La dramática realidad que se vive en el país, es consecuencia no solo del absoluto desinterés de la derecha en el poder por enfrentar los grandes problemas nacionales, sino de que los han agravado por el desprecio que sienten por las clases mayoritarias. Ahora estamos viviendo los prolegómenos de una crisis inédita, que abarca todos los campos de la vida nacional, situación que después del domingo 7 se habrá de complicar aún más, una vez que el “gobierno” de Enrique Peña Nieto decida imponer un estado de sitio no declarado ante el desbarajuste social que provocará el fracaso del proceso electoral.
Que así habrá de suceder no queda duda, porque los propios órganos responsabilizados de la institucionalidad electoral han alimentado la desconfianza del pueblo, con una actuación que provoca no solo suspicacia sino estupor y rabia. No sólo es el apoyo cínico al Partido Verde a pesar de sus múltiples ilegalidades, sino las carretadas de dinero que se han gastado inútilmente en crear una “democracia” partidista que es la vergüenza de América Latina. ¿Qué otra cosa podía esperar el Instituto Nacional Electoral (INE) que el repudio ciudadano como sucedió en tres estados el pasado domingo? ¿Acaso puede confiarse en órganos electorales tramposos, cuya actuación está manchada por constantes fraudes que nos retrotraen a los tiempos del viejo sistema político?
El INE condenó el ataque sufrido en sedes ubicadas en Oaxaca, Puebla y Veracruz, pero no hizo un mínimo ejercicio de autocrítica que ponga en claro las causas de una situación que a nadie conviene. Porque sin duda es un grave error cerrar las vías institucionales de un cambio pacífico de régimen. Es un planteamiento equivocado decir que no tiene caso votar porque la derecha en el poder va a continuar burlándose de la voluntad popular, porque de ese modo se le está facilitando a la oligarquía su estrategia encaminada a imponer un régimen policiaco, bajo el argumento de que el pueblo no quiere seguir las reglas de la “democracia”.
Aunque sabemos que aceptar sus reglas es tanto como quedar cruzados de brazos, es preciso partir de esa línea argumental para cambiarlas con menores costos para el pueblo. El otro camino es la lucha armada, el que en las actuales condiciones del país sólo beneficiaría los planes estratégicos de la derecha ultra reaccionaria. Es preciso no caer en provocaciones, porque quien lleva las de perder son las clases mayoritarias. La desesperación en que están cayendo grupos que se han radicalizado por las medidas antidemocráticas del “gobierno” de Peña Nieto, es una pésima consejera, pues favorece la represión que quiere justificar como única salida ante el descontento popular, con el fin de zafarse de las críticas que provoca la violencia del Estado.
Si al menos el gigantesco derroche de dinero a los órganos electorales y a los partidos diera frutos positivos, el descontento ciudadano sería reprochable. Pero la verdad es que no ha servido de nada, y esto lo tiene muy claro la sociedad. Es terrible que habiendo tantas necesidades en el país, de todo tipo, se hayan gastado en la reciente campaña electoral 18 mil 572 millones de pesos, sólo de recursos públicos. Lo más insultante es que el costo del INE, del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) y de la Fiscalía para Delitos Electorales (Fepade), sea de 186 mil 151.2 millones de pesos.
Los partidos tradicionales, al servicio de la oligarquía todos ellos, del año 2000 al 2015 han recibido 54 mil 728.8 millones de pesos. De ahí que se vea con mucho recelo la formación de una organización política ajena al sistema de partidos, como lo es el Movimiento Regeneración Nacional (Morena). Este es el equivalente contemporáneo de la organización que se formó alrededor del movimiento impulsado por Francisco I. Madero para derrocar al dictador Porfirio Díaz, por eso es visto con mucho recelo por la oligarquía, y más aún incluso por la clase política reaccionaria, pues sabe que de triunfar la organización social que está encabezando Andrés Manuel López Obrador, sus días estarían contados.
Sin embargo, la derecha en el poder debería reflexionar un poco sobre la realidad nacional para que no ponga más trabas a la democratización del régimen. Es la única salida viable a los grandes problemas nacionales. No hay otra.

