No obstante los gravísimos problemas económicos y sociales que enfrenta el país, lo más preocupante no es eso sino la firmeza con la que el grupo en el poder pretende seguir desgobernando a la nación, y más aún que las clase medias no asuman su compromiso de poner un freno a la depredación de las élites, a sabiendas de que de seguir el rumbo que llevamos los más afectados serán los medianos y pequeños emprendedores. La masa empobrecida y humillada, por sí sola no va a reaccionar en defensa de sus derechos conculcados, porque ya se acostumbró a sobrevivir en condiciones lamentables.
Es obvio que los órganos electorales están al servicio del grupo en el poder, del mismo modo que lo está el secretario de la Función Pública, Virgilio Andrade. Tal modo de ejercer el mando de las instituciones del Estado, sólo está abonando a la complicación extrema de una realidad muy dramática que afectará aún más a la sociedad mayoritaria, la cual se verá en la disyuntiva de sacudirse el temor al compromiso con la patria, o aceptar con los brazos cruzados que las élites concluyan su plan de hacer de México una sucursal del infierno.
Ha quedado plenamente demostrado quiénes son los enemigos de los mexicanos. En cinco sexenios los tecnócratas neoporfiristas destrozaron al país, acabaron con las posibilidades de que continuara la movilidad social que fue la mejor contribución del régimen de la Revolución Mexicana. Se puso freno al crecimiento del Producto Interno Bruto de una manera brutal, con el fin perverso de apuntalar la especulación financiera y la monopolización de los principales sectores de la economía. Ahora, con absoluto cinismo y total falta de respeto a los ciudadanos, pretenden concluir el proyecto impuesto desde Washington.
En la actualidad, México es el país de América Latina más afectado por las políticas públicas antidemocráticas vigentes desde hace más de tres décadas. Así lo estima la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), al señalar que el aumento de la desigualdad restó al país 10 puntos porcentuales en los últimos diez años. Por esta situación desfavorable, considera que las reformas estructurales no podrán ser cabalmente aprovechadas.
Sin embargo, la alta burocracia sigue con su cantaleta de que “vamos por el rumbo correcto”, y sin ningún rubor, Luis Videgaray, secretario de Hacienda, afirma que la economía “está creciendo más que el año pasado, más que el resto de las economías de América Latina”. A sabiendas de que miente, no tiene empacho en decir que “está creciendo el empleo, están creciendo los salarios reales, y algo muy importante, tenemos la inflación más baja en décadas”. ¿Hay alguien, aparte de la cúpula oligárquica, que crea semejantes falsedades?
Tal cinismo sólo es explicable por el desprecio que la burocracia dorada le tiene a las clases mayoritarias, a las que pretende seguir pisoteando sin importar las consecuencias. La realidad es que nunca como en la actualidad México ha enfrentado una situación tan compleja, tan calamitosa para el futuro del país. Esto no le importa a un gobierno que no tiene un mínimo compromiso con el país. Su tarea es concluir un proceso depredador y entreguista que se inició en 1983, y está dispuesta a lograrlo para irse al extranjero con los bolsillos llenos, tal como lo hicieron los principales hacendados que fueron beneficiados por el régimen dictatorial de Porfirio Díaz.
Sin embargo, se mira muy difícil que logren su objetivo tal como lo tienen planeado, porque han sido demasiados los abusos no sólo contra los asalariados, sino contra las clases medias, las cuales han visto reducirse sus expectativas de un mejor futuro de una manera impensable hace apenas dos sexenios, cuando al PAN se le dio la oportunidad de impulsar un cambio positivo y lo único que hizo fue defraudar la confianza del electorado, en el sexenio de Vicente Fox, por lo que en el 2006 se vio obligado a cometer un fraude electoral escandaloso, “haiga sido como haiga sido”, como aceptó cínicamente Felipe Calderón.
Por eso no es difícil pronosticar que para el año 2018 estarán dadas las condiciones para un cambio verdadero, una vez que las clases medias asuman su responsabilidad de velar por el futuro de sus hijos, que sólo está garantizado en la derrota definitiva de un régimen depredador, entreguista y proclive al fascismo.

