Los economistas tecnócratas fueron formados para entender números, los más sobresalientes hasta comprobaciones matemáticas saben hacer, pero a todos les cuesta mucho trabajo entender de relaciones sociales. En los casos más notables, sólo si hacen un buen despeje, puede inferir relaciones, pero aun así, les queda muy lejos comprender que las relaciones son producto de las actividades que realizan los sujetos. De ahí que durante años se atrevieran a reproducir una narrativa dirigida a culpar a los pobres de su condición, como si se tratara de una decisión individual y no una relación social. De ahí que sin sonrojo alguno hablaran de capitalismo sin clase obrera, como si se pudiera hablar de robo sin víctima.
La reproducción de estas fallas metodológicas derivó en dos errores muy frecuentes en los análisis sociales actuales: i) concebir al Estado como un ente abstracto que está por encima de la sociedad -como si ambas formas pudieran desenvolverse en espacios distintos-, y ii) formulaciones que plantean que el Estado es el gestor de la voluntad general. Como si esto pudiera darse en una sociedad de clases -como en la que vivimos-. En ambos casos, el error se puede sintetizar en lo que algunos autores denominan fetichismo del Estado, que en términos muy generales se expresa por el hecho de que el carácter social (y político) de las mujeres y los hombres es exteriorizado en formas sociales separadas de ellas y de ellos. Al concebir a lo político como ajeno al ser humano. Algo así como una interrelación social trasfigurada, que no se reconoce de inmediato, (porque desea ocultarse), pero que, sólo a través de ella es posible la sociabilidad en las condiciones económicas de una sociedad capitalista.
Esta interpretación inspirada en un fragmento de la Sección Primera de El Capital de Carlos Marx, en el que se desarrolla el fetichismo de la mercancía, nos permite plantear que las dos formas sociales básicas en las que se objetivan las interrelaciones sociales en el capitalismo son: i) el plusvalor, categoría de referencia para el análisis de los productos del trabajo, que le resultan ajenos al hombre productor, y ii) la forma política que muestra al Estado como separado de la sociedad. De ahí que hoy se haga más evidente el error metodológico de separar lo económico de lo político en los análisis de la sociedad capitalista. Como si fuera posible que cada una de las esferas económica y política, tuvieran leyes propias y separadas. Llegando al extremo de proponer separar lo público y lo privado, como si estuviera separada la sociedad política de la sociedad civil.
La intención de estas líneas es contribuir a definir el carácter de las relaciones entre el Estado y las clases sociales hoy presentes en nuestro país. Ayudar a comprender que estamos en un momento de transición cuya expresión más evidente es el desplazamiento de los intereses parciales de un grupo económico de élite, que durante el periodo neoliberal buscó que sus intereses prevalecieran por encima de la nación en su conjunto. De ahí la actitud que se observa entre los otrora sujetos económicos protagonistas. Pero sobre todo, tener claro que como todo momento de cambio, el nuevo contenido social, puede conservar durante cierto tiempo la forma anterior, lo cual nos demanda una actividad política dirigida a que el nuevo sujeto económico sea más democrático y popular.
La invitación se extiende a reflexionar en lo inmediato entorno a una frase muy repetida en las recientes “tomas de espacios virtuales”, el famoso Estado de derecho que, dicho sea de paso, millones de mexicanos no conocemos. ¿Y por qué? Porque el Estado (como el que conocemos) no es un mal intrínseco, nos ha sido impuesto desde a fuera. En razón de lo cual me atrevo a decir que, por suerte, en América Latina la imposibilidad de formación de Estados nacionales verdaderamente unificados y relativamente estables, se debió a la falta de una burguesía orgánica de envergadura nacional. Y digo por suerte, porque esto nos hará más fácil construir proyectos con bases más comunitarias, propias de nuestra región. Y no seguir reproduciendo relaciones basadas en el individualismo, como son las que constituyen las relaciones de producción capitalistas.


