(11 de mayo, 2014).- Al menos 22 personas murieron ayer en Irak como resultado de la ola de violencia que azota al país tras las elecciones parlamentarias celebradas el miércoles 30 de abril, en las que es favorito el partido del primer ministro saliente, Nuri Maliki. Según los resultados preliminares, su formación, el chiita Estado de Derecho, obtendría más de 70 de los 325 escaños en juego. La violencia, expresada en atentados suicidas en Bagdad y ciudades cercanas, así como en ataques en la extensa provincia de Anbar, parece ser la reacción de grupos armados sunitas ante las elecciones.
El ataque más mortífero sucedió en el poblado de Dujail, 80 kilómetros al norte de Bagdad, donde un conductor suicida mató a seis miembros de las fuerzas de seguridad y un civil en un puesto de control. La explosión del coche bomba hirió a al menos otras quince personas. En Tarmiyah, también al norte de Bagdad, una bomba colocada en un mercado al aire libre mató a cuatro civiles e hirió a otros 17.
En la ciudad de Fallujah, un bastión rebelde en la provincia de Anbar que ha estado bajo poder de combatientes antigubernamentales durante cuatro meses, el ejército iraquí lanzó un bombardeó que mató a 11 personas en un intento por recuperar áreas cercanas a la ciudad. Según fuentes médicas, en los últimos cuatro meses estos bombardeos han dejado 267 civiles muertos y otros mil 230 heridos; sólo el sábado 4 de mayo murieron 46 personas en Fallujah y la cercana ciudad de Ramadi, 42 de los cuales eran presuntos miembros del Estado Islámico de Irak y el Levante, un aliado de al-Qaeda que opera en el oeste de Irak y en gran parte de Siria, donde es uno de los grupos armados que intentan derrocar al presidente Bashar al-Assad.
En Siria, la presencia del Estado Islámico de Irak y el Levante dividió a las milicias que luchan contra Assad por la oposición de muchas de ellas al extremismo islamista de este grupo, precipitando una lucha de facciones que permitió al ejército sirio retomar cierto control sobre el terreno. Mientras tanto, en Irak el gobierno de Maliki apuesta a obtener una mayoría sólida en el parlamento que permita “superar el principio de las cuotas (confesionales) y establecer el Gobierno con base en la mayoría parlamentaria”. Para Maliki, las elecciones fueron una prueba de fuego sobre su capacidad para controlar el país, pues fueron las primeras realizadas sin la presencia del ejército estadounidense.


