(2 de abril, 2014).- La imagen de José Miguel Acosta Rivera se había hecho borrosa, casi irreconocible, desteñida por el sol. La ficha de búsqueda ondeaba furiosa, apenas sostenida por dos pedazos pequeños de cinta adhesiva pegados en la estructura metálica de una caseta de teléfono que funciona con monedas, ubicada en la parada del transporte público que está frente a la Central de Autobuses de Pachuca; era una hoja impresa con la frase “Ayúdame a encontrarlo” en letras grandes, una fotografía decolorada y el nombre del niño, los demás datos se habían borrado.
La foto de José Miguel circuló por toda la ciudad impresa en volantes expuestos afuera de las escuelas, en las principales avenidas, en las vitrinas de los negocios locales, en las páginas de los periódicos y en las redes sociales. Hubiera cumplido su primera década meses después, tenía ojos grandes, cejas pobladas y mirada triste, debido quizá a su atormentada infancia. Fue visto por última vez el 4 de abril del 2013 en la popular colonia Manuel Ávila Camacho del municipio Mineral de la Reforma.
José Miguel cursaba el cuarto año de educación primaria en la escuela Hijos del Ejército, al sur de Pachuca, como alumno del internado y con permiso de visitar su casa los fines de semana. Su maestra de manualidades lo describió como un niño muy tranquilo, tímido y callado; desde muy pequeño vivió con su abuelo, pero en enero de ese año, la madre biológica reclamó su derecho a cuidar de él. Fue entonces que el abuelo entregó al niño a su mamá para no tener problemas con las autoridades asistenciales…
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