(15 de enero, 2014).- La violencia contra las mujeres es una problemática mundial, de carácter complejo. Se trata de un fenómeno que se ha internalizado de tal manera en las relaciones sociales y en las prácticas culturales que se materializa de muy diversas formas en la vida cotidiana de las personas.
Ejemplos palpables de semejante situación pueden ser hallados en la música, así como en las telenovelas, los programas televisivos, el cine, la literatura, la publicidad y los distintos productos culturales en los que implícita o explícitamente se legitima la violencia contra las mujeres a través de la reafirmación del control y los privilegios del género masculino.
Bajo una mirada superflua canciones, películas o series que desvalorizan el papel de la mujer pueden considerarse únicamente como productos destinados al entretenimiento; sin embargo, un análisis más detallado muestra que estos elementos normalizan la violencia, al tiempo que reflejan prácticas culturales socialmente aceptadas.
La manera en la que muchas veces se construye una imagen estereotipada de las mujeres como personas pasivas, débiles, obedientes, pacientes, a las que se les marcan pautas de comportamiento o bien, en el extremo, como pérfidas o prostitutas, es una simbolización cultural que se ha edificado en oposición a las cualidades con las que los hombres se auto-identifican.
La normatividad a partir de la construcción social de los géneros opera como un filtro por el cual interpretamos lo que significa ser mujer y lo que significa ser hombre. Socialmente se tiende a encasillar a la mujer en la abnegación, en el silencio, en la sumisión; este deber ser se inscribe en el cuerpo de las mujeres bajo una serie de disposiciones que supuestamente les corresponderían “naturalmente”. Entre ellas se encontraría la caracterización de sus cuerpos como elementos destinados al placer, el cuidado y el servicio del otro.
A los hombres, en cambio, se les concibe como seres activos, fuertes, competitivos, a los cuales les correspondería ganar, atacar, tocar, conquistar, vencer, controlar, dominar, ser proveedores y, por supuesto, detentar el poder, la fuerza y la violencia
En esta construcción específica de la masculinidad anida el machismo. En él, se le confiere a los hombres el dominio sobre las mujeres, así como el derecho a tomar, incluso, decisiones por ellas ante la necesidad de probar su hombría y su virilidad, en tanto seres activos sexualmente.
Estas pautas en los actos y en el lenguaje se interiorizan de manera tal en el pensamiento de las personas que pueden hallarse casi en cualquier práctica discursiva. Vivimos en una cultura marcada por la violencia y mediante ella se afirman relaciones de poder propias de la masculinidad.
El estudio de estas prácticas socio-simbólicas nos permite sacar la violencia contra las mujeres de la normalidad en la que, por medio de estos productos culturales, se legitima y reproduce.
Analizar estos estereotipos de género, como los paradigmas sexistas que sustentan la violencia, nos hace preguntarnos: ¿Hasta qué punto este tipo de expresiones propagadas por las industrias culturales afectan las relaciones sociales y la construcción identitaria del género?


