Dos conceptos que por sí mismos no tendrían que estar en lucha pero que ante la deformación de su entendimiento se han convertido en enemigos a muerte.
La palabra autonomía tiene origen griego y refiere etimológicamente a la norma de uno mismo, es lo opuesto a heteronomía y convive en una delgada línea con el concepto de independiente o independencia. Filosóficamente pertenece a la rama de la ética, situación políticamente casi olvidada.
Kant planteó como el carácter autónomo de la moral de esta forma: “La autonomía de la voluntad es aquella modalidad de la voluntad por la que ella es una ley para sí misma (…) El principio de autonomía es por lo tanto este: no elegir sino de tal modo que las máximas de su elección estén simultáneamente comprendidas en el mismo querer como ley universal”. En virtud de la autonomía, el humano es autolegislador, es decir, se da leyes morales a sí mismo. En esta capacidad, señala Kant, radica el fundamento de la dignidad humana.
Leyes morales, explícitamente ligadas a las mayorías, mismas que dictan el pensamiento y las prácticas morales, mismas que dignifican el propio sentido humano.
La autonomía es todo lo contrario al caos, pues tiene su estructura fundamentada en el querer, en la tendencia o hasta en la misma moda —si así lo quieren ver— del cambiante mundo moral humano.
La autonomía dicta sus propias normas sí, pero estas normas deben vivir bajo las reglas éticas aprobadas por la mayoría. En una democracia, estas reglas éticas están escogidas por quien la mayoría decidió conducir el camino, claro, siempre bajo reglas que existen por encima por encima de todos que es la constitución, la cual distribuye sus acciones en tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial; de los cuales sólo dos son elegidos por mayorías. Remarco la integración de Estado en estos tres poderes porque no hay más de tres y ellos sí viven y gozan por acuerdo ancestral y sistémico una verdadera autonomía, más no independencia.
La moda neoliberal para extinguir al Estado fue quitarles a estos 3 poderes poder, distribuyendo de manera irracional este en cotos institucionales usándolos como pequeños poderíos o ducados al servicio de intereses que no tienen nada que ver con el bien del país, sino a un reino que añora tenerlo todo solo para unos pocos, y no es solo una opinión chaira la que escribe estas líneas, es una realidad que vivimos, vemos y palpamos desde hace muchos años.
Lo anterior explica la paradoja del confrontamiento entre autonomía y austeridad, claro, siempre y cuando entendamos que esa autonomía de la que aún gozan algunas instituciones o centros neoliberales que aún se aferran a la no extinción, es a partir de un concepto torcido y mal formado de su esencia.
De manera muy inteligente el gobierno federal en lugar de asumirse como todo poderoso ha optado por el entendimiento que solo el tiempo da, ha esperado pacientemente a que estos ducados se descubran solitos y despotriquen su retórica servil neoliberal; la cual, cabe mencionar, está llena de odio cuando no están en el poder y cuando lo tienen ese odio se convierte en prácticas perversas y hasta mortales.
Si el gobierno electo por la gran mayoría del país hubiera llegado a desarmar estos ducados desde el principio, habría creado mártires y sabemos muy bien que los mártires de derecha pueden regresar muy rápido y con formas más monstruosas.
Uno de los grandes temas que estos feudos más lloran es el del dinero, siempre con la premisa engañosa de que sin dinero no hay efectividad, lo que no dicen es que llevan años excediendo por mucho lo justo para ser efectivos, no dicen que han creado un modus vivendi tan exquisito que ya lo quisieran hasta los auténticos reyes que aún subsisten en el “primer mundo”. Siempre quieren más, porque antes siempre se los daban, y ahora que eso ya cambió se han convertido en verdaderos extorsionadores.
Lorenzo Córdova se ostenta como un presidente cuando en realidad se comporta como un CEO en protección de sus privilegios, un simple director de una empresa que pronto, muy pronto, volverá a ser una institución digna y del pueblo. Habla de democracia y es el primero en no respetarla bajo el concepto de su autonomía, —cuanta razón tenía Andrés Manuel al llamarles “sus instituciones”—.
La austeridad es el peor enemigo de estas gárgolas de piedra caliza ya que, aunque quieren vincularla —en sus prácticas más conocidas de desvirtuar conceptos— con pobretones e ineficiencia, es llevar las tareas eficientemente con lo justo, con la media, sin excesos y siempre con el respeto al pueblo que es el verdadero dueño de esos presupuestos; pero esto aunque lo sepan, aunque lo entiendan no están dispuestos a llevarlo a cabo porque simplemente siguen creyendo que son todo poderosos.
Pero pronto van a caer.


