Enrique Alvarado González / @kikin_agz
(29 de abril, 2014).- Entre las décadas de 1980 y 1990, Perú vivió años de pánico ocasionados por Sendero Luminoso, grupo terrorista que con una supuesta lucha contra el sistema y en busca del socialismo, ejecutó y desapareció a miles de personas, mientras se asociaba con organizaciones delictivas de México y Colombia para financiar sus operaciones, a través de venta de hoja de coca y pasta base de cocaína; en tan desolador escenario nació y se desarrolló Alejandro, quien hoy es un testimonio fiel de los estragos que el narcotráfico, el terrorismo y el autoritarismo de las fuerzas armadas causaron en la sociedad.
México, DF.- Alejandro Alminco Ayala tenía aproximadamente cinco años cuando un comando de Sendero Luminoso (SL) llegó a su casa sin que hubiera puerta que lo impidiera, pues –según relata– su casa no tenía. Después se sentaron y preguntaron si había algo de comer, entonces él y su familia no pudieron negarles nada, “tienen que darnos de comer, nosotros estamos sirviendo a una causa justa” fue la perorata lanzada por el grupo armado. Acto seguido comenzaron a saquear la cocina, comenzando con 4 o 5 costales de naranja que dejaron vacíos. Y como si estuvieran en sus barricadas empezaron a desempolvar las armas mientras hablaban de las rutas a seguir y los ajustes de cuentas a realizar con tal vecino o tal persona.
A pesar de tan impactante escena y el miedo que lo poseía, no se atrevió a llorar, sólo se aferró fuertemente a las piernas de su abuelo y dejó que el tiempo pasara mientras los miembros del grupo terrorista intentaban adoctrinar a su abuelo hablándole del marxismo, leninismo y maoísmo, sin importar que fuera una persona sin estudios, relata en entrevista con Hashtag.
Crecer entre Sendero Luminoso
Estudiante de ciencias de la comunicación social, Alejandro nació en 1988 en el caserío de Alto Picuruyacu, en la provincia de Leoncio Prado, Tingo María, Departamento de Huánuco, Perú, sitio que tal vez el destino eligió para engendrar a uno de los grupos terroristas más cruentos de América Latina: Sendero Luminoso, cuyos supuestos propósitos eran luchar por el bien social y la justicia combatiendo el sistema, aunque de acuerdo con él, sólo buscaban apoderarse de una zona mientras “recolectaban” niños para formarlos en uno más de su organización al margen del asesinato de cientos de familias inocentes.
Aquel sitio, que por las condiciones geográficas al igual que todo Perú, es casi imposible de vigilar eficazmente y de manera permanente con los recursos del Estado, era conocido como una zona roja, “la zona del terrorismo” pues en ella se cultivaba hoja de coca y se producía en gran cantidad pasta base de cocaína (PBC), situación que las organizaciones criminales aprovecharon para establecerse, a pesar del ingreso de las fuerzas armadas, y de “lavarnos el cerebro” con el argumento de la lucha contra el gobierno.
En las garras del terror
En medio de los mecanismos de terror ejercidos por SL, sus abuelos, única familia de Alejandro en ese momento, buscaron la forma de protegerse del único modo posible: apegarse a las normas y acudir a las reuniones que convocaban, por miedo a ser asesinados o sufrir otro tipo de repercusiones.
“Comenzábamos a alejarnos de la casa, mi abuelo sólo me decía ‘tenemos que ir porque SL nos está llamando para una reunión’”, recuerda. Justo ese día, comenzó a darse cuenta que los propósitos que ellos clamaban no eran precisamente de izquierda, aunado a sus cruentos métodos. Asistieron a una breve junta de 10 minutos donde ajusticiaron a una chica, “diciendo que ella desobedeció a sus padres, la mataron, la ahorcaron”, el proceso fue tan grotesco como la sentencia misma, debido a que utilizaban técnicas no para acabar con las vidas de forma instantánea, sino para que murieran lentamente.
Falso discurso de izquierda
Aun con la presencia cotidiana de SL en la región, la familia de Alminco optó por no vincularse del todo con ellos, sin embargo, su abuelo decidió ir a todas las reuniones que convocaban “porque familia o persona que no iba, al otro día llegaban y lo mataban”. No obstante, unos tíos por parte de su papá se sumaron a las filas del grupo, aunque “por la gracia de Dios no perdieron la vida”, agradece a la distancia.
Pieza clave en su infancia y en su vida misma, Alejandro recuerda mucho las conversaciones con su abuelo, una de ellas describe perfectamente los mecanismos ultimados por SL en pos de aumentar la nómina criminal. Cuando su madre era joven, a menudo era sacada de su hogar por sus propios padres y escondida en las cercanías, por temor a que llegaran los emisarios y se la llevaran sin la certeza de si algún día volvería. A él le sucedió exactamente lo mismo, por lo que se salvó de llegar a uno de los tantos campos de entrenamiento, donde los niños eran adiestrados militarmente para que cuando crecieran el siguiente paso fuera darles un arma y lanzarse “en busca de la lucha social”.
Además de protegerlo, su abuelo con todas sus limitaciones académicas le enseñó a leer, lo que además de acercarlo como todo peruano a la obra de Mario Vargas Llosa –a quien dice admirar como literato y rechazar como político— le permitió comprender aún más los propósitos tergiversados de SL. “Encontraba panfletos que ellos repartían por la zona, y los lemas decían así: súmate a la lucha armada, nos vamos en contra del gobierno, justicia social para todos”, todo ello era lo que supuestamente buscaban pero con engaños, asegura Alejandro, pues únicamente se enfocaban en su beneficio propio.
Ya con un mayor entendimiento de lo que representa las doctrinas socialistas-comunistas, fácilmente puede distinguir que aquello pregonado por el líder de Sendero, presidente Gonzalo (verdaderamente llamado Abimael Guzmán, actualmente cumpliendo cadena perpetua) carece de sentido.
Y es que el arma con que SL se engrandeció, era justamente la ideología, “ellos juntaban el marxismo, leninismo, maoísmo y lo que denominaban su líder como el pensamiento Gonzalo: la cuarta espada; él decía que para poder enseñar a la población había que actuar duro por eso mataban, decían que los débiles no eran útiles para servir al Perú y mataban a quien no quería servirlos”, explica.
Tal era el adoctrinamiento impregnado que cuando mataban a una familia, dejaban un panfleto con la leyenda “así mueren los soplones” con las letras SL y debajo una hoz y un martillo, signos universales del partido comunista. Por ello, cuando llamaban a una reunión, a los pobladores no les importaba caminar largas veredas con tal de llegar para que les hablaran de la presunta izquierda.
Actualmente, una de las escisiones de SL conocida como SLVRAE (Sendero Luminoso de Valle del Río Apurímac y Ene), ha optado por cambiar dichos mecanismos de amedrentamiento, y por el contrario buscan solidarizarse con los campesinos para combatir las campañas de fumigación de la hoja de coca, para continuar su escalada en el negocio del narcotráfico.
El otro peligro
Empero, a la ya difícil convivencia con SL, la población de Alto Picuruyacu, tuvo que soportar la presencia de las fuerzas armadas, lanzadas por el presidente Alberto Fujimori para exterminar al grupo terrorista. En esos tiempos, experimentó otro de esos capítulos que se tatúan perpetuamente y de forma dolorosa en la mente, sin posibilidad de removerse.
Era una noche oscura –más de lo normal– y sus abuelos habían salido de viaje, con la compañía de unos tíos comenzaron a escuchar unos ruidos extraños afuera que achacaron a la llegada de los viejos en caballo, por lo que continuaron cenando. Ante los golpeteos en la puerta uno de sus tíos se levantó a abrir y “por favor que nadie se mueva, que nadie salga de aquí”, fue la respuesta de un soldado que los apuntaba con un arma. Alejandro en esa ocasión no pudo contener su llanto, se escondió debajo de una mesa con el cuerpo tembloroso e inmediatamente entró en shock.
“Empezaron a ingresar uno a uno a la cocina, y nos dijeron ‘nosotros somos de la fuerza armada y estamos buscando huestes terroristas, y si ustedes los esconden aquí en su casa también van a desaparecer’”, recuerda afligido Alminco, en tanto su mirada se pierde entre el cúmulo de autos desplazándose en algún lugar del sur en la Ciudad de México.
Su temor, sumado a la actitud agresiva de los uniformados y la presencia de armas, radicaban en que conocían las prácticas de los castrenses. “Cuando llegaban también tenía la potestad de llevarse a los jóvenes para que los guiara en el camino pero ya nunca los hacían volver”, explica, “es por eso que mi tío que estaba arriba se hizo el enfermo y dijo no poder caminar”.
“Cuando me vieron que temblaba me dieron un jarrito de agua que comencé a tomar y recuerdo muy claro que me dijeron ‘nosotros no venimos a matar a tu familia, venimos a matar a los terroristas’, y peor pues porque con el arma y todo lo que traían había entrado en shock”. Aquel pasaje a menudo lo expone cuando conversa con otros jóvenes no con la intención de ponerse melancólico, sino para evidenciar lo traumático que fue ese lapso histórico en Perú.



