Ivonne Acuña Murillo
(12 de noviembre, 2013).- Ha muerto Joaquín Hernández Galicia. “La Quina”, como comúnmente se le conocía, fue uno de los más poderosos líderes sindicales del Siglo XX mexicano.
Joaquín nació el 12 de agosto de 1922, en Tampico, Tamaulipas y desde muy joven se inició en la actividad sindical. A sus 20 años nadie habría podido imaginar que se convertiría en uno de los hombres con más poder al interior del Sistema Político Mexicano gracias a su personal forma de dirigir el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana.
En su novela Morir en el Golfo, Héctor Aguilar Camín recoge parte de la vida de este personaje y retrata con claridad las características del ejercicio de un poder acuñado y acunado por el sistema político posrevolucionario y cuyas viejas y nuevas prácticas han marcado un largo periodo en la vida sindical mexicana. Esta novela fue llevada al cine por el Instituto Mexicano de Cinematografía, bajo la dirección de Alejandro Pelayo Rangel, en 1989, con el mismo nombre.
Por más de tres décadas, el manejo de los cuantiosos recursos de PEMEX le permitió a La Quina comportarse como un “padrino a la mexicana”, capaz de brindar protección a sus afiliados, de mandar pavimentar calles y poner los señalamientos de las calles, construir casas, abrir tiendas para sindicalizados y no sindicalizados donde -a diferencia de todo el país- no se cobraba IVA; administrar restaurantes, hoteles, centros recreativos, fábricas de ropa y de muebles, granjas, huertas y procesadoras de alimentos, una imprenta… Algunos de estos negocios estaban ligados al sindicato y otros muchos formaban parte de su fortuna personal, como su propia flota naval petrolera, su marca de ropa “Galher” (que recoge las tres primeras letras de sus dos apellidos invertidos).
Como todos los líderes sindicales de cierto peso en México, la Quina recibió el apoyo de más de un presidente de la República, a cambio se esperaba de él “incondicionalidad” y sus eficientes resultados en lograr la “paz laboral” en la industria petrolera, tan necesaria para el buen manejo de la economía nacional. Él mismo se creyó indispensable cuando presidentes como Gustavo Díaz Ordaz, quien por un tiempo se negó a recibirlo, acudiera a él para pedir su apoyo después de la matanza de Tlatelolco, y otros como Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo le hicieran saber que no podía retirarse pues su labor era necesaria al frente del sindicato de PEMEX.
La historia cambió cuando Miguel de la Madrid Hurtado guardo silencio ante su amenaza de retiro y cuando, más adelante, comenzara su campaña de renovación moral de la sociedad. El mismo De la Madrid relata en su libro Cambio de rumbo la singular relación que tuvo con este líder sindical. Hacia el final de su sexenio, la relación con La Quina se recrudeció cuando el primero designó como su sucesor a Carlos Salinas de Gortari, contra quien Hernández Galicia movilizó al fuerte sindicato petrolero, llegando al punto de pedir a sus afiliados que votaran por Cuauhtémoc Cárdenas en las cuestionadas elecciones de 1988.
Fue precisamente Salinas de Gortari quien, en los primeros dos meses de su gobierno, se “deshizo” del molesto líder sindical siguiendo una estrategia que aparece como burda a los ojos de muchos, pero que parecía enviar un mensaje a otros que pensaran seguir los pasos de La Quina y, a decir de otros, para legitimar una presidencia nacida de un fraude electoral. Se dice que le “sembraron armas” de uso exclusivo del Ejército en cajas sin desempacar y un cadáver “traído de Ciudad Juárez”, además de acusarlo de introducción ilegal de aeronaves y evasión fiscal. Y se piensa que fue burda la manera en la que se armó el caso pues con seguridad si le hubieran buscado con calma, habrían encontrado razones más que suficientes para llevar a este personaje a la cárcel.
Ante la evidencia de los hechos, el error de La Quina no fue ser poderoso, ni haberle dado entrada a “su” sindicato a tipos mafiosos, ni haber amasado una fortuna de miles de millones de pesos gracias al uso discrecional de la riqueza del sindicato, ni haber puesto y quitado presidentes municipales y gobernadores en Tamaulipas, jueces, jefes policíacos, agentes del Ministerio público.
Su error fue, en un sistema presidencialista, haberse creído más poderoso que el presidente de la República y no haber puesto su poder al servicio de quien realmente mandaba, se atrevió incluso a amenazar a Miguel de la Madrid y afirmar “Si se cae PEMEX, se cae México y se cae usted señor presidente”. Mala lectura hizo Hernández Galicia de su presente histórico, tal vez motivado por el trato preferencial que le dieron otros presidentes.
No puede dejarse de lado en este artículo otro ejemplo de una mala lectura producto de apoyos presidenciales, ya priístas, ya panistas, la que hizo Elba Esther Gordillo, quien está en la cárcel no por corrupta, no por robarse las cuotas de sus agremiados y haberse enriquecido de forma ilícita, no por vender los votos del magisterio al mejor postor, sino por no haber apoyado a quien debería apoyar para llevar a cabo la reforma educativa. Por incomodar con sus evidentes acciones y ofensiva ostentación a los gobiernos federales que se presentaron como aquellos que habrían de revolucionar a la política, promesa que por supuesto no cumplieron. Pero, sobre todo, por haber sido convertida en la mujer más odiada de México, aquella a la que se acusó de ser el obstáculo mayor para la mejora de la educación.
Es así que, no cabe duda, la Gordillo se convirtió en un lastre para cualquier equipo político que pretendiera mostrar a la ciudadanía un nuevo rostro, por lo que se hizo necesario llevar a cabo un nuevo “quinazo”.
Ciertamente, hoy, el poder de la presidencia de la República se ha visto mermado por la acción de otros políticos como los gobernadores de los estados y por los intereses y el empoderamiento de ciertos grupos fácticos; sin embargo, aún conserva el poder suficiente y el “toque” para “deshacerse” de una lideresa sindical que, como La Quina, creyó tener más poder del que realmente tenía.
Por supuesto, si tales detenciones hubieran tenido en el fondo la intención de castigar la corrupción sindical, las prácticas delincuenciales, el abuso, el enriquecimiento ilícito, el alarde y los grandes lujos pagados con dinero público, ya no habría en México líder sindical fuera de la cárcel, comenzando por aquellos algún día incondicionales de Joaquín y Elba Esther, Carlos Romero Deschamps y Juan Díaz de la Torre, actuales líderes del sindicato de PEMEX y del SNTE respectivamente.
Sin embargo, las razones de peso que explican la caída tanto de La Quina como de Elba Esther Gordillo deben buscarse en la propia lógica de un sistema político presidencialista, donde las reglas no escritas se acatan porque se acatan, y la primera de éstas reglas apunta a que nadie puede estar por encima del presidente de la República y mucho menos dar muestras públicas de semejante osadía. O por lo menos antes ¿así era, sigue siendo o ya volvió a ser?

