Por: Ivonne Acuña Murillo
En los 71 años en que el PRI gobernó sin alternancia, el tercer y cuarto del sexenio se caracterizaban por ser los años de mayor poder del presidente en turno. Durante los dos primeros, aquel que se encontraba en la cima del poder político acumulaba los elementos suficientes para llevar a cabo su proyecto de gobierno. El quinto y el sexto, por el contrario, como en una campana de Gauss , aparecían como los años del declive gradual del alguna vez “todopoderoso” mandatario; en el último incluso, las notas sobre el presidente en funciones pasaban a las páginas interiores de los diarios, mientras las primeras planas eran ocupadas por las actividades del candidato “elegido” para ocupar la silla presidencial.
En lo que respecta a Enrique Peña Nieto, los dos primeros años parecieron entrar en el esquema descrito, el “Pacto por México” pareció un gran triunfo al lograr reunir a las tres principales fuerzas políticas, PRI, PAN, PRD, en un pacto nacional para reconducir al país por una ruta diferente a la que habían mal dibujado los dos gobernantes panistas previos, Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa. Sumado a esto, la aprobación de 11 reformas estructurales parecía abrir el camino para que en el tercer y cuarto año Peña concretara sus ideas en torno al rumbo que debían seguir la economía y la política.
Al interior de México diversos grupos pusieron en duda la bondad de tales reformas, anotando que éstas apuntaban y apuntan a intereses no declarados que buscan favorecer a las élites económicas y políticas, de dentro y fuera del país, en especial a aquellas que se apresuraron a felicitar a Peña y a considerarlo como el “salvador de México”, el líder cuyas reformas lograron cambiar la narrativa de un país asolado por el narcotráfico, según la revista Time ; o aquel que había llevado a la nación a vivir el “Mexico’s Moment”, a decir del semanario británico The Economist , ese mismo que más recientemente ha publicado que Peña “no entiende que no entiende”.
¿Qué pasó en el camino? ¿Por qué Peña no está ahora disfrutando de su tercer año de gobierno, en lo que debería ser el pináculo de su poder, cumpliendo lo que prometió? ¿Qué le pasó al “Mexican Moment”? ¿Qué es lo que Peña no entiende que no en tiende?
De entrada, habrá que decir que hoy el presidente de la República se enfrenta a un conjunto de factores que los priístas del periodo clásico no enfrentaron, entre ellos un país que cada día se desgobierna más generando espacios donde el gobierno central ha perdido el control; una economía atada como nunca a los vaivenes internacionales del capital; el empoderamiento de ciertos grupos fácticos como el mismo narco y los empresarios, y de los gobernadores que se han convertido en una especie de “señores feudales”; una cada vez mayor colusión entre “políticos arribistas no profesionales”, que viven de la política y no para la política, y la delincuencia organizada; una sociedad harta de la incompetencia, negligencia, insensibilidad y corrupción de sus gobernantes; un desencanto generalizado por la democracia que abarca a amplios sectores sociales; una enorme y preocupante desintegración social que opera como caldo de cultivo de un sinnúmero de conductas atroces de nacionales contra nacionales; y una creciente convicción de que “nadie” en la clase política actual puede sacar a México del pozo en el que se encuentra.
Sin embargo, lo anterior sólo dibuja el contexto en que Peña ha intentado gobernar, pero no alcanza para explicar lo que está ocurriendo en su tercer año. Después de sus “exitosas” reformas y justo al momento de implementarlas estallaron una serie de sucesos que lo han sumido en la más baja popularidad para un presidente desde 1995, casos como el de Tlatlaya, donde miembros del ejército ejecutan a 15 civiles y matan a otros 7; Ayotzinapa, donde las fuerzas “del orden”, asesinan a 6 estudiantes y donde 43 desaparecen a manos de un grupo delincuencial supuestamente coludido con la autoridad municipal; la aparición de tres lujosas casas (y contando) ligadas a la familia presidencial y los empresarios consentidos del actual sistema, Juan Armando Hinojosa, dueño de Grupo Higa y de las casas de Las Lomas y Roberto San Román Widerkehr, quién le vendió a EPN una mansión en Ixtapan de la Sal; la caída de los precios del petróleo y el consecuente recorte de 124 mil 300 mdp al gasto federal.
Se podrá argumentar que todos estos eventos ocurrieron más allá del ámbito de influencia de EPN, con excepción de las casas, y que no fueron propiciados por su gobierno, en especial la caída de los precios de los hidrocarburos. Esto, por supuesto, hace alusión a que “la trae de malas”, a que la suerte no le ha favorecido.
Sin embargo, no todo se debe a la suerte, él y su equipo han puesto de su parte para que las cosas “salgan mal”. La respuesta dada a los casos de Tlatlaya, Ayotzinapa y las “Casas Blancas” han sumido a Peña en una crisis política sin precedentes en lo que va del siglo; su tardanza en atender, sus respuestas equivocadas y faltas de sensibilidad, su alejamiento de lo que pasa en el México real, aquel que está más allá de los spots que pretenden hacernos creer que todo “va bien”, que los delitos van a la baja, que la economía crece, que las reformas, ahora sí, darán los frutos deseados, que hablar a los diversos estados de la República sin que se cobren las llamadas como larga distancia es un “enorme avance”.
Pero sobre todo, apostar a que las cosas “se enfríen”, “se olviden”, a que sean “remontadas”, “dejadas atrás”, “superadas” sin haber sido resueltas de manera satisfactoria, como la verdad “histórica” o “jurídica” en torno a los estudiantes de Ayotzinapa o a la forma y los recursos con que fueron adquiridas las lujosas casas presidenciales en un país donde 60 millones de personas viven en pobreza. Aunque en este último asunto, “ya podemos dormir tranquilos” con el nombramiento por parte de Peña del nuevo secretario de la Función Pública, Virgilio Andrade, encargado de investigar si “su jefe”, su esposa, Angélica Rivera Hurtado, o su secretario de Hacienda, Luis Videgaray, incurrieron en conflicto de interés en la compra de sus casas .
Mal y de malas porque Peña “no entiende que no entiende” que el país ya cambió, que a la gente no le bastan las versiones sucesivas y erráticas, propias y de su gabinete, en torno a los temas que urge resolver, que la crisis política a la que ahora se suma una crisis económica, ante el recorte presupuestal, hunde más a un país que ya estaba al borde de una gran explosión social. Mal y de malas, porque ni Peña ni los políticos de su partido están a la altura del momento histórico, mismo que requiere una visión de estadista que ellos no tienen.

