A finales del año pasado se publicó el Informe Sobre la Desigualdad Global 2022, como resultado del esfuerzo de decenas de investigadores especializados en el tema (www.wid.world/team ). Con los datos que la publicación nos presenta, se demuestra una vez más que, en los años de auge neoliberal, la riqueza producida se concentró en manos privadas. Concretamente en los milmillonarios que representan menos el 1% de la población mundial, pero que acaparan el 38% de toda la riqueza adicional acumulada desde mediados de la década de los 90. En contraste con el 50 por ciento de la población con menos ingresos que apenas se han hecho del 2%.
Lo escandaloso de estas cifras nos lleva pensar en los mitos que han rodeado la idea de riqueza en nuestro tiempo. ¿Quién puede seguir asociando esta condición con actitudes de sacrificio ante la vida? Con leyendas que dictan que si te levantas a las 4:00 am para comenzar labores productivas, y ahorras -como si dentro de tus bolsillos hubiese cocodrilos encargados de evitar sacar más monedas de las necesarias-, y escatimas en la comida de los gatos -o mejor aún, no tienes mascotas-, en pocos años llegarás a figurar en las altas esferas económicas. Eso y la concepción de riqueza como signo inequívoco de cierta predilección divina, resultan lo mismo.
De ahí que en estos días nos diéramos a la tarea de reflexionar sobre el concepto de riqueza con el mínimo de rigor que la tarea demanda. Recordando que la economía como ciencia (la Economía Política), surge con los cambios sociales e ideológicos que marcaron un momento histórico de transición: del feudalismo al capitalismo industrial. Momento que colocó a Adam Smith a la cabeza de la disolución teórica de los argumentos elaborados en defensa de la propiedad feudal propuestos por los fisiócratas, al punto de hacerlo merecedor del título de padre de la economía moderna. Aunque su principal aporte haya sido el de concebir al trabajo (en su concepción más abstracta) como la actividad creadora de riqueza. Superando de esta forma, el planteamiento fisiócrata que concebía al trabajo agrícola como el único productivo, permitiendo así la incorporación del trabajo manufacturero y del trabajo comercial a las actividades generadoras de riqueza. Gracias a lo cual, unas décadas después, Carlos Marx con su Crítica de la Economía Política explicará que, con esa universalidad abstracta de la actividad creadora de la riqueza, se da al mismo tiempo la universalidad del objeto determinado como riqueza, como producto en general. Eliminando todo margen de duda de que el trabajo humano es la única fuente de riqueza. Riqueza entendida como producto, como producto neto, según lo propuesto por Smith.
Lo interesante ahora es que, dado la variedad de trabajo intangible y no cuantificado en las metodologías de cálculo de la producción, estamos frente a la necesidad de repensar las categorías de trabajo y riqueza, para su necesaria actualización en el siglo XXI. Esto es, comprender su nueva universalidad. Reto que nos llevará a superar las concepciones económicas liberales con las que muchos y muchas nos formamos en esta diciplina, ante la exigencia de desarrollar argumentos económicos-políticos que vayan más allá la propiedad privada, y de la relación salarial como única forma de relación laboral. Considerando la existencia de diferentes tipos de propiedad -tales como la estatal, la social, la cooperativa y la comunitaria-, y las relaciones sociales de producción específicas que de cada una de ellas se desprenden. Aunque con la característica en común de que el trabajo humano sigue siendo la base de la reproducción social, en tanto actividad transformadora de la naturaleza y generadora de satisfactores.
Dicho lo cual, el reciente informe sobre desigualdad nos lleva a recordar que el origen del fenómeno se encuentra en las relaciones sociales de producción de tipo capitalista, que permiten que el excedente económico -la producción que resulta una vez cubiertos los recursos del siguiente ciclo productivo- sea legalmente apropiado por privados. Por lo que, la tendencia a producir hombres cada vez más ricos, a costa de hombres cada vez más pobres, seguirá hasta que no se establezcan relaciones sociales de producción en las que el excedente recobre el sentido de lo común.


