Entre la década de los ochentas y noventas, Perú vivió años de pánico ocasionados por Sendero Luminoso (SL), grupo terrorista que, con una supuesta lucha contra el sistema, y en busca del socialismo, ejecutó y desapareció a miles de personas, mientras se asociaba con organizaciones delictivas de México y Colombia para financiar sus operaciones, a través de venta de hoja de coca y pasta base de cocaína; en tan desolador escenario nació y se desarrolló Alejandro, quien hoy es un testimonio fiel de los estragos que el narcotráfico, el terrorismo y el autoritarismo de las fuerzas armadas causaron en la sociedad.
(1 de mayo, 2014).- Aquella acometida del Ejército y la Policía Nacional del Perú, incitada desde Lima, colocó a Alejandro, su familia y a toda la población de la zona en medio de dos fuegos, pues las fuerzas armadas también mataban indiscriminadamente, sumado a ello, se vivía también una lucha por las ‘narcopistas’ entre SL, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y las instituciones de seguridad, similar a lo ocurrido en México con la Guerra contra el Narcotráfico de Felipe Calderón.
“Te decían ‘tú eres terrorista, tú eres un soplón y te vamos a matar’ y los mataban, los desaparecían, y así en el Perú hay tantas personas desaparecidas, hijos, padres de familia… el peligro era en ambos lados”, cuenta Alminco, sobre la situación vivida a mediados de la década de los noventas.
Dicho panorama surgió luego de la salida de la presidencia de Alan García en 1990, el presidente más joven en la historia del país inca. Su sucesor estaba entre el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa y el hasta entonces desconocido Alberto Fujimori, quien fue apoyado por García mediante la compra de periodistas y medios de comunicación que lo levantaron y lo hicieron ganar a pesar de que el escritor era el favorito.
Ya en el poder, Fujimori aplicó el autogolpe y cerró las instituciones públicas del Estado para dar paso al discurso de exterminio de SL; así, luego de romper relaciones con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) envió a las fuerzas armadas a los lugares más recónditos de Perú donde se presumía se alojaban las células terroristas. De acuerdo con él, en cierta medida si lograron destruir las facciones de SL, aunque a su paso violaron mujeres, mataron niños y padres inocentes, “ellos no distinguían y desaparecieron a personas que hasta hoy en día las fuerzas armadas no encuentran”, sentencia.
Con ese escenario y por el otro lado SL también “desapareciendo gente, matando al día 60 personas, ajusticiado, volando torres de alta tensión dejando ciudades enteras sin luz, poniendo coches bomba en el centro de Lima”, el país era una guerra total con la sociedad civil al centro. En ese momento ellos seguían en Tingo María, donde las fuerzas armadas se dedicaron a matar en el marco de su entrada a las ciudades más alejadas, para su fortuna ningún miembro de su familia sufrió los estragos del fuego cruzado, no así unos vecinos que fueron asesinados en grupo, “de un día para otro desaparecieron quedaron sus ollas hirviendo en la fogata, nunca más aparecieron”.
La “resignación” y la resistencia
Con tal panorama pero imposibilitados para asentarse en otro sitio, sus abuelos decidieron aguantar, “no teníamos otra opción que seguir viviendo ahí porque teníamos un terreno, algo así como 10 hectáreas para cultivar, no podíamos salir porque no teníamos a dónde ir porque en ese tiempo vivíamos del cultivo de la hoja de coca”, acepta sin reparo alguno.
A dicha actividad su abuelo se dedicó hasta 1996, cuando una de las nuevas políticas gubernamentales inició la erradicación de la planta en todas las zonas de Perú, provocando así la caída estrepitosa de precio. “Ya no costaba nada, no teníamos qué comer, los terrenos no producían porque Fujimori mandó a fumigar y la tierra se convirtió en estéril, no nos quedó otra más que migrar de ese lugar a un mundo más pacífico, estábamos cansados de la violencia, el narco, las matanzas”.
“Habrá un momento en que nos podamos ir”, recuerda claramente que decía su abuelo, y continuaba asistiendo a las reuniones de SL, aunque sin participar activamente. Y efectivamente, ya cuando tenía 8 años pudieron establecerse en Centro Poblado de Puerto Sungaro, provincia de Puerto Inca Departamento de Huánuco, lo que significó “un cambio rotundo en mi vida, que transformó mi manera de ver el mundo”.
En aquel lugar, narra Alejandro, “podías encontrar una paz, la gente vivía tranquila, los años de terror habían pasado ya, llegamos cuando SL se había exterminado cuatro o cinco años atrás, ya sólo había vestigios, algunas bases por ahí, municiones regadas pero ya era paz. La gente más tranquila, amigable, pacífica y producía de todo, podías cultivar plátano, maíz, podías criar ganado vacuno, podías irte al rio a pescar, ahí hasta sin trabajar podías vivir tranquilo porque la propia naturaleza te brindaba para que pudieras alimentarte, un cambio rotundo”.
El narco en Perú
Antes de dejar atrás Alto Picuruyacu, la precarización agraria y las ineficientes políticas públicas aplicadas en su zona de residencia, obligaron a su familia a cultivar la hoja de coca y producir PBC en menor cantidad, mismas que vendían a grandes compradores. Alejandro no es capaz de precisar si eran efectivamente operadores de los cárteles colombianos y mexicanos (Medellín y Sinaloa), como se menciona en distintos reportes de seguridad, pues era un vecino de la zona quien recolectaba toda la mercancía para sacarla de la ciudad y desconocían su destino. “Vendido acá, me das el dinero y no te conozco”, así era la operación.
Sus recuerdos sólo le indican que la hoja y la pasta, único ingreso en ese entonces, colocaban a Tingo María en la palestra de la seguridad nacional, sumergiéndolo en la violencia y dando paso a la entrada de numerosos dólares en el comercio. Al respecto, en octubre de 2011, Rodney Benson, el jefe de inteligencia de la DEA (Agencia Antidrogas de EE.UU.) reportó que Perú había desplazado a Colombia como el mayor productor mundial de cocaína con aproximadamente 325 toneladas métricas, de las cuales un 45 por ciento es controlado por SL ante la presencia cada vez más notable de los cárteles mexicanos.
Asimismo, el documento ‘Estrategia Nacional de Lucha contra las Drogas 2012-2016’, publicado en aquel país en febrero de 2012, refiere que “el Perú ha alcanzado la condición de primer país en extensión de cultivos de coca y como exportador de clorhidrato de cocaína del mundo”, tomando en cuenta que durante 2012 Perú produjo 60,400 hectáreas de hoja de coca mientras Colombia únicamente 48,000.
“Me imagino que si era el principal productor deben haber llegado (la droga) a esos carteles (mexicanos y colombianos) si no ¿A dónde llegó tanta droga producida?, se pregunta Alminco en torno a la presencia de grupos criminales extranjeros en su población.
De acuerdo al informe ‘Tráfico ilícito de drogas en el Perú: La conexión mexicana hoy’, elaborado por la organización peruana Projusticia: Centro de estudios para el desarrollo de la justicia, las operaciones de cárteles mexicanos en suelo inca datan concretamente de 1995, cuando se capturó en el departamento de Piura a una banda local llamada “Los Norteños”, mientras intentaban sacar por el puerto de Paita cerca de 3.5 toneladas de cocaína hacia México, relación que con el tiempo se fue fortaleciendo, al punto que en 2005 se arrestó a 120 mexicanos mientras traficaban narcóticos para los cárteles nacionales.
El mismo archivo refiere que los mexicanos utilizan a los restos de SL y otros clanes peruanos para que les suministren la droga, a cambio de grandes cantidades dinero que utilizan para financiar sus operaciones terroristas, en el caso específico de los primeros, “robustecer sus servicios para la protección de los cultivos ilegales de hoja de coca, laboratorios de droga, trasiegos de PBC y luego de cocaína, además del ingreso de precursores químicos”.
Mientras tanto, los cárteles mexicanos reproducen sus conocidos mecanismos criminales como el “el soborno y la intimidación violenta”, para concretar exitosamente sus transacciones, para lo cual también usan su poderío económico en la cooptación de “jueces, fiscales, policías, militares, agentes de aduanas, gerentes de bancos comerciales y empresarios”.
Cuestionado sobre si tenía noción del accionar de dichas organizaciones actualmente, Alminco menciona que efectivamente se han registrado casos de violencia ligada al narco en el Perú, “en el Departamento de Cerro de Pasco hay una provincia Puerto Bermúdez… centro de un distrito Pichis-Palcazu… (Sic) ahí sí hay presencia de estos cárteles (Mexicanos y colombianos), también están en el VRAE y Mataro en el departamento del Cusco”. Según Projusticia, desde 2008, SL y su facción del VRAE entraron de lleno al negocio del narcotráfico con la producción y venta de PBC y clorhidrato de cocaína a los grupos de México y Colombia.
Retrospectiva, un senderista que no fue
A la distancia, Alejandro recuerda su complicada infancia pero también agradece a la vida los tiempos que le tocaron, pues asegura que de haber sido joven en esos años “hubiera ingresado a las filas de SL así mis abuelos no hubiesen querido”. A pesar de haber nacido en el desarrollo del grupo terrorista y haber vivido el fuego cruzado provocado por Fujimori, hoy cuando escucha de marxismo-leninismo aún le provoca interés. “si en ese tiempo hubiera tenido la capacidad de salirme de mi casa me hubiera unido por las injusticias que si cometía el gobierno y a uno lo llena de rabia”.
Sin embargo, también rememora las tardes llenas de desconsuelo, provocado por la partida de su madre cuando apenas tenía un año, y el miedo permanente de que en cualquier momento irrumpiera SL a “barrer con toda mi familia o morir yo”. Esas horas las pasaba con La ciudad y los perros de Vargas Llosa, único refugio que poseía para salir del mundo violento donde estaba inmerso, y que marcó su formación académica, periodística y literaria.
Hoy en día, Alejandro continúa la carrera en ciencias de la comunicaron social en la Universidad Nacional Hermilio Valdizán en Huánuco, donde ingresó luego de apartar las dificultades económicas que suponen los estudios superiores en Perú. Sus estudios los comparte con su labor periodística en radio y televisión local, con la consigna de “defender siempre la libertad de expresión y hacerle frente a todo autoritarismo y toda represión”, y en la mente siempre tiene presente aquella frase del literato peruano que define su andar: “nadie elige dónde nacer pero sí uno elige donde puede vivir”.


