(10 de mayo del 2014).- Miré el reloj, marcaban ya las 10:15 de la mañana. Al menos una centena de madres, padres, hermanos e hijos, víctimas de desaparición forzada, se habían congregado en el Monumento a la Madre de la Ciudad de México. Algunas y algunos hablaban entre ellas, ellos. Otras, otros, se colocaban bloqueador solar.
Media hora después, al menos dos centenas de familiares ya gritaban por altavoces: “¿Dónde están? ¿Dónde están? ¿Nuestros hijos dónde están?” “Vivos se los llevaron, vivos los queremos.” “La violencia no tiene madre, nuestro hijos sí.” Al contingente, se sumaron centenares de personas más, casi todas, vestidas de blanco.
Así fue el Día de las Mamacitas en el Distrito Federal: escenario de la demanda, el grito, la exigencia, la piadosa guadalupana colgando por una espalda, el silencio entre compras, el nido de los desapercibidos que miran el entorno por la ventana de un autobús. 10 de mayo del 2014: día ahora presto para exigirle, al gobierno de Enrique Peña Nieto, mediante la Tercera Marcha de la Dignidad Nacional, la búsqueda y localización de sus hijos e hijas.
“Peña Nieto, te exigimos que pares toda la violencia. Callando y negándonos el acceso a la Secretaria de Gobernación, no nos muestras un cambio en la política de guerra.”
Por Paseo de la Reforma, medio kilómetro después del destino final, el Ángel de la Independencia, un operativo de la Secretaria de Seguridad Publica hizo corte a la circulación. Cerca de las 11 de la mañana, al menos dos mil personas portaban en sus manos, pancartas y mantas con las fotografías de sus familiares. Y se multiplicaban a raya. Una de ellas me dijo: “publíquela joven, publíquela, si alguien que conoce a mi niño, quizás nos dé más información.”
Al menos media docena de estados de la república estuvieron representados. Quizá los más numerosos fueron los vecinos del norte, quienes, sumidos en la espiral de violencia que repuntó ominosamente en el sexenio pasado, a través de la “guerra contra el narcotráfico”, vistieron Reforma como gotitas de rostro humano ausentes; una masa que desfila con decoro, la huella imborrable.
“¿Díganos ustedes que es lo que le falta a nuestro país?” “Nuestros desaparecidos”, se contestó al unísono. Ellos llegaron de Chihuahua.
Su nombre es Ángeles Mendieta. El siete de agosto del 2011, cuando Los Zetas, Los Golfos, El Chapo y quien se quiera agregar la lista, decidieron pelearse la “plaza”, La Laguna dejó de ser un hogar para convertirse en un infierno. Por lo menos, para doña Ángeles así sucedió: su hijo Iván Baruch Núñez Mendieta, nunca más regresó al hogar. Todos los días lo recuerda, aquella fecha maldita. Pero prefiere buscarlo que regocijarse en la paz sepulcral de la inmovilidad.
Desde entonces pertenece a Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila (Fuundec). “¿Dónde están?” es el leitmotiv de su exigencia e, irónicamente, la mordaza.
“Peña Nieto: cumple tus promesas con los familiares de los desaparecidos y trato digno para las familias de víctimas”, de reclamo una manta a la cabeza.
“Nuestro corazón, aunque incompleto, se mantiene con las Fuerzas Unidas para continuar esta búsqueda que es incansable y terminará hasta el momento en que nuestros seres queridos estén de regreso en nuestros hogares, de donde fueron arrebatados.”
“Cuántos? ¿Cuántos más son necesarios para aprender la lección?”
De acuerdo a la organización Amnistía Internacional (AI), entre 2006 y 2012 se registró en nuestro país a más de 26 mil personas desaparecidas. A pesar de que el gobierno de Peña, a través de su secretario de gobernación, ha aceptado a cerca de 27 mil desapariciones, hasta el momento no existe una base de datos confiable que pueda dar una dimensión real del problema. Al caso: ¿cómo decirles a sus madres “feliz 10 de mayo”?








