Alejandro Melgoza Rocha / @Giornalista3_0
“El problema en nuestro negocio es que nunca se sabe si volveremos por la noche a casa”
-Guillermo Cano Isaza, director de El Espectador-
(7 de agosto, 2014).- Sin importar el gobierno, presidente, autoridad o partido político que esté al frente del país, sexenio tras sexenio, se cometen asesinatos de periodistas que, a la postre, sus expedientes son enterrados bajo el epitafio gubernamental del carpetazo.
Tan sólo del año 2000 a la fecha se ha documentado el asesinato de 78 periodistas “por posible relación con su labor informativa”, de acuerdo con la organización Artículo 19. De esta cifra, con los gobiernos panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón, hubo 22 y 47 respectivamente.
Bajo la administración del priista Enrique Peña Nieto van 6; en este conteo se incluye el homicidio más reciente suscitado en Zacatecas, donde el pasado 29 de julio fue hallado el cuerpo del periodista Nolberto Herrera Rodríguez, con más de 20 lesiones causadas por un objeto punzocortante, en su vivienda ubicada en el municipio de Guadalupe, según Procuraduría local. Él se desempeñaba en el Canal 9 como camarógrafo, reportero, editor y productor.
Y a pesar de la relevancia que cobra este fenómeno sistemático en México, cuando se presentan estos hechos contra los comunicadores, se abren los telones para dar paso a un show ya estructurado desde los tiempos más oscuros de Carlos Salinas de Gortari.
Este espectáculo consiste en el silencio del Gobierno Federal a menos que haya presión mediática; el discurso judicial basado en un “móvil pasional” que descarta en su totalidad los personajes trastocados mediante información periodística; y las condenas vacías y propias de una rutina burocrática que tienen como fin ablandar las críticas que van directo a la incompetencia de la Fiscalía encargada de la libertad de expresión, adscrita a la Procuraduría General de la República (PGR).
En este negocio se sabe que los hampones no sólo son aquellos que literalmente ejecutan el crimen con metralletas en la mano como el sicariato más vil y vulgar. Los verdaderos impunes se camuflan con máscaras de altos funcionarios, congresistas, empresarios o caciques. Es decir, todos aquellos que concentran el poder y son boicoteados por el ejercicio informativo de un oficio que no sólo está precarizado en sus derechos laborales, sino humanos.
¿Dónde están los periodistas?
Los hechos han demostrado que no debe prevalecer una visión paternalista esperando que el gobierno proteja al gremio cuando ha resultado la carta más inepta. Cientos de asesinatos han demostrado lo contrario, no se puede ni se debe depender completamente de aquellos que por sexenios nos han dado la espalda.
Sin embargo, los periodistas mexicanos -en su mayoría- parecen no tener memoria; empezando por la hipocresía de los medios de comunicación que publican notas de dos párrafos inmersas en un océano que finalmente las ahoga, donde no hay un seguimiento puntual del caso.
Por otro lado, las políticas editoriales de los grandes, medianos y pequeños medios de comunicación, que les prohíben a sus empleados participar activamente.
Y no sólo eso, sino la falsedad de los colegas que recuerdan por un día y olvidan al siguiente. Sin memoria. Presentes en el morbo pero ausentes en las acciones concretas.
Cuando el autor de esta columna ha estado presente en las exigencias o acciones que van más allá de un “compartir” o dar “like” en Facebook, se ha percatado en tres aspectos fundamentales: 1.- La poca participación de periodistas; 2.- Son los mismos colegas que admirablemente levantan la voz cada que ocurre; 3.- La cobertura es pésima, salvo contados medios de comunicación, donde los internacionales, han hecho un mejor seguimiento que los nacionales.
Los pretextos para desentenderse son infinitos, como la condición del trabajo; o aquellos que por su sección o interés periodístico ignoran a quienes se encuentran en temas de alto riesgo; o la ¿objetividad?, donde son varios los colegas que asumen un canon de “no-ciudadano”, ese escudo que no opera en función de una lógica o convicción, sino de un mando de corte marcial.
El pulso
Desconozco si continúan existiendo las unidades de investigación que nacieron en Colombia tras el asesinato -perpetrado por el Cartel de Medellín- de Guillermo Cano Isaza, director del diario El Espectador, cuyo fin era coadyuvar, proteger y sincronizarse como colegas, como equipo, como medios de comunicación. En ese sentido, es deseable y urgente que México configure nuevas medidas que congreguen a todos sin excepción.
Y es que resulta lamentable, pero la desorganización del gremio sólo derivará en más asesinatos y agresiones. No hay unión. Es poca la dosis de solidaridad. ¿Hasta cuándo se pretende esperar?
La única certeza en estos tiempos, es que en este oficio nunca sabremos qué nos pueda ocurrir.


