Primer acto: retorno a México
A sus noventa años, Eugenio Barba volvió a México para compartir una reflexión que reivindica el oficio teatral, el cansancio, la vejez y la resistencia, sobre todo en estos tiempos donde lo virtual parece amenazar todo esfuerzo presencial y colectivo.
El director del Odin Teatret, con sede en Dinamarca; fundador de la antropología teatral, que ha viajado a tantas latitudes y escuelas de teatro; conceptualizador del Tercer Teatro, que especialmente en América Latina enraizó profundo, visitó el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el pasado martes 3 de febrero de 2026, para impartir la conferencia magistral titulada “5+3=9 ¿Por qué construir un nuevo teatro?”
Barba inició con una revaloración de la edad y del cansarse, cuando uno trabaja en “algo que es extremadamente necesario para tu sentido en este planeta, entonces el cansancio se vuelve una forma de placer (…) Me hace placer reencontrar personas que he encontrado hace 50 años, 60 años; ya son viejos, como yo, ya han perdido la belleza de la juventud pero tienen la gloria de la vejez, tienen la experiencia”, comentó.
Segundo acto: forjar oficio
El también investigador teatral hizo un recorrido histórico de la profesionalización teatral en Europa, desde 1545, cuando “vagabundos, plebeyos, soldados que no querían ser mercenarios más y luchar, campesinos que se escapaban de los latifundios… se juntaron para entretener e inventaron algo de fundamental por la libertad del actor: la entrada”.
A su decir, fueron estas primeras “cooperativas” (que derivarían en la Comedia del arte, por ejemplo, o en el teatro isabelino) las que constituyeron un primer acto de democracia del oficio teatral: “esa entrada permite a los actores económicamente crear una microcultura, que es una cultura itinerante que va de ciudad a ciudad, de pueblito a pueblito”.
Dicho de otra forma: los actores tomaron los medios de producción del teatro. Y esto es lo que ha permitido que el oficio perviva, ya sea que unos lo usen “para denunciar una masacre en algún lugar del Medio Oriente”, para ganar dinero y vivir su vida, o para cualquier otro objetivo. Además, destacó que “el teatro representó al interior de la sociedad una célula subversiva” donde, entre otras luchas, homosexuales y mujeres encontraron un espacio de libertad tanto económica como creativa y expresiva.
Sin embargo, resaltó que el nivel más básico, “el grado cero de nuestro oficio es saber entretener al espectador (…) significa no aburrirlo, significa sacudirlo literalmente, físicamente, a pesar de que está sentado (…) crear ese puente, o ese cordón umbilical, entre el actor que está en escena y el último espectador”.
Tercer acto: resistir
Barba también criticó la situación de los presupuestos para el teatro a nivel mundial, reivindicando la resistencia de los grupos independientes al afirmar que “el teatro eres tú que lo haces y te comprometes para dar algo… porque tienes un objetivo; puede ser ganar dinero, impresionar a las mujeres o a los hombres que están en la sala (…) pero debes hacerlo con el máximo de tu energía, ir más allá, cansarte y en el cansancio encontrar lo que se llama en el deporte: el segundo soplo, el segundo respiro…”
En este sentido, recordó los orígenes del Odin Teatret, cuando eran un grupo de rechazados, sin un teatro para hacer teatro, ensayando por las noches en un aula de escuela prestada. Él venía de migrar, de trabajar como soldador, como marinero; de conocer a Grotowski y un montón de libros y ejercicios; de ir al sur de la India para adentrarse en el teatro Kathakali. Y arrancaron, hace ya 62 años.
También narró la historia de un teatro en Rumania que conoció recién, el cual es resultado del esfuerzo de nueve años para convertir la casa de una abuela en un recinto escénico, pese a una pandemia y un cáncer en el camino. Para este punto se develó que cuando el título de la conferencia pregunta sobre construir un nuevo teatro, se refiere a esa terquedad y resistencia al grado de “tardarnos nueve años, o una vida entera”, para construir y hacer teatro.
Epílogo
El trabajo físico del actor, dijo luego de recordar sus tiempos como obrero, plantea “una manera de absorber conocimiento tácito, que no se puede formular en palabras (…) Todos los artesanos aprenden de esa manera: imitando, utilizando su propio cuerpo y después absorben una sabiduría que no se puede explicar (…) un saber cinestésico que envuelve, que compromete todo el cuerpo.”
Esa forma de aprendizaje contiene “el secreto de algo que puede llevar al entretenimiento, al divertimiento, al gozo, al refinado placer de un músico, o de una comedia banal; al mismo tiempo, puede transformarse en un arma de revuelta, un arma de identidad” y destacó el caso del Abbey Theatre en Irlanda, especialmente en el marco de su Guerra de Independencia.
El saber tácito que se transmite desde los antepasados, concluyó Barba, es lo que caracteriza el aprendizaje y es siempre, como en el teatro, un diálogo con los muertos. “Los muertos nos permiten dilatar el tiempo, no vivir solo en el presente, en esa inmediatez”.
Foto: FFyL | UNAM


