Aunque el Congreso de la Unión ha dado por concluidas sus actividades de este 2021, la discusión acerca de la iniciativa de reforma eléctrica del presidente Andrés Manuel López Obrador no solo seguirá vigente el próximo año, sino que, por el contrario, desde el mes de enero encandecerá la opinión pública mediante foros como el Parlamento Abierto.
Por eso, resulta importante recapitular el impacto que ha tenido el tema y lo que ha develado, especialmente en cuanto a los estragos que causó el neoliberalismo en el sector energético mexicano.
Primero, gracias a poner esta discusión sobre la mesa, el pueblo mexicano ha podido conocer a mayor profundidad la catástrofe que implicó la antirreforma de Peña Nieto, la cual ató de manos a la Comisión Federal de Electricidad (CFE), dando condiciones ventajosas a las empresas amigas de su régimen, ya sea nacionales o extranjeras.
Como ha mencionado exhaustivamente Manuel Bartlett, la premisa de fortalecer a la CFE viene de la necesidad de asegurar condiciones equitativas para garantizar, entre otras cosas, precios bajos para las y los consumidores. El planteamiento es claro: la Comisión debe ser más sólida, pero solo junto y para el pueblo.
En segundo lugar, se constató la bursatilización del sector energético, con el pretexto de generar energías sustentables. Es decir, si una empresa producía un megawatt con energía eólica, solar, etcétera, la Comisión Reguladora de Energía (CRE) le entregaba un “certificado de energías limpias” que en realidad tenía que comprarlo la CFE, lo que sumó una carga de 100 mil millones de pesos; carga que se reflejaba no solo en las finanzas del Estado, sino también en los recibos de luz de la gente.
Con el debate que se está formulando sobre la reforma eléctrica, ahora sabemos que es indispensable cancelar esos certificados y sustituirlos por un nuevo sistema que sí incentive la producción de energías limpias, no negocios sucios.
El tercer factor que se ha visibilizado es la crisis de España y Europa en cuanto a los precios de la electricidad. Esto es un claro ejemplo de por qué no podemos depender de una sola tecnología ni modalidad para abastecernos de luz eléctrica. Ahora entendemos que, por el contrario, hay que diversificar el portafolio de generación de energía del país.
En cuarto lugar está el tema de la nacionalización del litio como algo impostergable, no solo porque impulsaría nuestra economía en un mundo donde la empresa que más creció este año fabrica autos eléctricos que lo usan, sino porque los privados no pueden seguir despojándonos de nuestros recursos naturales.
Y el quinto elemento que se ha revelado es que, pese al arduo trabajo de Bartlett y Rocío Nahle, que ha sido crucial para explicar la reforma eléctrica, los cabilderos neoliberales han hecho gala de su capacidad para mentir, desinformar y dividir con tal de no ver afectados sus intereses económicos y los de sus empleadores.
Estoy seguro que en 2022, la organización de base será fundamental para empujar en los órganos deliberativos la victoria definitiva sobre la seguridas, soberanía y autosuficiencia energética que el presidente López Obrador persigue.


