AMLO lo vuelve a hacer. El pueblo lo vuelve a hacer. AMLO y el pueblo lo vuelven a hacer. Juntos llenaron una vez más el zócalo de la Ciudad de México y las redes sociales. Y no sólo por una esperanza sin resultado concreto aún, como en decenas de ocasiones anteriores, cuando el ahora presidente fue candidato tres veces, sino que ahora la multitudinaria reunión obedeció a que esa esperanza no se ha diluido. Al contrario, por primera vez desde hace décadas, el arribo de una persona al máximo cargo político del país -gracias a la voluntad libre, legal y legítima de millones de ciudadanos- se ha traducido en el cumplimiento de las promesas realizadas durante su campaña: emprender los primeros pasos y sentar las bases para transformar el régimen tan injusto y desigual que durante no sólo años, sino siglos, había imperado en México; ese régimen que otorgaba todos los beneficios a unos cuantos, mientras la mayoría sufría las penurias que implicaba recibir las migajas (y muchas veces, ni siquiera eso) del enorme pastel que disfrutan los privilegiados.
Y eso es lo insólito: después de tres años de un gobierno que suscitó tanto ánimo en el pueblo para acudir en 2018 a depositar su voto en las urnas, con el fin de que López Obrador esta vez sí se convirtiera en presidente de los mexicanos, ese ánimo no se ha convertido en humo sino, por el contrario, sigue tan elevado como entonces, o quizá más.
Al día siguiente -de la misma manera que sucedía cuando la 4T no era gobierno sino oposición y celebraba sus mítines- la ausencia, en las primeras planas de los diarios, de las fotografías de un zócalo repleto que se diseminaron en las redes el miércoles, constituyó un silencio visual atronador que nos mostró más que mil imágenes el estado mental y anímico de quienes dominan los grandes medios: siguen perplejos, desubicados, pero muy enojados y frustrados porque en el poder político ya no se encuentra un gerente pripanista que proteja con coraza blindada sus intereses.
Este silencio visual ante la concentración fue acompañado de un torrente de improperios contra ese pueblo “acarreado”, “arrastrado”, “ignorante” al que, al mismo tiempo, imploran o exigen (según el modo en que amanezcan) que abandone y ya no respalde al “mesiánico” “dictador” “populista” que los “manipula” mediante quién sabe qué mañas oscuras. Entre todas esas voces se destacan algunas que leyeron mejor o no pretenden cegarse porque su alarma los conduce por otro sendero más pragmático y reflexivo. René Delgado, en su columna “Desplante y horizonte” publicada en El Financiero, desolado por la multitud proveniente de distintas partes del país que se reunió el 1ro. de diciembre en la capital, les advierte a las voces opositoras: “Quienes minimizan el mitin de antier a un asunto de entusiastas acarreados ante un líder obsesionado o lo califican de mañanera callejera vespertina, pronunciada de corrido, resisten ver lo sucedido”, y les cuestiona airadamente: “cuándo tomarán acción seria quienes se quejan tanto de él”. En ese mismo diario, Enrique Quintana, después de transcurridos unos días de meditación, reconoce el domingo 5 de diciembre que “No eran borregos los que llenaron el Zócalo” y que a la enorme capacidad de movilización de López Obrador exhibida se aúnan “las diversas encuestas que dan cuenta del nivel de aprobación o de aceptación del presidente. La mayor parte de ellas registraron un avance”. Todo esto a pesar de la crisis sanitaria más grave de la que se tenga memoria y de la enorme crisis económica provocada por ella. Con todo el dolor de su alma, se ve obligado a afirmar que “pretender que movilizaciones como la que se realizó esta semana en el Zócalo son sólo obra de la coerción o de las dádivas, es no entender la dinámica política que se vive en México”. Y, al igual que el columnista mencionado con anterioridad previene a la oposición que si “no produce pronto uno o un conjunto de personajes que se posicionen como competidores en la agenda pública, entonces le dará una ventaja prácticamente inalcanzable a Morena y a su movimiento”.
La puesta en marcha de la transformación que se propuso Andrés Manuel no ha sido fácil. Es una labor titánica llena de trampas y obstáculos: el armazón jurídico sólidamente construido por los pripanistas; el entorno neoliberal globalizado que reduce mucho el margen de maniobra local; inercias institucionales arraigadas en el mismo poder ejecutivo y en los poderes judicial y legislativo que no pueden romperse y corregirse con facilidad; una guerra contra las drogas impuesta por Estados Unidos -que se asentó durante más tiempo y con mayor profundidad en Colombia y México a diferencia de otros países de Latinoamérica- provocando una violencia más acendrada que está resultando muy complicado revertir.
Sin embargo, está andando y al andar está haciendo el camino. Está desatascando un péndulo que se había mantenido pegado en el extremo derecho durante muchísimo tiempo. Se están revolucionando las conciencias. Incluso las de sus mismos opositores que acuden puntualmente a recibir su prestación en forma de pensión o beca consagrada en ley y que consideran que les corresponde y que no es una gracia de nadie. Y están en lo cierto. Pero en los regímenes pripanistas no hubo ni el dinero (porque se destinaba a comprar aviones presidenciales, casas blancas y condonaciones de impuestos a los más ricos) ni la voluntad para elevar a rango constitucional políticas sociales tan cotidianas en varias naciones desarrolladas y que en nuestro país no se exigían a un gobierno ajeno tanto a sus detractores como a sus propios simpatizantes. Esto ha cambiado radicalmente y, lo más destacado, es que, contra todos los pronósticos, ha sido de forma pacífica por la vía electoral. Y, como bien señalo Lorenzo Meyer a Julio Hernández López en una entrevista donde el periodista cuestiona el concepto de “revolución de las conciencias” que el presidente López Obrador considera tan importante: asumir como propio un gobierno, eso es precisamente la revolución de las conciencias. No se trata de un catecismo, de nada esotérico, moralino o alejado de la vida práctica, sino de esa politización que día a día presenciamos en todos los ámbitos, esa concientización de los asuntos públicos que nos conciernen a todos y que se ha desarrollado gracias también al ejercicio democrático de conferencias matutinas desplegado por el presidente desde hace tres años donde se ventilan y colocan bajo los reflectores problemas sociales, políticos y económicos que muchos desconocían.
Falta mucho, muchísimo. Apenas son los primeros pasos, pero para correr primero es necesario caminar. Hay errores que deben detectarse, denunciarse y corregirse. Es una labor conjunta encabezada por alguien con la voluntad férrea por cambiar lo injusto y con el conocimiento de la realidad de su país y de su pueblo. Sigamos andando.


