Para entender este concepto que podría resultar para algunos hasta ofensivo quiero remitir a la definición de blando, una palabra muy usada y practicada en estos tiempos de maleables consistencias.
Blando refiere a algo que se deforma con facilidad, que no es rígido, que tiene poca fuerza o resistencia moral o física, es algo carente de energía y severidad. Las ciencias blandas suelen usar el método científico pero por lo general llegan a conclusiones teóricas a través de razonamientos, donde no existe la experimentación.
La economía es una ciencia blanda, a pesar de que durante muchos años han tratado de engañarnos de que no esos seres que la han tomado más como una religión que como una herramienta social. El economista John Kenneth en un éxtasis de realidad la definió como el lugar donde la esperanza y la fe coexisten con una gran pretensión científica y con un gran deseo de respetabilidad. Esta última palabra nos deja ver una gran verdad de lo qué pasa con los economistas, quieren ser tan respetados que su fe y esperanza solo termina ahogándolos en una espiral religiosa donde acaban tropezándose más en lo blando de sí mismos que en la poca sustancia sólida que su ciencia puede dar.
Lo que sí es muy sustancial y tangible es que llevamos varios siglos tan revueltos y revolcados por la economía, que sin duda eso que podríamos a veces verlo como esoterismo puro es sumamente importante comenzar a integrarlo en nuestra conciencia, para así poder entender más la desgracia en la que nos tienen sumergidos, con el fin de buscar más criterio y proponer alternativas.
A pesar de la dignificación impuesta de llamarle ciencia, muchos economistas la describen como desoladora; efectivamente está ciencia fue modelada a partir de las matemáticas y la física, para determinar las leyes que rigen su comportamiento, tratando de equipararla con las leyes físicas que rigen a los fenómenos naturales. Sin embargo, la economía es producto de la humanidad y depende directamente de la racionalidad o irracionalidad de todos los que la intervienen, eso la aleja tanto de la solidez que termina siendo, principalmente por su pretensión, algo más líquido que la psicología, la sociología o la misma política.
Por todo esto una de las definiciones más acertada de la economía fue hecha por Lionel Robbins en 1932 cuando en su Ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica, la describe como «la ciencia que estudia la conducta humana entendida como la relación entre objetivos y recursos escasos que puede utilizarse de distintas maneras». Una muy amplia definición para algo que siempre quieren vendernos como ley absoluta y que en realidad es algo tan maleable y hasta gaseoso que tomarla tan en serio como muchos lo hacen podría resultar hasta incoherente. Ojo esto no quiere decir que no la tomemos en serio, lo que quiero mostrar es que el aferramiento con que defienden muchos economistas sus teorías, sólo los termina exponiendo como fanáticos, como simples manipulados y manipuladores.
Thomas Sowell en 1930 dijo que la primera lección de la economía es la escasez: nunca hay bastante de algo para satisfacer a todos los que lo desean, mientras la primera lección de la política es ignorar la primera lección de la economía. Retomo esta frase de Thomas Sowell para mostrar lo maleable que la economía puede ser y el juego perverso qué hay detrás de ella, la primera lección de la política es buscar el bienestar para todos, lo deseen o no, y ese bienestar no está en que exista bastante de algo sino lo suficiente. Es increíble cómo esta blanda ciencia ha trastocado nuestra ubicación en la existencia, a mancillado desde el siglo XVIII nuestro lenguaje y por ende nuestras concepciones de lo primordial que es el bien común.
Abundancia, éxito, metas, valores, son algunas de las palabras que ha insertado en el cotidiano humano pisoteando las palabras suficiente, plenitud, camino y virtudes como ejemplos contrapositores de las primeras.
Es indiscutible que la ciencia económica fue inevitable ante el sorprendente embate con que el avance tecnológico se nos presentó, la aparición de las fábricas y la producción en masa nos obligó a responder rápidamente a la necesidad de organizarnos de una nueva manera y justo ahí es donde veo el gran problema con el que hemos cargamos hasta ahora, la prontitud con que se realizó, la falta de conciencia o bien la oportunidad que vieron los grandes acumuladores le fueron quitando su humanismo.
Es impresionante ver cómo esta disciplina se ha alejado de manera descomunal de su propia esencia, etimológicamente la economía refiere a la dirección o administración de la casa y es aún más sorprendente ver la separación absoluta de su ciencia hermana que es la ecología la cual en su esencia etimológica refiere al cuidado de este mundo y los que en él habitamos. Y ahora, en nuestro momento, podría definirse a la economía como el estudio para distribuir a unos pocos lo de la mayoría basándose en las necesidades y no en las utilidades. Los economistas se han convertido en absolutistas de la estadística olvidando que esta es interpretativa, jamás exacta: si yo no tengo coche y mi vecino tiene dos, la estadística diría que en mi edificio hay un coche por habitante. Y así es como tratan de medir lo macroeconómico, asumiendo como regla que el PIB se distribuye de manera homogénea cuando es obvio que eso jamás ha sucedido.
Sería ingenuo pretender extinguir esta ciencia por más blanda que sea, puesto que el juego de la humanidad depende de ella, pero sí es importante entender que dependemos de ella porque nos la impusieron en la forma que la vivimos, la economía debe siempre existir pero ya es tiempo de reubicarla donde siempre debió estar, y ese lugar es como una simple herramienta de la sociología y no como una disciplina autónoma y carente de humanidad.


