresidentes utilizaban el presupuesto como moneda de cambio para someter a los medios de comunicación: la televisión, la radio y la prensa escrita. La frase atribuida a José López Portillo “no pago para que me peguen” sintentiza parte de la dinámica en la relación entre el poder y el periodismo. Los titulares del Ejecutivo utilizaban a los medios para maquillar la realidad y éstos obtenían no solo dinero proveniente de la publicidad oficial sino jugosos negocios.
En este sentido, los medios y sus mensajeros cogobernaban siendo, en los hechos, un “cuarto poder” no reconocido formalmente dentro del orden constitucional.
En las democracias, el trabajo de un Jefe de Estado, de los otros poderes constituidos y de todos los que forman parte de la esfera pública, incluyendo medios de comunicación y los comunicadores deben estar bajo el escrutinio y sometidos a las crítica. ¿Por qué no?
Esto es difícil de entender para algunos medios y figuras mediáticas que operaron en la lógica del poder autoritario el cual toleraba ciertas críticas siempre y cuando estuvieran dentro de los límites del juego oficial. Las críticas toleradas eran monedas de cambio mientras los periodistas incómodos siempre fueron perseguidos.
En medio de este debate y de las nuevas condiciones en las que el poder presidencial no negocia sino discute abiertamente los temas, más vale que vayamos dejando atrás el mito de la falsa “neutralidad” porque hoy los medios no solo son los “mensajeros” sino fungen como actores interesados en incidir en las decisiones públicas.
Lejos de la clásica negociación anterior solucionada con dinero público, el presidente ha decidido jugar a las vencidas sin ofrecerles nada a cambio, mantenerlos a raya y por cierto va ganando la partida.
AMLO prefiere el debate democrático, frontal y abierto que la persecución de Estado o pedirle a los dueños de los medios la cabeza de ciertos comunicadores mediante tratos inconfesables que se operaban desde la Secretaría de Gobernación en sexenios anteriores.
Aristegui sufrió particularmente la persecución de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Ambos la censuraron y sacaron del aire, fueron miles de ciudadanos quienes la defendieron de aquellas decisiones arbitrarias. Muchos de ellos suponían su cercanía con la izquierda y ahora se sienten decepcionados. Ése es tema de Aristegui y sus seguidores.
Lo importante es que AMLO no ha optado por el autoritarismo ni por la censura sino por una defensa abierta y democrática y ejerciendo su derecho de réplica sin falsas diplomacias ante lo que el considera una calumnia de una “periodista conservadora” que cuando era opositor le daba una entrevista cada seis meses.
AMLO aprovechó este episodio para marcar su distancia ideológica con Aristegui y está en su derecho. Ella en el suyo de ejercer la libertad de expresión como mejor le parezca.
Estoy convencido que es mejor optar por la nueva ruta a la que invita el presidente. Siempre será mejor el debate abierto, la apertura y la pluralidad que la censura y la persecución del régimen simulador y autoritario que impusieron los expresidentes durante décadas.


