(26 de mayo, 2016).-“Campesinos pobres plantan amapola en las montañas del Estado de Guerrero, el mayor productor de América bajo el yugo del narco y la persecución del Ejército”, es el subtítulo de una crónica realizada por El País.
Según los testimonios de los campesinos, es la necesidad la que los obliga a sembrar “no somos los malos, somos los pobres” dice uno de los entrevistados
El artículo apunta que de las montañas de Guerrero “parten los inacabables cargamentos que nutren, por delante del triángulo de oro de Sinaloa-Durango-Chihuahua, al gran devorador mundial: Estados Unidos”. Asimismo que “en México, tras 10 años de extenuante lucha contra el narco, la balanza empieza a moverse. 100.000 muertos y 25.000 desaparecidos han hecho mella. El debate por la legalización de las drogas avanza. La Corte Suprema ha avalado, aunque con límites, el uso de la marihuana. El gobernador de Guerrero, del gubernamental PRI, ha pedido públicamente la legalización de los cultivos de opio para uso medicinal. El mismo Gobierno de Enrique Peña Nieto ha anunciado que estudia la propuesta”.
Por su parte, el representante de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito, Antonio Mazzitelli, explicó a mencionado medio que en Guerrero “no hay presencia del Estado, ni carreteras ni hospitales; ni siquiera el narco está bien organizado. El mercado de la droga se lo disputan grupos criminales antagónicos”.
“Los campesinos forman la base de una salvaje cadena trófica. Sobre ellos depreda el crimen organizado. Primero las bandas locales, luego los intermediarios y, al final, los grandes cárteles. Cuanto más opio, más dinero y más muerte. La agencia antidroga estadounidense (DEA) calcula que la producción de amapola en México se ha disparado un 50% en los últimos cinco años. El efecto ha sido devastador. Las muertes por sobredosis se han triplicado desde 2010 en EE UU, y en el sur, en Estados como Guerrero, la negra tierra de Iguala, todo se ha venido abajo. La sangre mana por doquier y Acapulco, la antigua perla del Pacífico, ya es la tercera ciudad más violenta del mundo. En la sierra, aún es peor”, apunta la investigación.

