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Palantir no es una empresa: es un proyecto de poder sin rostro y sin voto

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No estamos ante otra start-up de Silicon Valley con aires de grandeza. Palantir Technologies, fundada en 2003 por Peter Thiel y Alexander Karp, se ha convertido en algo mucho más peligroso: una infraestructura privada de poder que procesa datos masivos, decide quién es una amenaza y participa directamente en la cadena de muerte de al menos dos guerras activas. La empresa ya no necesita esconderse. Su manifiesto de 22 puntos,[1] publicado en abril de 2026, es la confesión pública de un proyecto político que aspira a fusionar el capital privado, la inteligencia artificial y el poder militar en un solo entramado de dominación global. Si no se frena, advierten voces críticas, “el futuro puede ser terrible”.[2]

Lo que sigue no es una reseña tecnológica. Es un análisis de cómo una corporación ha llegado a decidir sobre la vida y la muerte de poblaciones enteras sin haber recibido un solo voto.

Los vendedores de la visión total

Palantir toma su nombre de las piedras videntes que, en la mitología de Tolkien, permitían al señor oscuro vigilar a sus súbditos y anticipar cualquier amenaza. La elección no fue casual: es una declaración de intenciones. La empresa nació con la idea de que “los enfoques que PayPal había usado para combatir el fraude podían extenderse a otros contextos, como combatir el terrorismo”. PayPal, cofundada por Peter Thiel junto a Elon Musk, fue el laboratorio donde se perfeccionaron las técnicas de análisis de datos masivos que luego se aplicarían a seres humanos con consecuencias letales.

Pero la criatura no se crió sola. En 2005, la CIA invirtió dos millones de dólares en Palantir a través de In-Q-Tel, su fondo de capital de riesgo. George Tenet, exdirector de la agencia, confesó años después: “Ojalá hubiera tenido Palantir cuando era director. Ojalá hubiéramos tenido el poder de su herramienta”. La puerta giratoria entre el espionaje estatal y el negocio privado quedó sellada desde la cuna.

El producto estrella se llama Gotham, una plataforma que integra mapas, imágenes satelitales, inteligencia humana, señales interceptadas y datos de vigilancia local. Su función declarada es presentar “potenciales objetivos” al mando militar. El Pentágono lo describe como una herramienta para lograr “dominio de decisión desde el espacio hasta el barro”. En lenguaje llano: Gotham reúne todo lo que el aparato de seguridad sabe sobre un territorio y lo convierte en una lista de personas y lugares susceptibles de ser atacados.

El sistema no se limita al campo de batalla. El Departamento de Policía de Los Ángeles utiliza Gotham para recolectar nombres, direcciones, actividad en redes sociales, relaciones personales y fotografías de vigilancia de civiles. El objetivo: trazar vínculos con delincuentes conocidos y “predecir la probabilidad de que cometan delitos en el futuro”. Un exempleado lo resumió con precisión: el sistema permite “centralizar todo lo que una agencia sabe sobre una persona en un solo lugar, incluyendo el color de ojos de su licencia de conducir o su matrícula a partir de una multa de tráfico”.[3]

La guerra como laboratorio y negocio

Palantir no prospera a pesar de la guerra; prospera a través de ella. La empresa ha convertido los conflictos armados en oportunidades de expansión comercial y en escaparates de su tecnología.

En Gaza, tras los ataques del 7 de octubre de 2023, Palantir firmó una “asociación estratégica” con el Ministerio de Defensa israelí. Su software comenzó a integrar comunicaciones interceptadas, vigilancia satelital y registros biométricos para “ayudar en la producción de bases de datos de objetivos que funcionan como listas de eliminación automatizadas”. Alex Karp, CEO de la empresa, lo admitió en una llamada con accionistas: “Estamos en el negocio de construir cosas que asustan a nuestros enemigos y, en ocasiones, los maten”. La frase no es una metáfora. Es la descripción literal del producto.[4]

Amnistía Internacional ha documentado cómo la tecnología “fabricada por Palantir” representa una amenaza de vigilancia para los manifestantes y ha advertido que la empresa tiene “un historial de ignorar flagrantemente el derecho y las normas internacionales, tanto en las violaciones de derechos humanos de migrantes en Estados Unidos como en su suministro continuo de productos y servicios de inteligencia artificial a los servicios militares y de inteligencia israelíes vinculados al genocidio en curso en Gaza”.[5]

La guerra contra Irán ha ampliado el teatro de operaciones. Durante la Operación Furia Épica, el software de Palantir funcionó como “motor cognitivo principal” para las fuerzas estadounidenses e israelíes, procesando miles de objetivos iraníes a una velocidad que desafía cualquier supervisión humana. La “cadena de muerte” (el proceso que va desde la identificación de un blanco hasta su destrucción) se comprime ahora a minutos. Esto genera lo que los críticos llaman “negación plausible algorítmica”: cuando un ataque arrasa un edificio de apartamentos, la responsabilidad se diluye. El desarrollador afirma que el software sólo “sugiere”, el científico de datos dice que las entradas eran “objetivas” y el comandante militar sostiene que la lógica de la máquina era “óptima”.

Los números del negocio son elocuentes. Los contratos de Palantir con el gobierno estadounidense aumentaron un 66% en 2025. En julio de 2024, la empresa firmó un acuerdo de 10.000 millones de dólares a diez años con el Ejército de Estados Unidos. La Marina destinó 448 millones al desarrollo de un sistema operativo de combate. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) pagó 81 millones de dólares por el uso de su plataforma en un solo año. La valoración total de la compañía ronda los 352.000 millones de dólares, unas 80 veces sus ingresos anuales.[6]

La guerra es el producto. Y el producto se vende solo.

La conquista silenciosa de lo público

El patrón de expansión de Palantir es metódico. Entra en momentos de crisis, con contratos de acceso discreto o blindados políticamente, se presenta como solución urgente y eficaz, y desde ahí amplía su presencia hasta convertirse en infraestructura casi imprescindible.[7]

El caso del Servicio Nacional de Salud (NHS) británico es paradigmático. Palantir entró durante la pandemia con contratos justificados por la emergencia sanitaria. Después consolidó su posición hasta impulsar la adopción generalizada de su plataforma de datos. Hoy el NHS tiene un contrato de 330 millones de libras (446.4 millones de dólares) con la empresa. Pero han surgido alarmas: organizaciones médicas han pedido boicotear el sistema y se ha informado que ingenieros de la compañía disponían de cuentas internas con acceso a listados de hasta 1.5 millones de trabajadores. Se han documentado presiones a personal crítico con la implantación de la plataforma. El mecanismo se conoce como “vendor lock-in”: una vez que la institución pública depende de la arquitectura y el proveedor privado, queda subordinada a sus condiciones.

España no es inmune. En octubre de 2023, el Ministerio de Defensa adjudicó a Palantir un contrato de 16.5 millones de euros para inteligencia militar. La operación se realizó sin transparencia, amparándose en razones de secreto oficial y exclusividad técnica. Antes había habido otro contrato de 256,200 euros que “abrió la puerta al negocio verdaderamente importante”: la entrada de Gotham en las Fuerzas Armadas españolas.

En América Latina el avance es igualmente preocupante. La empresa ya ha firmado acuerdos para acceder a datos aduaneros en Ecuador y busca expandirse en Argentina bajo el gobierno de Javier Milei. La paradoja es cruel: los estados pagan por ser vigilados y controlados por una corporación extranjera que, en su manifiesto, desvaloriza abiertamente a las culturas del sur global, colocándolas en una posición subordinada dentro de un esquema jerárquico colonial.[8]

El manifiesto de la República Tecnológica: fascismo reciclado

El 18 de abril de 2026, Palantir publicó en sus redes sociales un resumen de 22 puntos extraído del libro The Technological Republic, de Alex Karp y Nicholas Zamiska. El texto ha sido calificado como “tecnofascismo puro”, “ideología aberrante” y “los desvaríos de un villano de cómic”.[9]

Los puntos son una declaración transparente de intenciones. El primero establece que “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso” y que “la élite ingenieril tiene una obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación”. El segundo proclama la necesidad de “rebelarse” contra un orden considerado decadente. El cuarto sentencia: “La pregunta no es si se construirán armas de IA; es quién las construirá y con qué propósito”. El sexto declara que “la era atómica está terminando” y que “una nueva era de disuasión construida sobre IA está por comenzar”. El decimonoveno exige “deshacer la neutralización de posguerra de Alemania y Japón”.

El manifiesto rechaza explícitamente lo que llama “la tentación superficial de un pluralismo vacío y sin sustancia” y sostiene que “ciertas culturas han producido avances vitales; otras permanecen disfuncionales y regresivas”.

David Bak Geler, académico mexicano, ha señalado que este documento no representa ninguna innovación ideológica: “es un refrito de fascismo, colonialismo y negocio”. La insistencia en el servicio militar obligatorio como mecanismo de cohesión social remite directamente a las experiencias bélicas del siglo XX, pero resulta contradictoria en un contexto de guerra automatizada con drones e inteligencia artificial. La clasificación de las sociedades entre “vitales” y “regresivas” recupera la lógica colonial clásica que justificó siglos de dominación. Donde el Imperio Británico hablaba de la “carga del hombre blanco” y la Guerra Fría de “democratizar” a los “subdesarrollados”, Palantir habla ahora de “vitalidad tecnológica” para vencer a los “regresivos”.

Yanis Varoufakis, exministro griego de Finanzas, contestó punto por punto al manifiesto, calificándolo como una defensa de “la fuerza bruta, la subordinación de la política al complejo tecnológico-militar y una gobernanza concentrada en una élite empresarial ligada al Estado de seguridad. Su conclusión fue demoledora: Palantir ha decidido verbalizar en público “una concepción del poder basada en la militarización, la concentración de autoridad y la suspensión práctica de los límites democráticos en nombre de la seguridad y la supremacía tecnológica”.[10]

El manifiesto no es filosofía. Es —como señaló Eliot Higgins, fundador de Bellingcat— “la ideología pública de una empresa cuyos ingresos dependen de la política que está defendiendo”. El relato justifica el negocio: se construye una narrativa de amenaza global permanente para legitimar la expansión de un mercado basado en la seguridad, la guerra y el control.

El disfraz mediático: de mafiosos a gurús del yoga

La pregunta inevitable es cómo una empresa con este historial ha logrado normalizarse hasta el punto de vender camisetas y bolsas de tela como si fuera una marca de estilo de vida.

La respuesta está en décadas de cobertura mediática cómplice. En 2007, la revista Fortune reunió a Thiel, Musk y sus antiguos socios para una sesión de fotos bajo el título “La Mafia de PayPal”. Aparecían disfrazados con trajes oscuros a rayas, fumando puros en la penumbra de un bar ficticio, calcando la estética de Tony Soprano. En lugar de investigar el poder que este grupo estaba acumulando, el periodismo lo convirtió en un póster cultural.[11]

Cuando la brutalidad de la empresa se hizo evidente, las redacciones usaron la vieja táctica de camuflar la tecnología detrás de la excentricidad del personaje. Forbes publicó un perfil de Karp presentándolo como un filósofo desviado al mando de un gigante financiado por la CIA. El texto no explicaba cómo su código destrozaba familias en la frontera; prefería contar que Karp tenía un doctorado en teoría social, vestía ropa deportiva y daba clases de meditación en su oficina.

Para 2025 la disociación alcanzó niveles absurdos. Palantir lanzó una línea de moda urbana. La contratista militar ahora vendía bolsas de tela y camisetas. El verdadero rostro de la empresa emergía sin filtros en los canales financieros: en CNBC, Karp aseguró que el objetivo de Palantir era “asustar a los enemigos y en ocasiones matarlos”. Los analistas no cuestionaron la promesa de muerte estatal; solo discutieron si las acciones subirían.

La trivialización final llegó con South Park. En octubre de 2025, la serie emitió un episodio donde Thiel aparecía con ojos saltones haciendo exorcismos a niños. El público se rió y asumió que alguien tan ridículo no podía representar un peligro para la democracia .

La operación fue perfecta. Los grandes medios tomaron a los dueños de nuestros datos y los vistieron de mafiosos de televisión, los maquillaron de filósofos, documentaron su línea de ropa y terminaron reduciéndoles a un chiste animado. Mientras tanto, el software seguía seleccionando objetivos en Gaza, rastreando migrantes en la frontera estadounidense y procesando los datos médicos de millones de británicos.

Salir del panóptico

El problema de fondo no es Palantir. Es el sistema que permite su existencia. La normalización de la vigilancia masiva, la explotación comercial y estatal de nuestros datos y la creciente dependencia de las administraciones públicas respecto a proveedores privados han preparado el terreno para que empresas como esta amplíen su campo de actuación sin encontrar resistencia.

Lo que está en juego no es la privacidad individual, sino la soberanía colectiva. Como señaló el analista político Donald Moynihan, “un mundo donde el poder blando tiene un impacto real y duradero es simplemente menos rentable para una empresa como Palantir que un mundo donde volamos muchas cosas”. La arquitectura del sistema empuja hacia la destrucción porque la destrucción es el negocio.

La respuesta no puede limitarse a la denuncia. Requiere medidas concretas en al menos dos niveles. En el terreno material: establecer límites claros a la penetración de estos actores en las economías, las instituciones y los marcos regulatorios de cada país. Las funciones críticas del Estado —defensa, salud, seguridad, administración de justicia— no pueden depender de una compañía privada extranjera ideológicamente alineada con el aparato militar estadounidense.

En el terreno discursivo: desmontar la aparente sofisticación de estos relatos, que en realidad carecen de coherencia y profundidad. El manifiesto de Palantir no es una visión estructurada del mundo; es un ensamblaje oportunista de ideas viejas —fascismo, colonialismo, militarismo— reutilizadas para abrir mercados y justificar negocios . Su única novedad es la impunidad con la que hoy circulan.

La tarea más urgente para América Latina y para cualquier sociedad que aspire a decidir su propio destino es doble: desarrollar tecnologías propias, públicas y democráticas, y construir discursos políticos capaces de disputar el sentido de la innovación. Porque el futuro que propone Palantir no es inevitable. Es un proyecto político concreto, impulsado por actores concretos, que puede y debe ser frenado.

[1] Palantir’s summary of CEO Alexander Karp’s manifesto is generating buzz. Read the 22 bullet points.

[2] La empresa que quiere controlar el mundo | Palantir Explicado

[3] What’s in Palantir’s ‘Technofascist’ manifesto? — RT World News

[4] Palantir’s Technological Republic is a blueprint for digital tyranny — RT World News

[5] Technofacism? Why Palantir’s pro-West ‘manifesto’ has critics alarmed | Technology News | Al Jazeera

[6] Palantir, el ojo del imperio que lo vigila todo: ¿a qué mundo nos llevan? | La BaseLatam 1×173

[7] El Ministerio de Defensa contrata con Palantir, la empresa de IA militar propiedad del tecno-oligarca trumpista Peter Thiel

[8] “El manifiesto de Palantir no es novedoso: es un refrito de fascismo, colonialismo y negocio”: David Bak Geler en La Base América Latina

[9] Mein AI – Palantir’s Alex Karp wants us to know he has big plans — RT World News

[10] Yanis Varoufakis contesta a los 22 inquietantes puntos de la “República Tecnológica” de Palantir

[11] Cómo la prensa frivolizó a los dueños de Palantir

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