En principio a nadie debería convenir la violencia pero una respuesta así de inmediata, dentro de la turbulencia, nos impediría ver el fondo del asunto. Pues parece que algunos piensan que sí les conviene el caos y estarían dispuestos a provocarlo.
Los adversarios del presidente han intentado de todo para que millones de mexicanos se desanimen con la Cuarta Transformación: que la cancelación del Aeropuerto de Texcoco fue un error insalvable; que los programas sociales son dádivas insostenibles en el corto plazo; que terminar con nidos de corrupción como el FONDEN y la Policía Federal eran errores sustantivos; que si la renuncia prematura del secretario de Hacienda de AMLO, Carlos Urzúa, era la señal del Apocalipsis; que si el Culiacanazo marcaba el derrumbe prematuro; que si los casos de Pío, Felipa o Baker Hughes ponían defintivamente a AMLO ante las cuerdas, rendido, claudicando y pidiendo perdón.
Pero nada de la guerra sucia contra el presidente ha surtido efecto significativo. Hasta los encuestadores más conservadores colocan a AMLO con una popularidad cuando menos del 65 por ciento y otros por encima del 70 por ciento.
¿Y cómo se explica que a pesar de tanto ruido y golpeteo mediático y alquilado en las redes sociales, a AMLO no le hayan quitado ni una pluma a su gallo?
Por la sencilla razón de que AMLO es un presidente de causas sociales que no se resuelven a bote pronto y mientras el pueblo considere de forma mayoritaria que el tabasqueño todos los días se levanta en la dirección correcta para luchar por esas causas y contra el neoliberalismo, con eso basta para que se mantenga firme en el poder.
Pero, ¿ante el fracaso de la estrategia mediática cabe la posibilidad de que los adversarios de derecha de AMLO se radicalicen? Esperemos que no.
¿Hay poderosos grupos capaces de coordinar y concatenar una serie de hechos violentos “fortuitos” para alentar la narrativa de que el país está incontrolable y en llamas? La respuesta es obvia: si han eliminado a adversarios, si se han robado elecciones, impuesto presidentes y se han aliado con grupos criminales desde el poder, pues sí son capaces de todo.
El presidente AMLO ha sido incómodo para los grupos de poder que antes de la contienda presidencial de 2006 filtraron los videoescándalos con el ánimo de destruirlo, entretejieron un complot para desaforarlo y le robaron la elección.
Si hoy optaran por la vía de la violencia para descomponer el entorno del presidente, no solo sería una decisión antidemocratica sino impopular que terminaría siendo revelada y les saldría contraproducente.
Aún están abiertos los cauces legales y electorales para que desde el conservadurismo intenten avanzar por la vía democrática sin hacer caso a tentaciones que quebranten el orden constitucional.
La derecha todavía está a tiempo de tratar de convencer a la sociedad con argumentos aunque en realidad esté acostumbrada a imponer. Una espiral de violencia, fomentada por acción u omisión, no solo sería un grave error contra AMLO y la 4T sino contra todos, incluyendo a la derecha misma.


