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#Cuento América sobre mi cama

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Por Revista Hashtag/ Luis Álcantara Dominguez

Palinuro

El caso es, en fin, que el nombre de su sexo,

entre paréntesis, siempre lo tuve en la punta de la lengua.

-Fernando del Paso-

Quién te viera, América, con esa calma tan inexorablemente tuya. Con mis sábanas, un poco más blancas que el muslo encima de ellas, cubriéndote. Mientras nuestras ropas, mitad en el suelo, mitad no sé dónde, escuchan tu respiración suave. Quién te viera, con el cabello fino tan hermosamente gris. Quién lo hubiera imaginado, que una noche absurda mis manos iban a recorrer toda tu espalda, despacio, bajando por cada surco de tu piel devastada, juguetonas en mil caricias llenas de esa ansia que se reprime por gusto. ¿Tía Martina, papá Roberto? No, ellos no podrían saberlo, aunque quizás, en algún punto no perceptible del universo, ellos pudieron ver mis dedos continuar más allá de tu cintura, mientras tu cansado cuello volvía a sentir el fuego líquido de una lengua que le arranca una pregunta, la dulce sal de la saliva, y yo descendiendo hasta tus nalgas de setenta años. Nalgas mundos paralelos, nalgas de agua pura, derrotadas por la angustia de saberse siempre ocultas hasta el último momento. Tus pechos fueron fuente de buganvilias en el hueco de mis manos, y tus pezones, heliotropos parisinos entre mis labios. Tus muslos, acueductos de mi vientre-marea alta. Tu ombligo, un detalle necesario, un rellano oval para mis besos, un punto y aparte. Y tu sexo, tu sexo…

 

Tía Martina y papá Roberto deben estar maldiciendo nuestros nombres. O dando de vueltas, ineludiblemente, dentro de sus tumbas, como en una rueda de la fortuna sin más fortuna que la obvia impotencia y la sutil ternura de estar muertos. Porque ellos saben que esto no comenzó ayer, América, cuando llegamos del velorio y te quedaste en pie a la mitad de mi sala, y no querías estar sola y tus ojos me lo pidieron a gritos. Tus ojos son bellos porque saben decir muchas cosas. Y en ese instante, cuando te quité el velo, me dijeron los cuarenta años de frustraciones con Manuel, la liberación de un infarto fulminante, la alegría fortuita de nunca haber engendrado, y que no querías estar sola. Y nuestro primer beso y la memoria. Yo no imaginaba el calor de tu piel vencida. Tú no imaginabas la fuerza de mi sangre concentrada en un punto más allá de toda imaginación posible. Y así fue como Tía Martina y papá Roberto, al igual que nuestras sombras, la noche y los fantasmas de mi casa nos vieron hacer el amor a los setenta años. Como dos lentos animalitos descubriendo el mundo, como si en nuestros cuerpos gastados por la ausencia se engendrada una verdad hecha de dos partes iguales, como si, a mitad del luto, hiciéramos el anti-amor, el anti-sexo, el anti-mundo.

Y los recuerdos…

A esa edad, como a cualquiera, diez años son mucho tiempo. Ya casi había olvidado la curva de tus pestañas, y ver llegar tu vestido negro, terminado en dos pantorrillas inquietas, tus brazos de un blanco invernal, tus labios que podían deshacer una margarita con el solo tacto, me causó terror. A veces la belleza provoca miedo. Por suerte, las pláticas aburridas de la familia me permitieron mantenerme lejano, oyendo, desde el polo opuesto de la mesa, tu risa demasiado ruidosa, demasiado llamativa, demasiado altisonante para mi timidez. Tu risa de ave mediterránea, maldita. Traté de concentrarme en las luces de colores, en el árbol y las esferas, en la comida. Pero tus miradas discretas lo impidieron. Las líneas de diamante que tu cabello dejaba en el aire con cada movimiento. El balbuceo de una familia numerosa, mi piel erizada y mis mejillas rojas, el humo de muchos cigarros juntos, y más allá, a través y por encima de todo aquello, tú, América, tú como siempre, irónicamente hermosa.

Pero llegó la media noche y los muchasfelicidades y los vamosadarnosunabrazo. Tras pasar por el abuelo Enrique, Juliancito, papá Roberto y tía Martina, llegué a ti, con la mirada baja y los labios resecos. Tú esperaste el tiempo necesario para que yo terminara de avergonzarme, sólo un par de segundos interminablemente breves. Alcé la vista y me topé una sonrisa mitad inocencia falsa, mitad coquetería perfecta. “Feliz navidad, primito”. Siempre odié que me llamaras así, pues soy sólo un año menor. Pero en ese momento no tenía ganas de enojarme contigo, ni de admitir cuánto me urgías en todo el cuerpo. Tus pechos, henchidos por la madurez, se apretaron contra mí, impulsados por la fuerza de mi brazo, que jalaba, implorante, de tu cintura. Un repentino tartamudeo y el abultamiento involuntario en mis pantalones me impidieron responderte. En su lugar, hui hacia una recámara vacía, cerré con llave y no salí hasta estar seguro de que tía Martina y tú ya se habían ido, sin saber que toda tu inexplicable juventud se me escapaba en ese encierro.

Todo pudo terminar minutos después de haber comenzado, pero yo no te detuve. Tu dedito cruzando aquella sonrisa tan conocida por la que siempre nos metíamos en problemas. No quise detenerte. Me quedé callado mirando cómo metías la pequeña mano bajo mi playera. Sentí un ligero calor en las mejillas. Tu sonrisa y tu mano, los dedos que me erizaban la piel con su roce y los labios que me invitaban a no hacer ningún ruido, a esperar y sentir. Me gustó el jugueteo alrededor de mi ombligo. Imposible no querer tocarte yo a ti. Tomaste mi mano y la deslizaste hasta tu pezón pequeñito. Fue en ese instante cuando lo sentí por primera vez. El calor recorre el cuerpo con una velocidad escalofriante. De pronto se concentró todo entre mis piernas, con una fuerza violenta que me arrancó un suspiro. La rigidez del miembro y la belleza de un descubrimiento tan repentino. Todo un cuerpo a la expectativa, toda el alma concentrada en la piel. Tú seguías con la sonrisita y las cejas levantadas: cara de travesura. Metiste la mano en mis pantalones y me agarraste suavemente, por encima de la tela. Sentía que temblaba, que el corazón me latía en la entrepierna, que se me escapaba el aire hacia otro mundo oculto en tus ojos.

Tardé en reaccionar, pero al fin lo hice. Bajé la mano para meterla en tu falda. Tus muslos, eternamente suaves, se agitaron un poco. Tu respiración comenzó a agitarse, se te olvidó la sonrisa y la cambiaste por un rostro de sorpresa. Yo no sé si sentías lo mismo que yo, esa hermosura palpable en un cuerpo ajeno, en el tuyo y en el mío. Recorrí tu piel poco a poco, hasta posar mi mano en tu pubis. Entonces sí lo sentiste, porque tus ojos se abrieron hasta el final de los tiempos y en tu suspiro pudo acabarse el mundo.

Todo pasó al mismo tiempo: el golpe en la puerta, nuestro brinco en direcciones opuestas, el grito de Tía Martina, la aparición del cuarto y todo rompiéndose. El miedo se acostó sobre la cama, justo entre nosotros. “Escuincles jijos de su… ¡Roberto, ven a ver lo que está haciendo tu hijo!” Te levantó de un tirón y te llevó no sé a dónde. Los gritos en la planta baja, los zapatos de papá Roberto azotando las escaleras, su cara, el cinturón en su mano, mi llanto. Me sequé las lágrimas mientras juraba no volver a hacerte caso nunca, olvidarme de tu piel y de la mía, portarme bien para que papá Roberto jamás se enojara otra vez. Desde ese momento se acabarían los baños compartidos, los cuerpos enlodados y desnudos, las siestas juntos. Sería lo mejor.

Esa noche me quedé solo en mi cuarto, enojado contigo y pensando en muchas cosas: a mis ocho años había recibido la cintariza más fuerte de mi vida, nunca más volvería a llorar, por qué tu madre era tan odiosa, por qué era tan malo lo que hicimos. Y cuando, sin quererlo, el pensamiento se derretía hacia tu mirada y, sobre todo, hacia tu mano entrando en mis pantalones, abriste la puerta de mi cuarto, con tu sonrisita de travesura bien pegada en el rostro. Me resistí un poco, pero aun con la marcas del llanto eras muy bella, y mi piel recordaba fácilmente tu tacto.

Todo estaba frío, el suelo, las paredes, mi respiración. “¿A dónde vamos? No, América, nos van a cachar.” Seguí caminando sin saber por qué. Me tomaste de la mano y tus ojos me dijeron que me revelarían un secreto. El pasillo se alargó demasiado, mientras mi corazón golpeaba con más fuerza a cada paso que dábamos. Me advertiste que me cuidara de hacer ningún ruido. Al final nos detuvimos junto a la puerta entreabierta de una recámara, la de tía Martina, que estaba llorando acostada sobre su cama.

“No, no es diferente. Es exactamente igual. Yo no quiero que sufra lo mismo que su madre. No quiero que crezca sintiendo que es una puta. Mañana me regreso a Querétaro.”

De pronto, desde algún sitio inimaginable en el espacio y en la vida, papá Roberto apareció en la escena. Abrió la bata de tía Martina, le acarició los pechos, el vientre, bajó la mano hasta su entrepierna, le besó al cuello, las mejillas, los labios. “Mañana te vas a donde quieras, ahorita quédate callada.”

Todo cambió en ese momento, el aire, el frío, el mundo. De nuevo el calor recorrió mi cuerpo y fue a posarse entre mis piernas. Se levantó debajo de mis pantalones de pijama. Y yo volví a sentir el inigualable deseo de que me tocaras.

 

 

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