(25 de febrero, 2014).- “Felicito al Presidente Peña Nieto, al Gral @S_Cienfuegos_Z, a @gobrep, y a @SEDENAmx por la captura de Joaquín Guzmán. Gran golpe”, escribió el ex presidente de México Felipe Calderón en su cuenta de Twitter minutos después de que se diera a conocer la noticia sobre la detención de Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera. Precisamente Calderón fue quien el 11 de diciembre de 2006 puso en marcha una política contra el crimen organizado que en tan sólo seis años dejó como resultado más de 60 mil muertos.
El operativo con el que la llamada guerra contra el narcotráfico comenzó, tuvo lugar en Michoacán con un despliegue de 4 mil 200 militares, mil marinos, mil 400 policías federales y 50 agentes del Ministerio Público. Casi ocho años después, la situación de violencia vivida en este estado de la República parece dar cuenta del absoluto fracaso de la estrategia calderonista.
Además, las denuncias de violaciones a derechos humanos aumentaron durante el lapso en que se aplicaron las políticas panistas. De ello da cuenta el informe En nombre de la guerra contra la delincuencia, un estudio del fenómeno de la tortura en México, realizado por colectivos franceses en colaboración con el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez y el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas.
Tales denuncias, aunadas a la ola de violencia que inundó buena parte del país, provocaron que amplios sectores de la opinión pública manifestaran su descontento con las políticas de seguridad implementadas por el presidente panista. Iniciativas como No+Sangre o las movilizaciones lideradas por Javier Sicilia son los ejemplos más visibles de un extenso sentimiento de desaprobación.
Sin lugar a dudas, el desgaste que, tanto las políticas calderonistas como el discurso belicista reivindicado en su gestión generaron en la opinión pública, explica el golpe de timón que desde su llegada al poder, la administración de Enrique Peña Nieto efectuó en materia de seguridad.
Apenas en febrero pasado, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, daba cuenta del deslinde de la administración priista con las políticas de Calderón. En aquel momento se trataba de echar a andar una matriz de opinión bastante precisa, según la cual, se presentara un discurso en el que la inteligencia y la coordinación fueran los elementos protagonistas, oponiéndose a la barbarie panista provocada por la falta de planeación en el uso de la fuerza.
Con la detención de “El Chapo”, esa línea de argumentación -apenas delineada durante este último año- ha adquirido plena visibilidad. La idea de que la captura del delincuente más buscado del mundo se llevó a cabo en un operativo totalmente limpio y con pleno apego al derecho, ha sido repetida hasta la saciedad por el discurso oficial y por los principales medios de comunicación.
La batalla de los conceptos no es la menos importante de las batallas. Recién confirmada la captura del criminal que el calderonismo no pudo detener, Felipe Calderón intento crear su propia línea argumentativa a través los 134 caracteres de un mensaje de Twitter: “El equipo creado especialmente en la @SEMAR_mx ha sido muy perseverante. Localizó a Lazcano, a Treviño y ahora a Guzmán Loera. Felicidades”.
Tales palabras no son ingenuas, pues con ellas el ex mandatario pretende generar una línea de continuidad entre su política de seguridad y el hallazgo de “El Chapo”, haciendo de su captura el resultado del arduo trabajo de inteligencia que supuestamente iniciara con su gobierno.
La narrativa que la administración priista eche a andar en los próximos días será determinante. Al menos por ahora parece que ha elegido señalar la ruptura existente entre las dos administraciones. Si esto es así, los escenarios imaginables no parecen muy favorables para Felipe Calderón.


