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La represión no termina al cruzar la frontera: Migración forzada de mujeres transgénero

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Alejandro Pérez | Plaza Pública 

@PlazaPublicaGT

(21 de septiembre, 2014).- Él parece estar listo para largarse, pero permanece en la esquina de la calle mal iluminada. Acelera su motocicleta, pero ésta no se mueve de su sitio. Sigue platicando con ella.

El motor ruge como para salir repentinamente, pero las llantas sólo se mueven unos centímetros y vuelven a su lugar. No quiere irse. Ella lo sabe y sigue balanceando su cuerpo alto y delgado con coquetería mientras luce una pequeña falda negra que no oculta nada. Ocultar no es su objetivo.

Ella tampoco quiere que él se marche. Ambos hacen su mejor esfuerzo por demostrar su falta de interés, un esfuerzo inútil ante lo evidente; pero suficiente para que ninguno de los dos ceda y no se logre un acuerdo. El motociclista acelera en un último estruendo y cruza velozmente por la segunda calle de la zona 1 en busca de otra persona con quien sea más fácil negociar unas horas de sexo por dinero.

Ella, “una chica trans”, se queda. Permanece a la espera del próximo piropo que rompa el hielo de una nueva negociación o de un insulto que le recuerde que la tolerancia a su orientación sexual no es una  característica en el país en el que se encuentra.

A pesar de eso, de los insultos y la intolerancia, Guatemala ese ha convertido en la  última opción para algunas mujeres transgénero. Es el destino de varios miembros de esta comunidad de Centroamérica y, especialmente, de personas provenientes de Honduras, como parte de un movimiento migratorio reciente.

Si bien no existe un registro exacto sobre la cantidad de mujeres transgénero hondureñas radicadas en Guatemala, la Organización Trans Reinas de la Noche (Otrans-RN) lleva un control mediante el servicio de clínica que brindan a las personas con esta identidad de género: entre el 1 de enero y el 2 de septiembre de este año, han atendido 641 mujeres trans, de ellas 167 son extranjeras y 56 provienen de Honduras. Ante las dificultades que enfrentan para encontrar trabajo durante el día, al igual que muchas otras mujeres transgénero guatemaltecas, ellas ejercen la prostitución durante la noche en la zona 1. Los territorios están bien delimitados. “A las hondureñas las encuentra cerca de la Cruz Roja”, explican sus colegas en otras esquinas del Centro Histórico. “Allí hay bastantes”, agregan otras. Es verdad. La mayoría  hondureñas, aunque no todas, se ubican entre 8 y 10 avenida, entre 5 y 2 calle.

Ellas parecen estar conformes con la ubicación que les corresponde en la zona 1, al menos no hay quejas al respecto. Según Dayana, hay libertad de estar en cualquier lado, pero a ella casi siempre se le encuentra en la misma esquina.

Dayana, hondureña transgénero de 20 años, que se para en una esquina de la 8 avenida con una peluca castaña, lentes de contacto verde claro, tacones y falda que apenas llega debajo de la cintura. Es amable con quienes se le acercan y dice llevarse bien con todo el mundo, incluso con muchas de sus compañeras de calle, a pesar de que prefiere no salir de fiesta con la mayoría de ellas porque algunas pueden ser “un poco problemáticas”.

Dayana salió de Honduras hace cinco años, a pesar de tener una suerte que no tiene la mayoría de personas transgénero, especialmente en su país de origen: contar con el apoyo de su familia. Su principal motivo fue escapar de las condiciones de discriminación a las que se enfrentaba.

Fue una amiga quien la convenció de migrar a Guatemala. Su salida, admite, no fue sólo por cuestiones de seguridad, sino también por una cuestión económica. “La moneda es mejor acá y alcanza para más con lo del trabajo”, indica.

Su fuente de ingresos es lo que obtiene de la prostitución, pero le parece una cantidad suficiente para sobrevivir y no necesita buscar otro trabajo durante del día. Con eso le alcanza para pagar el alquiler de una casa en la zona 2 que comparte con otras mujeres transgénero, entre ellas una compatriota suya.

Se considera una persona afortunada, pues aunque Guatemala tampoco le ha ofrecido una integración total a la sociedad, no ha tenido que enfrentarse a la violencia como la que la amenazaba antes de partir. “Gracias a Dios, acá he podido cumplir con mis metas”, dice.

Y en cuanto al hecho de tener que vestirse como hombre durante el día: “Pues ya me acostumbré”, confiesa.

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