El tema de la guerra no, es ni puede ser algo extraño a la clase trabajadora. La solidaridad de clase debe existir en tiempos de paz y reforzarse en tiempos como los que ahora se viven. Por ello, en las líneas que siguen se busca contribuir a reorganizar el “sentido común” para superar lo que se ha acuñado con el nombre de militainment (militarización del entretenimiento) en referencia al belicismo y el militarismo que desde Estados Unidos se presenta como parte de un esquema noticioso, pero cuya esencia es generar una mercancía muy rentable para los grandes conglomerados mediáticos; algo así como un espectáculo de entretenimiento que dirigido a normalizar y hasta “glamourizar” una acumulación a partir de la destrucción.
Después de la crisis económica de 2008 el mundo cambió. Bastaron 14 años para demostrar a los economistas neoliberales que las políticas reformistas dirigidas a salvar al sistema económico de sí mismo, tenían como origen y destino el fracaso. Ya que con su aplicación solo se dotó a las élites globales de cierto tiempo para que articularan las condiciones demandadas por el complejo militar, que se volvió la punta de lanza de la acumulación global. Basta con ver comportamiento del gasto militar a nivel global y los billones de dólares utilizados para financiar guerras de todo tipo, desde las invasiones registradas en las últimas décadas, hasta las guerras financieras, culturales, psicológicas y mediáticas.
Por eso, por más que se busque extender comentarios que atribuyen la causa de la guerra a individuos con singulares personalidades, las y los trabajadores del mundo debemos tener bien presente que la causa de fondo de los conflictos bélicos siempre está relacionada con las instituciones sociales, específicamente con las económicas. Y en todos los momentos, un buen diagnóstico es básico. De ahí la necesidad de advertir que en la actualidad resulta obsoleto, y por ende incorrecto, plantear que la tensión es entre los países, pues ni siquiera se tiene una clara intención de proteger capitales nacionales, como si se vio de manera clara en el siglo pasado; hoy los intereses en pugna son los del capital trasnacional que está dentro de determinados Estados-nación. Dicho en otras palabras, dada la trasnacionalización de la clase capitalista, ya no es posible halar de competencias bélicas entre capitales nacionales -entre países o estados-nación-, sino una lucha (literal a muerte) entre los defensores de un patrón de acumulación financiero y un patrón de acumulación militarizado. Que, como se puede ver, en ambos casos los últimos en ser tomado en cuenta son los trabajadores, pues en estricto sentido ninguno de los dos patrones de acumulación es productivo, y mucho menos reproductivo, porque en su base no está en el desarrollo de los medios de producción, sino de los medios de destrucción.
La acumulación de capital basada en el complejo militar fue la forma en la que las élites proyectaron atractivos niveles de ganancia. De ahí los fuertes incentivos que tienen los grupos económicos militares que impulsaron la privatización de actividades bélicas, para mantener escenarios de conflicto y guerras, incluidas las llamadas guerras contra el terrorismo y contra las drogas. Para darnos una idea de esta tendencia a la mercantilización bélica, William I. Robinson en su libro titulado El capitalismo global y la crisis de la humanidad, afirma que “las guerras globales son cada vez más libradas por ejércitos privados pagados y contratados por los Estados (…) En la Primera Guerra del Golfo de 1990, uno de cada 100 soldados era un contratista privado. Unos años más tarde, durante las guerras de la ex Yugoslavia, la cifra era uno de cada 50. Para 2006, era uno de cada 10 en Irak y Afganistán (2021: 198).
Cierro diciendo que estamos ante el fin de una época porque las ideas de la clase dominante, por fortuna ya no son las dominantes en este momento de la historia. Por ello, es un buen momento para que las y los trabajadores del mundo nos pronunciemos por el No a la guerra y a la dominación mediática, y entendamos que en este momento de crisis de hegemonía, no les podemos permitir a las élites forjar un discurso que les dote de una falsa legitimidad, por más control que tengan sobre sobre el aparato ideológico. De ahí la urgente necesidad de estudiar la ciencia económica como base de un posicionamiento político que tenga por propósito hacer visible la dinámica imperialista por parte de los poderes económicos que están por encima de los estados nación, y que pretenden estar por encima de la vida misma.


