Así como importantes mandatarios se dieron cita el domingo en París, para repudiar el terrorismo, la humanidad debería hacer causa común por un reto que tiene al planeta a un paso del apocalipsis: el capitalismo salvaje, mejor conocido como modelo neoliberal. ¿Cómo negar que éste es el causante de muchas de las calamidades que estamos viviendo, la principal de ellas el terrorismo, el más dramático efecto de las gravísimas injusticias sociales que provoca, de manera por demás lamentable en las naciones en vías de desarrollo, a las cuales les dificulta aún más salir de esa etapa?
Es cierto que el terrorismo más sanguinario proviene de las filas del fundamentalismo islámico, pero también lo es que la humanidad ha vivido y seguirá viviendo el terror agazapado e hipócrita que causan los poderes fácticos que se benefician con el control de las masas, con el fin perverso de explotarlas. ¿Quién se atrevería a negar que los salarios de hambre que se pagan en México no son una forma de terrorismo de consecuencias tan inhumanas como las de cortar cabezas, hacer estallar bombas en sitios públicos, cometer todo tipo de atentados?
La participación de algunos de los mandatarios de mayor peso político en el mundo contemporáneo, junto al presidente francés Francois Hollande, en una marcha paralela a la del pueblo parisino que se dio cita en la Plaza de la República, fue únicamente con el fin de aprovechar la tragedia con objetivos políticos ajenos a los principios por los que marcharon los manifestantes. Para algunos, como el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, fue una oportunidad nada despreciable para hacer creer al mundo que su gobierno repudia el terrorismo, cuando es un hecho innegable que de manera sistemática ha sometido al pueblo palestino con tácticas terroristas.
La gran paradoja del terrorismo es que se muerde la cola, pues cada acto terrorista tiene consecuencias nefastas para los pueblos oprimidos, toda vez que favorece acciones contrarias al estado de derecho, como así ha sucedido siempre y seguirá sucediendo. El ejemplo más obvio lo tenemos en Estados Unidos, donde se produjeron duros ataques a los derechos humanos y las garantías individuales luego de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, se favoreció la expansión de la política belicistas de la Casa Blanca, curiosamente a países del Medio Oriente productores de petróleo, y se dio un fortísimo impulso a la industria bélica para innovar tecnologías de nueva generación.
En este sentido, podría jurarse que los terroristas están al servicio de los grandes poderes fácticos que tienen a la humanidad al borde de una tercera guerra mundial. Este atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo podría equipararse, en cierta forma, con la demolición de las Torres Gemelas, en cuanto que va a favorecer el endurecimiento de medidas antidemocráticas no sólo en Francia sino en toda la comunidad europea. Ante el gran fracaso del modelo neoliberal, y la movilización social concomitante, a la plutocracia global no le queda otra opción que cerrar filas para frenar el descontento popular, al precio que sea. ¿Y qué mejor que contar con justificaciones “legales” como la lucha contra el terrorismo?
Los pueblos de la Unión Europea deberían reflexionar sobre el trasfondo político del “espontáneo” repudio de sus gobernantes al terrorismo. Actos terroristas ha habido en el pasado reciente sin que se organizara semejante manifestación de jefes de Estado, por ejemplo en Tokio, en Madrid y sobre todo en nuestro país, aunque aquí con móviles diferentes, ajenos al fanatismo religioso. Las élites del poder ven con preocupación cómo se está desmoronando su gran proyecto saqueador, de ahí que hagan uso de tácticas poco comunes para tratar de distraer a los pueblos que empiezan a organizarse para poner freno a la explotación de que son víctimas.
Podría jurarse que en la medida que la democracia participativa fuera un logro común en la mayor parte del mundo, el terrorismo no tendría sentido. Lo tiene como mecanismo con el cual las cúpulas que controlan la economía y las finanzas del planeta socavan la organización de los pueblos para luchar por un futuro mejor, donde no tenga cabida la explotación inmisericorde, la deshumanización de la vida, la prevalencia de antivalores sobre la ética política, como sucede en México de manera por demás trágica.

