Cuando Lázaro Cárdenas expropió el petróleo, en 1938, nadie sabía que 40 años después íbamos a descubrir el yacimiento de Cantarell, uno de los más importantes a nivel mundial; al cual le debemos, hasta nuestros días, gran parte del andamiaje institucional, la infraestructura y los diversos subsidios y programas con los que cuenta el Estado mexicano.
Ahora, todo parece indicar que la apuesta del presidente Andrés Manuel López Obrador por la nacionalización del litio es de las mismas dimensiones. Voy a tratar de explicarlo, paso por paso.
En América Latina existe una zona especial a la que llaman “el triángulo del litio”, entre Chile, Bolivia y Argentina. El tipo de litio de esta zona se encuentra en salmuera y Chile es el gran productor de nuestro continente, seguido de Argentina.
Los mayores productores de litio a partir de roca en el mundo, que en su mayoría se encuentra del otro lado del globo, son Australia y China. En América del Norte, sobre todo, el litio se encuentra en un tipo de mina de arcilla y no se ha realizado la explotación como tal.
En Sonora, Nevada y Arizona es donde hay más de ese tipo de yacimientos. Estados Unidos tiene una gran cantidad de yacimientos certificados, pero no los ha podido explotar porque es complicada su extracción en el tipo de minas que tenemos.
Hay que recordar que nuestro vecino del norte es un gran consumidor, con alrededor del 25% del litio mundial; sin embargo, tiene que importar el elemento desde Sudamérica.
Por otra parte, el mayor consumidor mundial es China, la gran fábrica manufacturera del mundo, cuyo principal socio es: Australia.
Sobre México, sabemos que existen yacimientos certificados en el noroeste del país, porque los ha detectado el Servicio Geológico de Estados Unidos, pero no se ha hecho una exploración como tal, porque tiene un costo. Todavía no hay un diagnóstico claro acerca de cuánto litio existe en nuestro territorio; no obstante, hay reservas que probablemente sean bastante altas.
Un dato clave: en 2018, nuestro país exportó 36.4 toneladas de litio con un valor de 652 mil dólares e importó 195 toneladas a un costo de 3.8 millones de dólares.
Si el plan es cambiar de vehículos que utilizan combustibles fósiles a aquellos que usan energía eléctrica para movilizarse, considerando que una de las mayores industrias de maquila y alto valor en México es la automotriz, ¿qué tan conveniente sería que la producción de las baterías de estos vehículos fuera con litio mexicano?
En pocas palabras: le darían muchísimo valor a nuestro litio en lugar de solamente cobrar una regalía por las hectáreas concesionadas a alguna minera.
Por eso, AMLO está convencido de que México debe ser dueño del activo; especialmente si ese activo es el litio, es decir, la alternativa hasta ahora más viable para sustituir al petróleo. López Obrador sabe que el litio puede ser nuestro nuevo Cantarell.


