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Los invisibles también se amotinan: el reclusorio para migrantes de Acayucan

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Alfredo Lecona Martínez / @AlfredoLecona

Para Miguel Ángel Osorio Chong

 (28 de noviembre, 2013)

Maras y varones

“Aquí nadie les va a decir nada”, le dijo con impotencia al Padre Alejandro Solalinde un hondureño en la mal llamada Estación Migratoria de Acayucan, Veracruz. “Él se va a ir y nosotros nos vamos a quedar solos en la noche” remató, mientras señalaba a un funcionario de la Segob que estaba a lado del también director del Albergue Hermanos en el Camino.

Estábamos en las entrañas de una prisión disfrazada de estación migratoria; un inmueble en el que las seis referencias a los derechos humanos de los extranjeros escritas en el capítulo VI de la Ley de Migración que obliga su existencia fueran una mención sin contenido, o como si la palabra “extranjero” significara “enemigo”.

Llegamos a las 18:00 horas. No hubo ningún problema para ingresar al lugar, nos esperaban los guardias de la entrada y nos esperaban también los migrantes varones. Quizás no con la precisión de que el ganador del Premio Nacional de los Derechos Humanos 2012 por su defensa a los migrantes vendría con funcionarios que, a petición suya, lo acompañamos para verificar y conocer de las irregularidades de la prisión. A Solalinde le dio la bienvenida con un beso en la mano derecha el director del centro, quien al final de la visita intentaría repetir el acto sin encontrar mano que besar ni palabra que disminuyera la rabia del sacerdote.

Pero denunciar humillaciones y tratos indignos no estaba en el guion que los funcionarios del Instituto Nacional de Migración de ese lugar les repartieron a los migrantes como parte del plan para el control de daños echado a andar luego de el pasado viernes 22 de noviembre, un motín iniciado en que el patio del área de varones provocara el arribo de elementos de la Marina para “tomar el control” de la situación.

En esa área comenzamos nuestro recorrido, luego de que Solalinde les pidiera a los funcionarios y guardias que nos acompañaban en la entrada que se fueran y así lo hicieran. Aproximadamente cincuenta personas en su mayoría de origen hondureño se acercaron al comedor, en donde el padre les solicitó su confianza y pregunto su nacionalidad. Luego, les pidió que se alejaran un poco quienes llegaron después del viernes 22. La mayoría lo hizo. Un hombre de aproximadamente 50 años de edad tomó la palabra y leyó un texto en el que destacó la presencia de células que calificó como anarquistas y terroristas “como la MS-13 y el narcotráfico” responsables de “venir a atacar esta institución”. Comenzó la descripción de lo que menos esperábamos algunos de los presentes: la defensa institucional, la perfección con la que todo marcha en la estación y la denuncia de que miembros de “la M-18” estaban dentro. La molestia por lo que escuchaban algunos migrantes fue notoria cuando decidieron retirarse de la improvisada reunión. Sorprendió cuando uno centroamericano fue más allá: “El que está aquí es por su gusto”.

Sin haberlo platicado o planeado, Solalinde, los funcionarios de la CNDH, el funcionario proveniente de la Subsecretaría de Gobernación y yo comenzamos a aislar a los migrantes, individualmente o por pequeños grupos intentando obtener reacciones distintas a la versión de la normalidad, sin mucho éxito. Algunos testigos insistían en que no obtendríamos respuestas veraces por el miedo imperante, pero no un miedo proveniente de la autoridad sino supuestamente infundido por quienes provocaron el motín. Extraño fue escuchar a tres ecuatorianos que narraron que quienes provocaron la violencia se asumían como MS-18 y que cuando se les preguntó que si se trataba de la mara salvatrucha, uno de ellos dijo no saber el significado. Dijeron que comían tres veces por día, suficiente y con calidad.  De ese grupo, uno de ellos platicó que a él lo detuvieron cerca de ahí, en la estación de peaje junto con su mujer embarazada y que tratando de evitar la detención, ofrecieron cinco mil pesos a los agentes, quienes no aceptaron.

-¿Ella está aquí? – Le pregunté

-Sí. Ella está del otro lado.

-¿Te dejan verla?

– Sí, hay convivencias. Tenemos visitas, sí le veo. –insistió.

-¿Se encuentra bien? ¿Su embarazo cómo lo están tratando?

-La están llevando al médico, llevándola a la clínica, de eso no me voy a quejar.- respondió con seguridad.

Minutos más tarde encontré a la única mujer embarazada en el área de mujeres. Me dijo que llevaba días sin ver a su marido y que había recibido malos tratos de un médico a quien, a la manifestación de los dolores que le provocaba el embarazo, sólo le respondía “debes de dormir de lado”.

Las madres: rompiendo el miedo

En el área de mujeres y niños todo fue muy distinto. Acababan de cenar y no todas estaban cerca del comedor a donde llegamos. En cuestión de minutos, el lugar se llenó de mujeres y niños. 27 mujeres y 35 niños y niñas, según mi cuenta. Una madre empezó a hablar de la pésima calidad de la comida.

-¡Niños! ¿Qué dicen? ¿Cómo están? – preguntó el Padre Solalinde.

– ¡Yo mal! Respondió de inmediato una pequeña.

De inmediato, el lugar se inundó de la voz de quienes la edad y la inocencia quizás no les permite distinguir entre bien y mal pero sí entre un plato de comida decente y uno de arroz con gusanos.

Fue la voz de una niñez hambrienta y harta, respaldada por las de mamás que no saben mentir cuando se trata del bienestar de quienes son sangre de su sangre.

“¡En Tapachula era mejor! Te dan galletitas…” Dijo un niño sonriente que contagió de risa a otros niños que encontraron simpatía en el atrevimiento.

Una niña de Ecuador de siete años abogando por uno de cinco: “Está lastimado desde hace una semana y los doctores no hacen nada, se le está hinchando la mano y no hacen nada”. Algunos niños se han empezado a lastimar ante la ausencia de actividades de recreación, con alambres o con sus uñas, marcan sus iniciales en su piel.

Pero entre las risas, sobresalían llantos y denuncias. Rosa dijo no haber matado a nadie como para recibir el castigo de estar ahí. Las historias –tristemente- se acercaban más a lo que esperábamos escuchar desde que salimos de Oaxaca esa mañana. Extorsiones y abusos en las detenciones de las mujeres y sus hijos, la constante maldita.

Salir de ahí con sus hijos es la prioridad, aunque el precio sea la verdad. Ana nos contó que, un día después del motín de la noche del 22, un funcionario les dijo que hablaran bien de ellos ante “los de derechos humanos” porque los varones ya los habían metido en problemas. A cambio, se podrían ir. Ella había aceptado porque no había visto a su marido, pero cinco minutos que le permitieron verle bastaron para saber el trato que había recibido tras los hechos de violencia del pasado viernes y da gracias a Dios que no acudimos cuando estaba determinada a mentir sobre los malos tratos que ellas y sus hijos reciben.

Saliendo de esa área de reclusión de mujeres y niños, el director del lugar volvió a salir a nuestro paso. Nadie le dirigió la palabra pero en la puerta que nos llevaba al área de adolescentes no acompañados nos dijo “la comida que aquí se sirve no se prepara aquí, la trae una empresa que ganó hace un año la licitación y que está aquí a la vuelta”.

Balones de fútbol a $450.00. Libertades falsas a US $10,000.00

-Tienes una llamada de tu papá- Le dijo un funcionario del INM a Jonathan, un adolescente ecuatoriano de quince años.

Cuando Jonathan tomó la llamada, del otro lado de la línea contestó un sujeto que le dijo ser abogado mexicano que requería los datos de su padre para que en un par de días pudiera salir de ahí. Días después habló con su papá, quien ya había pagado diez mil dólares para que lo sacaran. El supuesto abogado nunca volvió a tomar la llamada.

El área de adolescentes es mucho más reducida que las otras áreas. Aproximadamente cuarenta muchachos estaban ahí durante nuestra visita. Carlos es el mayor y llevaba 36 días encerrado. Claramente es en quien los demás se apoyan. Deprimido pero lúcido y fuerte, denuncia lo indigno de su dieta. Desayunan pan duro con jamón crudo y queso kraft o agua con leche, café y pan. El menú de la comida consiste en trozos de ayotes crudos y de vez en cuando un trozo de carne en mal estado o pollo con sangre, arroz y frijoles. La cena repite el menú de la comida.

Algún estúpido debe pensar que no necesitan alimentarse mejor, pues no hay energías que gastar ni calorías que quemar. El área de aproximadamente 300 metros cuadrados tiene un jardín que  aproximadamente ocupa un tercio del área, en el cual no se les está permitido jugar. Cuando lo hacen, cascarean en una zona reducida y con balones que mandan a comprar y que oscilan entre los $150.00 y los $450.00 pesos, si el balón se vuela, recuperarlo (aunque sea ponchado) les puede generar un nuevo gasto hasta por $200.00 pesos más. El negocio es del personal de limpieza. Y no sólo son balones: una sopa maruchan puede llegar a costarles 20 pesos.

Los adolescentes, todos varones, se ven unidos. Hay compañerismo. “Cuando les pedimos que nos saquen a canchas, es casi humillados”, solo hay un guardia que les ayuda y que les aconseja cuando gritar que los saquen. Pocas veces tienen éxito.

A Daniel no lo quiere ver un doctor y la herida de la cual le brota pus, en tres días, incrementó su dolor.

Trato especial

“Ya vamos a pasar a trato especial” me indicó un compañero de la CNDH mientras terminaba de grabar los testimonios del área de adolescentes. Era la última parte del recorrido.

Todo terminaba ahí. Todo. Cada quien sacaría sus conclusiones después de encontrarnos con quienes se encontraban separados del resto de los varones mayores de edad. De quienes sólo sabíamos por la ficha informativa enviada por el INM y por los testimonios de los compañeros con los que no convivían desde el viernes 22, el día del fuego en los dormitorios y el motín que requirió la intervención de la marina. Pero hasta ese momento eran muchas cosas, pero eran invisibles.

(Mañana la segunda parte con los testimonios directos de los migrantes aislados por su presunta participación en el motín y la versión del Instituto Nacional de Migración)

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