Paula Santoyo/@pausaroja
(22 de abril, 2014).- A inicios de este año, el gobierno venezolano fue objeto de múltiples críticas por haber tomado medidas que “atentaban” contra la libertad de expresión. Resultó extraño que artistas, medios de comunicación y líderes de opinión que han hecho caso omiso de los abusos del gobierno mexicano contra activistas, periodistas y defensores de Derechos Humanos salieran a reprobar la actuación de un presidente extranjero. Más aún, el que respaldaran sin titubeos a la oposición de otro país cuando se han dedicado a descalificar a todo aquel que expresa su inconformidad en México.
El oportunismo, la descontextualización o incluso la antipatía a los gobiernos de izquierda bien podrían revelar por que personajes como Paulina Rubio y Ricky Martin reivindican la protesta social. Por otra parte, si consideramos que las críticas giraron en torno al afán “retrógrada” y “autoritario” de Nicolás Maduro de tener un control total sobre los medios de comunicación, también podría explicarse que personajes ligados a los grandes consorcios mediáticos salieran a defender a sus patrones.
No obstante, las críticas al gobierno de Venezuela provinieron también de grupos que luchan por la libre manifestación de ideas y la democratización de los medios de comunicación. Entre ellos, fueron varios los que asemejaron al gobierno de Maduro con el régimen priista. Acusaron la censura, la falta de espacios críticos, la regulación de contenidos y la imposibilidad de participar abiertamente en el debate público, incluso poniendo el sistema de telecomunicaciones venezolano por debajo del mexicano. No perdieron tiempo en delimitar las diferencias contextuales o en revisar la historia disímil de uno y otro país.
Pasaron por alto que Venezuela redistribuyó el espectro radioeléctrico desde 2001 para incorporar a medios comunitarios y alternativos además de los medios públicos. A partir de la aprobación de la Ley Orgánica de Telecomunicaciones y el Reglamento de Radiodifusión Sonora y Televisión Abierta Comunitarias de Servicio Público, se crearon 400 emisoras de radio, 36 televisoras y 100 publicaciones impresas de carácter comunitario con apoyo de financiamiento. Asimismo se estableció la incorporación obligatoria de la producción nacional y la producción independiente.
En México, los medios comunitarios no tienen acceso a un porcentaje fijo ni mínimamente significativo del espectro radioeléctrico, por no mencionar que se mantienen criterios discrecionales para acceder a las frecuencias de radio. Éstos cuentan con un nulo apoyo presupuestal del gobierno y se les impiden mecanismos de financiamiento. Por otra parte, a la fecha no existe ningún apartado legal que promueva la producción independiente.
Se paso también por alto que gobierno venezolano ha contrarrestado la concentración monopólica limitando las licencias de los consorcios mediáticos preponderantes y aplicando reglas claras en términos de publicidad, veracidad de la información, contenidos, horarios y producción. A diferencia de México, que pretende mantener una regulación discrecional desde la Secretaría de Gobernación, en Venezuela la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL), un organismo autónomo, se encarga de proteger los derechos de las audiencias, regular los contenidos de radiodifusión en términos de derechos de los niños y promover las funciones educativas, culturales y sociales de los medios, especialmente en la televisión.
Cabe resaltar que de acuerdo con el ranking de la organización internacional Reporteros Sin Fronteras, la calidad de las libertades de expresión, información y prensa está trece lugares por delante en Venezuela que en México.
Resulta muy fácil lanzar críticas desligadas de contexto. En Venezuela los medios de comunicación han adquirido el poder suficiente para imponer la agenda de la oposición y actuar como verdaderas extensiones de los partidos políticos, incluso promoviendo acciones golpistas como en el Golpe de abril de 2002 o el paro económico petrolero de finales del mismo año. En febrero de 2014, la verdad no fue ocultada por la censura, sino por la desinformación tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales. Fue persistente por ejemplo el uso de imágenes de otros lugares del mundo –jóvenes golpeados y asesinados de Siria, Chile, Brasil y España- para etiquetar al gobierno de represor e incitar a la violencia.
La manipulación de información es real, en Venezuela, en México y en cualquier lugar del mundo. Los medios de comunicación tienen influencia en las estructuras políticas, en la cultura y en los comportamientos de la gente. En este momento, las empresas de medios privadas, han concentrado este poder. La apuesta por la democracia pasa necesariamente por la democratización de los medios de comunicación.
El verdadero problema no reside en que un gobierno le revoque la concesión a un canal de televisión como RCTV, sino en cómo asegura la inclusión de múltiple sujetos sociales y políticos en el principal escenario del debate público. Un sistema de medios verdaderamente democrático, debe garantizar el acceso a múltiples fuentes de información. Sólo así se posibilita que se dé la deliberación propia de un sistema democrático y que la opinión pública no sea definida por los intereses que dictan los oligopolios mediáticos.
En México, hoy se discute la aprobación del paquete de leyes secundarias en materia de telecomunicaciones propuesto por el presidente Enrique Peña Nieto. Lejos de dar pasos hacia la redistribución del espectro radioeléctrico, el respaldo a los medios comunitarios y alternativos, o la regulación efectiva de los medios de comunicación preponderantes, es dicha iniciativa la que implica un verdadero retroceso democrático.
Los que han alzado su voz en contra de la censura y hoy salen a la calle en oposición a las leyes secundarias del PRI, deberían mantener una mirada objetiva para con el sur de la región, pues no todos los países latinoamericanos van en esa dirección. Naciones como Argentina, Bolivia, Venezuela y Ecuador han dejado lecciones importantes sobre como se puede caminar hacia sistemas de telecomunicaciones más democráticos. Si la censura está en los detalles, que vuelva a ganar la crítica informada y la lucha por lo realmente trascendente, la democratización de los medios de comunicación.


