Donald Trump, hace emerger lo peor de Estados Unidos

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Por: Ivonne Acuña Murillo

Donald Trump sacó a flote lo peor de Estados Unidos: es a la nación blanca, conservadora, poco preparada, racista, homofóbica, xenófoba, sexista y supremacista a la que Trump ha hecho emerger del fondo, la ha despertado, de ahí que las y los estadunidenses con una orientación multirracial, progresista, con mayor nivel de preparación y tolerantes a la diferencia afirmen “Trump no es mi presidente”.  

Durante su campaña, Trump construyó una narrativa que supo recoger el descontento que los políticos, los partidos, los estudiosos no habían detectado. En primer lugar, supo captar la atención de aquellos grupos enojados y decepcionados con la actual clase política por la falta de empleos y de oportunidades, nostálgicos por el declive de un modo de vida que décadas atrás había sido bueno.

Atrapó a los descontentos que han vivido en carne propia los estragos de un modelo económico que dividió a la población en “ganadores” y “perdedores”. Con toda seguridad, atrajo a muchos que perdieron sus casas durante la crisis del 2008, que fueron echados de sus trabajos al cerrar las empresas que daban sustento a muchas familias en sus pequeñas ciudades, a aquellos que, tras la crisis financiera, lo perdieron todo.

Trump supo llenar la falta de futuro con la vuelta al pasado al ofrecer “Make America great again“, al prometer devolver a Estados Unidos los empleos perdidos, la gloria pasada, el éxito extraviado. Hasta aquí, Trump supo acercarse a las necesidades legitimas de la gente que desea un mejor nivel de vida para sí y su familia.

Sobre todo, supo atrapar votantes al señalar a los supuestos culpables de la, por él definida, debacle estadunidense: los migrantes, mexicanos en particular, los chinos, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, los demócratas, en especial los Clinton, Bill y Hillary, y Barak Obama.  

Pero el republicano también conectó con aquellos grupos conservadores molestos con la llegada de “un hombre de color” a la Casa Blanca, preocupados por el aumento en el número de migrantes hispanos, mexicanos en particular, que poco a poco se han ido incrustando, con todo y su cultura, en la sociedad estadunidense, descontentos por la incertidumbre de un mundo que cambia con rapidez y los va dejando en el camino. Hizo resurgir todos aquellos sentimientos negativos que por más de un siglo han separado a la nación estadunidense y han hecho difícil la convivencia y que se relacionan con: el conservadurismo, el racismo, la homofobia, la xenofobia, el sexismo y el pensamiento supremacista.

Llegó también, a todas aquellas minorías deseosas de desligarse de su origen racial y étnico, ansiosas por diferenciarse de sus propias comunidades para asimilarse a la sociedad blanca de los Estados Unidos.

Con su discurso, Trump se convirtió no sólo en la voz de todas aquellas personas desencantadas con la democracia, con el sistema económico, con los políticos, con las promesas incumplidas de mejoría y bienestar, sino, especialmente, con aquellos temerosos por dejar de ser la mayoría para convertirse en una minoría más, la “minoría blanca”.

Por Trump votaron cristianos evangélicos (el 81% de ellos), conservadores (81%), residentes de zonas rurales (62%), blancos (58%), de 45 años en adelante (53%), personas con poca escolaridad (51%), heterosexuales (48%), hombres (47%), mujeres (42%), hispanos (29%), muchos de los cuales han visto amenazada su forma de vida, ante los cambios impuestos por la globalización, por nuevas generaciones de derechos humanos, como el derecho a la diferencia que incluyen el reconocimiento a los derechos de las mujeres, de las personas con una orientación sexual distinta, con un origen racial y étnico diferente.  

Sin embargo, a pesar de que Trump obtuvo más de los 270 delegados requeridos para ganar la elección, 290 en total, no fue él quien obtuvo el mayor porcentaje del voto popular sino Hillary Clinton, quien logró 60,981,118 votos contra 60,350,241 del magnate, por lo que, una vez que se conocieron los resultados de la votación para elegir al presidente de los Estados Unidos, llevada a cabo el 8 de noviembre, miles de manifestantes, jóvenes en su mayoría, al grito de NotMyPresident”, han salido a las calles a protestar en contra de Donald Trump.

En ciudades como: Chicago, San Francisco, Nueva York, Portland, Nueva Orleans, Washington DC; Atlanta, Boston, Denver, Austin, Saint Paul, Los Ángeles, San Diego, Indianapolis, Worcester, Massachusetts, Iowa, Miami, Tennessee, Cincinnati, Chicago, Detroit, Minneapolis, Indiana, Kansas, Missouri, Olympia y otras ciudades más, podían leerse pancartas con frases como “NotMyPresident”, “New York hates Trump”, “Let’s not lose hope”, “No al KKK (Ku Klux Klan)”,No to fascist US”,No to Trump”, “No hate”, “Fuck Trump”, “Stay outraged”, “Students en la lucha”, “Dump Trump”, “This is very bad”, “Love Trumps Hate”.

En su mayoría, las manifestaciones han sido pacíficas, pero en lugares como Indianapolis, algunos inconformes corearon “Matad a la policía”, en respuesta la policía lanzó bolas de pimienta contra la gente. Es probable que expresiones violentas como ésta se multipliquen en otras partes de los Estados Unidos.

Por su parte, una manifestante de 27 años, Ashley Lynne Nagel, dijo, durante una manifestación en Denver, lo que de alguna manera resume el fondo de las protestas: “No es que no sepamos perder (…) Es que estamos genuinamente indignados, molestos, atemorizados de que una plataforma política basada en el racismo, la xenofobia y la homofobia se haya vuelto tan poderosa y ahora tenga el control completo de nuestra representación”.

El repudio a Trump es tal, que incluso comienzan a escucharse voces separatistas que amenazan con dejar la Unión Americana. Es el caso de California, donde la iniciativa CalExit promueve la separación política de Estados Unidos con una campaña que busca llevar el tema a referéndum en 2018, pues quienes la promueven argumentan que la mayoría de las y los californianos no aceptan la ideología del próximo presidente al ser el estado políticamente más progresista, con una importante diversidad étnica y que, en su mayoría (61.5%), votó por Hillary Clinton.

No sólo un estado quiere dejar de formar parte de los Estados Unidos, artistas famosas como Barbra Streisand, Cher, Whoopi Goldberg, Miley Cyrus, Amy Schumer, amenazaron con abandonar el país si Trump ganaba. Otros más como Meryl Streep, Bon Jovi, Katy Perry, Madonna, Jack Nicholson, George Clooney, Tom Hanks y latinos como Ricky Martin, Salma Hayek, Marc Anthony, Gael García Bernal y René Pérez, se muestran inconformes y preocupados por el triunfo del republicano. 

Es un hecho que el eje discursivo de la campaña de Trump, en contra de minorías como los mexicanos, los chinos, los musulmanes, los migrantes, los insultos a mujeres, cayó en el terreno fértil de una sociedad que, como muchas otras, no ha dejado en el fondo de ser racista, clasista, sexista, xenófoba, supramacistas. Muchos grupos tradicionales de corte moderado, pero también radical, han tomado las declaraciones del magnate y ahora, su próximo arribo a la Casa Blanca, como la justificación y, podría decirse, el permiso, el llamado, para enfrentarse, agredir, intimidar, expulsar y, tal vez, matar, a aquellos residentes pertenecientes a los grupos citados. Ya han comenzado a darse casos de intimidación a niños y niñas en escuelas, por parte de sus compañeros, incluso de sus profesores.

Igualmente, el Ku Klux Klan (KKK), ha anunciado que el próximo 3 de diciembre hará un desfile en Carolina del Norte, para “celebrar” el triunfo de “su” candidato Trump. El KKK es una organización formada por grupos de extrema derecha, que desde el fin de la Guerra de Secesión, en el siglo XIX, promueven la xenofobia, la supremacía de la raza blanca, la homofobia, el antisemitismo, el racismo y el anticomunismo y no se puede olvidar que han cometido graves abusos en contra de la comunidad afroamericana y otras minorías.

Más allá de que la estridencia, la agresión y la violencia con la que Trump abordó estos temas, hayan sido parte de una exitosa estrategia publicitaria de campaña, las preguntas ahora son: ¿logrará Trump contener las fuerzas que ha desatado? ¿Podrá darle de nuevo a Estados Unidos un proyecto nacional o profundizará las enormes diferencias que lo separan? ¿Cuántas y cuáles de las promesas hechas en contra de los grupos minoritarios cumplirá? La incertidumbre es, por ahora, la mejor respuesta a estas preguntas.

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