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La Semana Santa: los modos del poder y la naturaleza humana

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Ivonne Acuña Murillo / @Revolucion3_0

(15 de abril, 2014).- Año tras año se recuerdan y escenifican durante la llamada Semana Santa los días previos, la crucifixión de Jesucristo y los días posteriores a ésta. No faltan las películas ya clásicas como Ben Hur, El manto sagrado y otras más recientes como la polémica película dirigida por Mel Gibson y protagonizada por Jim Caviezel, La pasión de Cristo, que de acuerdo con testimonios del Nuevo Testamento y los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan muestran el cuerpo de Cristo con la evidencia de las múltiples heridas que le fueron infligidas por sus captores y que contrastan con las versiones anteriores en las cuales Jesús aparece con unas cuantas manchas de sangre en partes concretas del cuerpo y que no representan de manera creíble el terrible castigo a que fue sometido.

Por supuesto, sin un cuerpo que analizar, la única evidencia histórica de estos sucesos se restringe a los dichos de quienes presenciaron tales hechos; sin embargo, el hiperrealismo de dicha proyección lleva a cuestionarse por las razones profundas que llevaron a un grupo de personas a cometer semejante crimen y a preguntarse cuánto ha cambiado el género humano desde entonces.

Así planteado no está de más aclarar que la intención de este texto no es entrar en las interpretaciones religiosas dadas a tales eventos ni poner en duda lo ocurrido hace más de 2000 mil años ni ofrecer nuevas versiones, sino analizar desde el punto de vista socio-político dos de los eventos que, de acuerdo con la tradición, acompañaron estos hechos: la actuación de las autoridades romanas y la respuesta del pueblo judío.

En el primer caso, cabe preguntarse por qué si Poncio Pilatos, quinto prefecto de la provincia romana de Judea, entre los años 26 y 36 d.C., dudaba de la culpabilidad del prisionero permitió que se le castigara con mucho mayor rigor que a otros condenados. Las respuestas pueden ser varias, la más simple sería que una vez entregado a los centuriones se desentendió del proceso y dejo a éstos “jugar” con el preso y convertirlo en víctima de sus burlas y crueldad; otra más compleja, lleva a pensar en los días previos en los que Jesús llevó a cabo una serie de acciones que cuestionaron de raíz no sólo la autoridad romana sino la judía en relación al ejercicio del poder político y el poder religioso.

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Cierto es que Jesús no fue ni el primero ni el último de los “mesías” que por esos años se presentaron ofreciendo al pueblo oprimido una mejor vida, terrenal o divina; sin embargo, si fue, hasta donde sabemos, el que mejor pudo articular un discurso en el que rechazaba las diversas divisiones sociales, impuestas unas por los romanos y otras por los propios sacerdotes judíos y de acuerdo con las cuales unos sujetos eran más dignos que otros, lo que les daba el derecho de abusar de aquellos sin un posición privilegiada.

Visto así, su “pecado” fue cuestionar de raíz un orden social instituido desde arriba y que debía ser aceptado por todos. Si optamos por esta postura la conclusión lógica sería suponer que su castigo estaba en relación con el sostenimiento del poder ejercido por los romanos y que no se derivó únicamente de la decisión del pueblo judío, manipulado por los sacerdotes del Templo, sino de una política previa encaminada a destruir cualquier tipo de insurrección y a dar al pueblo una lección ejemplar, de ahí que él no fue el primero ni el último en ser crucificado.

Una segunda hipótesis llevaría a pensar que los sacerdotes judíos vieron en riesgo sus privilegios y convencieron a los romanos para que lo quitaran del camino. Ambas hipótesis han sido presentadas con anterioridad. Una más, nos habla de la complicidad de dos poderes, el político y el religioso, para defender un statu quo que a ambos beneficiaba. La crucifixión de Jesús de Nazaret impidió, al menos temporalmente, la materialización de un discurso a todas luces subversivo.

Nada hay de extraordinario en eso, el argumento anterior lleva a pensar que a lo largo de la historia cambian los modos a partir de los cuales quienes ejercen el poder se “deshacen” de aquellas personas que se atreven a poner en peligro tal ejercicio, pero no la intención última de hacerlo, por lo que puede afirmarse que en eso la “naturaleza humana” no ha cambiado.

En cuanto al pueblo judío, se puede pensar como dividido entre quienes seguían a Jesús y quienes se dejaron manipular para pedir su muerte. Nada hay de nuevo tampoco en eso. Los que lo apoyaron no tuvieron en ese momento ni la fuerza ni el valor para enfrentar a la autoridad romana y los que lo rechazaron no perdieron oportunidad para sumarse a sus verdugos y en su camino al Gólgota injuriarlo y agredirlo.

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La actualidad de tales actitudes es pasmosa, seguimos observando la pasividad de aquellos que dicen no estar de acuerdo con algún tipo de política gubernamental y/o religiosa y se dejan manipular a la hora de culpar a alguien de sus propios males o que se suman al castigo injusto con tal de alejar la atención sobre sí mismos o peor aún, que siguen la tradición a ciegas sin cuestionarla nunca. A esto se suma el activismo de quienes, como el Jesús histórico, no dudan en sacrificar su seguridad y su vida para luchar en contra de aquello que juzgan injusto.

Más de dos milenios después de la muerte de Jesús, la tortura, la muerte y desaparición de opositores siguen siendo una constante, así como la respuesta humana a tales hechos: el sacrificio de algunos y el miedo y la complicidad de otros. De nuevo, la naturaleza humana no ha cambiado, se ha sofisticado, se ha refinado, se ha tecnificado, pero en el fondo sigue presentando las mismas tendencias.

Pero no es eso lo único vigente, la posición de Jesús en torno a los “otros” impuros,  los “otros” pobres, los “otros” excluidos, las “otras” pecadoras, las “otras” subordinadas ha cobrado, desde la segunda parte del siglo XX hasta nuestros días, una notoria importancia, misma que se refleja en el reconocimiento de una serie de derechos humanos, entre ellos el derecho a la diferencia.

Más aún, las enseñanzas de Jesús y su decisión de estar al lado de quien sufre, carece, es discriminado, violada, encerrado, abusada, secuestrado, vendida y comprado están presentes en una parte de la Iglesia católica, aquella representada por sacerdotes y obispos que dan voz a “los sin voz” para defender su derecho a la vida y a la dignidad, a la integridad física y moral, a tener y dar a sus familias una forma “humana” de vivir la vida. Tal es el caso de personajes como el Obispo Raúl Vera, los padres Alejandro Solalinde, Pedro Pantoja, Gregorio López, Mario Campos Hernández, Fray Tomás González y muchos más que seguramente escapan a quien esto escribe.

Del otro lado, se encuentra, “de nuevo”, la Iglesia que se sitúa, como los sacerdotes del Templo, junto a aquellos que detentan ya el poder político, ya el poder económico. Estos serán los temas de la próxima colaboración para no dejar pasar la Semana Santa sin una reflexión necesaria.20120326-200744_pasion_iztapalapa_cuartoscuro

Fotos: ciudadanosenred.com.mx / Telesur

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