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El reclusorio para migrantes de Acayucan. Segunda parte (VIDEO)

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(Continuación de la crónica publicada el día 28 de noviembre)

 

Alfredo Lecona Martínez / @AlfredoLecona

(29 de noviembre, 2013).- Fue un enfrentamiento entre migrantes: Migración

La noche del lunes 25 de noviembre, tres días después del motín en el reclusorio para migrantes de Acayucan, recibí una llamada en el Senado de la República. Era un funcionario que dijo pertenecer al Instituto Nacional de Migración.

-Quiero saber si tienen la intención de acudir a la estación migratoria de Acayucan, el día de mañana –preguntó el funcionario.

– No lo sé ¿Por qué cree que lo haremos? –le pregunté, aunque ya sabía que acompañaría al Padre Solalinde al siguiente día.

– Sólo estoy verificando en las oficinas de los senadores que tienen comisiones que tratan asuntos migratorios.

-Pues no lo sé, pero me gustaría recibir la información del Instituto sobre lo que ahí pasó el fin de semana.

-Si me pasa su correo, se la mando.

Un documento de cinco cuartillas con el encabezado “Tarjeta informativa” y sin ningún logotipo institucional ni firma con fecha del 24 de noviembre llegó a mi correo electrónico.

Según la tarjeta informativa que se me hizo llegar, todo comenzó después de una revisión de rutina llevada a cabo por personal adscrito a la “estación migratoria”, el jueves 21 de noviembre, en donde se encontraron envoltorios de marihuana en los dormitorios de hondureños que habían manifestado no tener identificación alguna. Al siguiente día, al revisarse los mismos dormitorios, se aseguraron teléfonos celulares, “hierba verde” y documentos de identificación. El documento, poco claro y mal redactado, presume que entre hondureños se retiraban credenciales y se extorsionaban.

A las 19:40 de ese viernes, se suscitó un enfrentamiento en el área de varones entre grupos de guatemaltecos, hondureños, salvadoreños y trinitenses que se “liaron a golpes” por haberse acusado mutuamente de haber proporcionado información a “Servidores Públicos de Migración” interviniendo el personal de custodia del INM y, confusamente, el documento vuelve a mostrar otra imprecisión: “los extranjeros eran alrededor de 20 personas aproximadamente” para inmediatamente después enlistar el nombre de 25 migrantes: 9 hondureños, 15 guatemaltecos y un trinitense. A lado de su nombre y nacionalidad, a 22 personas las califica como “trasladados” mientras que a dos hondureños y al trinitense los refiere como “no trasladados”.

A las 21:00 horas, con apoyo de la “Seguridad Interna de la Estación” se logró controlar la situación con la presencia testimonial de personal de la Policía Naval y la Federal Preventiva.

El Sábado 23 –continúa narrando el documento– algunos de los migrantes fueron trasladados a Tapachula mientras que en Acayucan, recibieron a personal de la CNDH para recabar información pormenorizada y tener una visión real del motivo de los desórdenes.

El domingo 24, dos cubanos, un ecuatoriano y un hondureño denunciaron a 6 migrantes, incluso reconociéndolos como posibles responsables de agresiones en el lomo de “la bestia”: un Salvadoreño, 3 hondureños, un trinitense y a un individuo de nacionalidad pendiente. Respecto al  último, el documento nunca refiere sobre una situación sumamente inquietante: el de la “pendiente nacionalidad” desde que ingresó dice ser mexicano.

“Los vamos a entregar a los zetas”

Ya eran las 20:00 horas del martes 26 cuando llegamos al dormitorio en donde estaban aislados siete migrantes. Los funcionarios de la CNDH que nos acompañaban, nos dijeron que se trataba de quienes habían sido señalados como provocadores de los disturbios tanto por las autoridades migratorias como por los varones con los que platicamos al inicio del recorrido y que incluso dijeron que eran de la M-18 o la mara salvatrucha.

En un reducido espacio con seis literas y un baño con un retrete y una regadera sin divisiones ni puertas, nos recibieron cinco de ellos. Los otros dos, según los presentes, estaban declarando con el Ministerio Público.

Solalinde se presentó y les dijo que acudíamos como sus amigos y que el funcionario de Segob era alguien en quien podían confiar. Una vez que les pidió que nos contaran su versión de los hechos, Marvin, un hondureño de cabello medio rizado, largo y alborotado, tomó la palabra.

“Los problemas no vienen de exactamente el viernes sino de mucho tiempo atrás, porque la cosa es que habemos personas aquí que tenemos mucho tiempo, por decir, 15, 16, 20 días de estar esperando nuestra deportación y pues nos dimos cuenta que personas que tal vez tenían 3 o 4 días de estar aquí eran deportados antes de nosotros que ya teníamos más tiempo”.

Entonces vino el desahogo que los demás acompañaron. Al igual que las mujeres y niños que habíamos visto antes y los adolescentes con los que habíamos estado cinco minutos atrás, denunciaron los tratos inhumanos durante toda su estancia. “Para asearte tu cuerpo es un problema, para que ellos te den tu kit de limpieza, tienes que estarlo rogando” dijo Marvin antes de ser interrumpido por Yeri, hondureño de 18 años de edad, que se quejó de la comida podrida y la leche coagulada que les daban.


El trato indigno denunciado por Marvin era el preámbulo y justificación de lo que daría paso a lo acontecido la noche del 22.

-Se quisieron dar a la fuga los compañeros corriendo, unos de arriba pa’ bajo y llegaron al caso de, imagínate, incendiar…

-Dicen que fueron ustedes –interrumpió Solalinde.

-Nos están inculpando a nosotros, pero mire cuantos habemos acá, nomás siete. Y los guardias eran como cincuenta. Si sólo hubiéramos sido nosotros siete, nos hubieran detenido ellos. Pero no. Éramos todos, éramos muchos –explicó Marvin.

Marvin reconoció que él participó en el intento de fuga. Pero insiste que eran todos. Por primera vez escuchamos la prudente solicitud de que se revisaran los videos de las cámaras.

Según él, la cosa se salió de control y tuvo que llegar la Marina (a quienes identifican por sus uniformes) y tras quince o veinte disparos al aire todos se tranquilizaron y se echaron al piso. Entonces se acercaron agentes que los encañonaban mientras que personal de migración les levantaba la cabeza y los señalaba como culpables. Escogieron entre veinte y treinta, según los muchachos. Entonces los llevaron a la zona conocida como “de trato especial” que es en donde nos encontrábamos y comenzó la tortura.

Desnudos y aislados, comenzaron las agresiones físicas, shocks eléctricos en sus testículos y golpes en la espalda y el pecho. Luego la tortura psicológica: “Los vamos a entregar a los zetas” les decían los agentes encapuchados que habían llevado a algunos a un cuarto lleno de colchonetas en donde los tuvieron un tiempo antes de sacar a varios del reclusorio y subirlos a camionetas para darles “una vuelta”. Las amenazas continuaron durante el recorrido que hicieron y que terminó al regreso a la prisión de Acayucan.

A las 3:00 horas del sábado, Marvin y sus compañeros, refieren que sacaron a la gran mayoría con fines de deportación. Pero quedaron nueve en aislamiento. Más tarde, cuando los funcionarios de la CNDH estaban el en área varonil, a los nueve aislados les ofrecieron mil pesos y su deportación por declarar que todo había sido un pleito entre ellos. Dos aceptaron y nos dijeron que en ese momento se encontraban todavía en el área de varones.

Cuando Solalinde les dijo que migración decía que ellos eran maras, los cinco lo negaron de inmediato. El sacerdote les preguntó si tenía tatuajes y entonces empezaron a quitarse las playeras.  Milton, hondureño de veinte años, tomó su biblia y refirió un dicho que señala que quien mancha su cuerpo está pecando.

 

“Yo soy mexicano, no debería estar aquí”

Al salir del cuarto, luego de despedirnos de los cinco, iban regresando los dos restantes. Un hondureño que dijo haber terminado en esa zona por decirle al personal de la CNDH que sus compañeros estaban aislados y haber animado a estos a denunciar los abusos. Atrás de él llegó Antony Didier Gómez Cerna, el de “pendiente nacionalidad” según el documento que me envió migración.

Nos quedamos helados cuando lo escuchamos: “Yo soy mexicano, no debería estar aquí. Nací en este país”

Según Antony, viajó de Puerto Peñasco, Sonora, a Veracruz para visitar a un amigo de la Marina. Nunca llegó con él.

Fue detenido el jueves 21 de noviembre por hablar como centroamericano, acento que –según él– adquirió por ser hijo de padres hondureños. Lo llevaron a la prisión de Acayucan y le quitaron su credencial de elector y el dinero que llevaba una vez que los agentes que lo ingresaron se dieron cuenta del error que cometieron. Su desesperación fue tal que, al día siguiente, cuando la multitud invitaba a escaparse del lugar, él también lo intentó.

Es importante mencionar que mientras escribía esta crónica, recibí un documento que –de comprobarse su autenticidad–, probaría la nacionalidad mexicana de Antony.

“Es usted un cínico, poco hombre”

Al final de la visita, después de que se cerrara la enorme puerta que dividía la zona de reclusión con el estacionamiento, salió a nuestro encuentro el director de la cárcel.

-Padre, muchas gracias por haber venido –le dijo a Solalinde mientras le intentaba tomar la mano y bajaba su cara para poder acercar su boca.

El religioso dio un paso atrás y su cara se llenó de furia.

-¡Es usted un cínico! ¡Poco hombre! Esto no se va a quedar así, me la va a pagar –amenazó.

– No diga eso Padre…

– No tiene perdón de Dios ¿Cómo se atrevió a permitir que los torturaran así? ¿Cómo se atrevió a amenazarlos con que los iba a entregar a los Zetas?

-No diga eso Padre, así no son las cosas, está usted mal –insistió Antonio Romero Lajud, notoriamente nervioso y exhibido ante los guardias que acompañaban la salida.

-Las palabras salen sobrando ¡Pobre de usted que tome represalias en contra de quienes entrevistamos! Los voy a estar cuidando de usted –sentenció Alejandro Solalinde.

Y después de que el padre expresara el coraje que, sin lugar a duda, todos sentíamos, nos retiramos del lugar. El funcionario de la Secretaría de Gobernación hacia su hotel en el centro del pueblo veracruzano, los tres funcionarios de la CNDH que habían hecho un trabajo excelente desde días antes de nuestra llegada, también hacia el centro; Solalinde y su secretario particular a preparar su siguiente parada: Medias Aguas Veracruz, localidad donde un día antes habían arrojado y asesinado a por lo menos tres migrantes de La Bestia. Y yo, rumbo al Distrito Federal, de regreso al Senado de la República, porque la agenda marcaba que era la semana de la reforma política y se estaba votando la financiera. Porque debía regresar a contarles a los legisladores lo visto. Lo que a ocho horas de Reforma e Insurgentes están viviendo los invisibles.

Aquí puedes leer la primera parte de esta crónica:

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