El resultado de la elección presidencial en Chile es motivo de alegría para quienes habitamos el continente latinoamericano y el caribe que lo compone. Con el triunfo de Gabriel Boric se amplía el bloque progresista electo en la región, cuyo compromiso se basa en una mejor redistribución del ingreso, lo que significa desafiar el orden capitalista global impulsado desde la década de los 80 en favor del sujeto económico protagonista del neoliberalismo: las empresas trasnacionales. Hoy, después de 48 años, y con más del 55 por ciento de votos a favor, las y los chilenos tienen un presidente de izquierda que une a la ola progresista de los últimos años: México (2018), Argentina (2019), Bolivia (2020), Perú, Honduras y ahora Chile (2021).
Con estos resultados se le agrega cemento a la tumba del proyecto neoliberal que durante décadas fortaleció a una oligarquía que no tiene por límite las fronteras geográficas; y como tal, se encuentra presente en nuestra América operando en grandes redes, cuya expresión económica más visible son los altos niveles de concentración y centralización en su forma dominante, que es el capital financiero. Y que hasta ahora se había beneficiado sin cuestionamiento alguno, gracias a la expresión política reaccionaria, represiva y demagógica que caracteriza a sus ideólogos.
Con el triunfo de los proyectos progresistas latinoamericanos, queda más claro que los estados nación ya no pueden ser vistos como aparatos para la administración tecnocrática de la acumulación del capital trasnacional, y del control social. Para fortuna de los millones de habitantes de este continente, el Estado vuelve a ser visto como lo que es: el espacio para hacer política a nivel local, a través de todos los miembros que lo conforman: la ciudadanía, el gobierno, el poder legislativo, el poder militar; los sistemas culturales que se desarrollan al interior de él, la memoria de los pueblos, las distintas cosmovisiones y claro, las expectativas de futuro.
El fantasma del pinochetismo presente en las elecciones chilenas de este año nos hizo recordar que las derechas son herederas de las dictaduras (perfectas e imperfectas), y su vocación ha sido siempre la de intentar legitimar los intereses de las élites, a través de proyectos que aseguran las formas menos democráticas posibles. De ahí que hoy, entrada la tercera década del siglo XXI, los resultados electorales en nuestra región muestren que la ciudadanía ya es capaz de diferenciar entre un proyecto político progresista y uno conservador; entre una forma de gobierno democrática y una totalitaria. Condición necesaria para comprender que el fascismo es el método al que recurren las élites para mantener su poder económico monopólico, mediante viejas formas caracterizadas por la utilización de medios productores de miedo con la intensión de suprimir la organización política de la mayoría de los ciudadanos. Es decir, que el fascismo es una respuesta a la intensificación de la lucha de clases, que hoy nos muestra como lo local y lo global se va vinculando orgánicamente en nuevas formas. Y nos hace recordar que el futuro es contingente, y como tal, el horizonte no es algo preestablecido: tiene que construirse.
La buena nueva es que a partir de hoy las y los chilenos lo podrán hacer en un escenario más favorable. Parafraseando a un brillante economista polaco -Michał Kalecki (1899-1970)-, el fascismo de nuestro tiempo es como un perro sujeto con una correa; puede ser liberado de la correa en cualquier momento para lograr propósitos definidos y, aun cuando se encuentre sujeto, sirve para intimidar a la potencial oposición. Gracias a las y los hermanos chilenos ese perro estará contenido por los próximos cuatro años, tiempo para que puedan trabajar en la construcción de una contrahegemonía con dirección democrática y popular, y así continuar con la fiesta que significa construir nuestra patria grande.


