(17 de octubre, 2013).- De la boca al oído y finalmente a la imaginación. El recorrido del cuento lo describe Florina Piña, presidente de Cuenteros y Cuentistas, como una seducción a través de la palabra. El oficio de narrar remite a la oralidad como vehículo de la cultura, “somos los seguidores de los grandes contadores de historias, de los chamanes” dice Piña a REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO.
Melandro Landa salta del escenario, la voz cambia, los pies martillan el piso y continúa la narración. Él llegó a las historias a través del juego de rol, en el disfrute paulatino que encontró en arriesgar las emociones; quizá un poco de lo que Luz María Cruz, también cuentacuentos, sintetiza en la expresión “la nobleza de la oralidad” y sostiene, con énfasis en los ojos “estás expuesto, te abres y entregas tu interpretación”.
Durante la entrega, en el proceso de encontrar el deleite en la narración de historias se cambia a quienes escuchan –se incentiva la lectura, reflexiones, se activa la imaginación– y a quienes narran. Cristina Urzaiz encontró el oficio en estos últimos seis años de su vida –ya había vivido 70–, y afirma “esto ha sido mi etapa más feliz. Es maravilloso. Un cuento te trasforma, te enseña”.
Es en la trasformación de quien inicia el acto de seducir -de contar la historia- que la complicidad con el público se activa: “No sólo incentivamos a leer libros, también a leer gestos, silencios, paisajes; a interpretar. Nosotros retomamos la función pedagógica de los oradores primigenios para enseñar” señala Piña.
“Aún somos un pueblo que le gusta mirarse a los ojos” dice Luz Marina Cruz para referir la vigencia que aún tienen los cuentacuentos, la reinvención de un oficio milenario que el propio Melandro define como el primer vehículo de los secretos –el fuego, la reproducción, la jerarquía– “sólo quien se alcanza y se hiere llega a su público”.





