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Griot de Madiba

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Andrés Piña

La multitud está furiosa. Ya son largos años de vivir bajo el yugo de los blancos, de los afrikáners; quieren empujarlos todos al mar. De entre los oradores que se encuentran allí reunidos por el casi extinto CNA (Consejo Nacional Africano), se encuentra la figura de uno de sus dirigentes más emblemáticos: Ha perdido su juventud y recuperado hace poco su libertad; algunos le llaman Rolihlahla, quien parece estar presente en la memoria de todos los sudafricanos, no se ha ido y nunca se irá del todo.

Pero volvamos al inicio de la historia, con ese niño de al parecer unos 5 años, que cuida borregos y vacas  mientras recoge frutos y caza. De ahí dirá más adelante, viene su amor por el vied, tan amplia y tan bella, tan endemoniadamente dorada. En Transeki escucha a los ancianos contar historias de otro tiempo, se aprende muchas de las historias antiguas; historias de libertad, de compromiso pero sobre todo de esperanza.

Dingane y Bambata aparecen en estas historias como los héroes míticos de un tiempo sagrado. Dirá después que: no tuvo ninguna revelación excepcional, lo que se despertó en él fue la acumulación de miles de afrentas, de miles de humillaciones, de miles de instantes olvidados, que generaron una furia y un espíritu rebelde, lo mismo que el deseo de combatir al sistema que aprisionaba a su pueblo.

No es un motivador deportivo, ni mucho menos un personaje de ficción, es un hombre de carne y hueso, un hombre que la historia recogerá como quién recoge una manzana que se ha caído del árbol. Sin embargo volvamos a lo que importa, él entendió pronto que: no hay pueblos distintos con lenguas diferentes, sino que todos formamos un mismo y solo pueblo.

Como muchos blancos, él quería estudiar derecho, como muchos negros en Sudáfrica se enfrento a la imposible tarea de llevarlo a cabo. De ahí quizá fue donde nació su amor por las leyes, y sobre todo por un gobierno construido por el pueblo y para el pueblo. La “Carta por la libertad”, el plan político del CNA, le trajo problemas con la justicia o más bien con la injusticia que se disfraza en todas partes.

En 1955 es arrestado por traición pero lo absuelven, el abogado ha quedado atrás. 1961 llega pronto, él se siente amenazado y decide optar por la clandestinidad, en el 62 comienzan sus viajes por Addis Abeba y Etiopía, entre otros, de esos tiempos quizá en una noche llena de incertidumbre, susurró: “La ley hizo de mí un criminal, no por lo que hice sino debido a lo que defendía, de lo que pensaba, de mi conciencia. ¿Resulta sorprendente que semejantes condiciones conviertan a un hombre en delincuente? Había entendido que: un  combatiente de la libertad, –como él mismo lo mencionó alguna vez-, aprende de manera brutal que el opresor es quién define la naturaleza de la lucha, sebatana ha se bokwe diatla”. Es decir, no puede desviarse el ataque de una bestia salvaje con las manos vacías.

Pero seguimos adelantándonos, estamos apenas en el juicio de Rivonia, donde lo declaran culpable y lo condenan a cadena perpetua. Detesto todo lo que aquí me rodea, dice en pleno juicio mientras se delibera en todas partes sobre su condena o su libertad, me hace sentir que soy un hombre negro en un tribunal de hombres blancos. Y eso es algo que no debería ser. A pesar de esto lo condenan; es enviado a Robben Island. Allí, en las noches más oscuras, soñará con los prados verdes, con los besos de su esposa y cantará con los otros prisioneros en la noches más sombrías; cantará un canto por la libertad.

Entonces sí, volvamos al día que nos importa; la gente espera que alguno de los dirigentes tome la palabra, él Nelson Mandela, el cuidador de borregos y vacas, el abogado, el declarado culpable, el personaje de una canción de Quilapayún, de quien hemos hablado todo este tiempo, toma la palabra en pleno bullicio, en pleno grito de guerra. Rápidamente sube su brazo y frente a la multitud grita:

“¡Amandla!”

Y la multitud le contesta, con la furia de todos los tiempos juntos en ese instante, con la voz de Biko sacrificado, con las lágrimas de las madres campesinas, con el niño hambriento y el hijo o el padre muertos, con la sensibilidad de un pueblo entero que busca la libertad. Con todo eso, ellos contestan:

“¡Ngawethu!”

Que significa en xhosa: ¡Poder al pueblo!. La historia apenas comienza.

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