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“Me gustaría que esto se publicara, que nadie repita mi historia”: migrante amenazado por Los Zetas

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(6 de junio, 2014).- “Nosotros, los migrantes, no tenemos nombre”, dice un joven salvadoreño de apenas 23 años. Lleva mes y medio en México y ha pasado la mitad de ese periodo escondido en un albergue. Tiene miedo de los Zetas, mientras viajaba con su primo por Tenosique, Tabasco, fue testigo de la violación de unas niñas y el asesinato de sus padres. “Yo no sé qué contacto tienen con los maquinistas que el tren se detiene para que ellos suban. Yo lo único que pido es seguridad”.

A pesar de las amenazas que recibió está deseoso de contar su viaje, “a mí sí me gustaría que esto se publicara, porque la historia que yo viví no quiero que nadie la repita. Son cosas que yo quisiera que cambiaran, a ver qué puede hacer la gente, porque los migrantes ya no queremos sufrir. Además, la familia que asesinaron es de Honduras, al igual que yo venían del departamento de Colón, y no sé si su familia de allá sabe lo que pasó”, explica en entrevista con Revolución TRESPUNTOCERO.

Tras presenciar el ataque decidió ir a un albergue para descansar. Luego viajó de Tuxtla Gutiérrez a Arriaga en busca de otra ruta, ahí se encontró con un grupo de maras que cobran de 100 a 200 dólares por subir al tren.  “Dijeron que si me subía sin pagar me iban a cortar la mano, que me iban a cortar todo el cuerpo en pedazos”. Como no tenía dinero regresó al albergue, ahora no sabe hacia dónde irá, pues “en este camino siempre hay gente infiltrada y esa gente mata, desaparece”.

Al igual que él, otros migrantes procedentes de Centroamérica contaron los horrores que han vivido en su paso por México. Durante la realización del Encuentro a favor de una migración con rostro humano pidieron sensibilidad ante su problemática a las senadoras Mariana Gómez del Campo (PAN), Dolores Padierna (PRD) y Zoé Robledo (PRD).

Recientemente, algunas empresas ferroviarias, como Ferrosur, instalaron barras verticales de cemento en los costados de las vías para evitar el ascenso y descenso del tren. Esto ha provocado mutilaciones, lesiones, y hasta la muerte de los migrantes.

Al respecto, Alveiro Fabres, proveniente de Nicaragua, cuestiona: “¿Cuánta sangre más quiere México, cuántos mutilados, cuántos secuestros más de hermanos centroamericanos? El pueblo de México puede viajar a Centroamérica con solamente un pasaporte, sin ocupar visa, y nosotros no podemos pasar a México porque no tenemos dinero, porque no somos nadie. México es el hermano grande de Centroamérica y no vela por nuestros intereses al pasar por acá. Yo oía que aquí había tránsito libre para los migrantes, pero no es cierto, porque nos persiguen como criminales”.

Los abusos relatados desafortunadamente no sólo provienen de funcionarios públicos, las comunidades que integran “el viacrucis migrante” también participan al aumentar las tarifas de la comida, el transporte y el hospedaje bajo la amenaza de denunciarlos con el Instituto Nacional de Migración (INM).

Algunas casas del migrante, como la de Lechería, cerraron o están siendo obligadas a hacerlo, como la ubicada en Celaya. La desaparición de estos espacios representa la última pérdida para estos viajeros, quienes encuentran ahí un refugio para descansar, bañarse y recuperar su calidad de humanos.

La petición derivada del encuentro entre senadores, migrantes y el padre Alejandro Solalinde es clara: seguridad para los migrantes, ya que como mencionó durante su participación el salvadoreño Benjamín Chavarría:“ finalmente, ningún ser humano es ilegal”.

Durante el trayecto, los hermanos centroamericanos, como los llama Solalinde, comparten sueños, dolores, miedos, hambre, pero al ocultar sus nombres, los migrantes cuidan su única pertenencia en el viaje que podría quitarles la vida.

 

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