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Albañiles en México: construir casas, vivir en chozas

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(02 de mayo, 2014).- De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en nuestro país viven 2 millones 419 mil 203 personas que tienen como medio de vida la albañilería. Es decir, que casi el 5 por ciento de toda la población económicamente activa de nuestro país está constituida por estos obreros de la construcción que viven, en su abrumadora mayoría, en condiciones de pobreza.

Aunque muchos de esos dos millones de albañiles trabajan construyendo magníficas obras por las que sus ocupantes –residenciales o corporativos– pagan auténticas fortunas, esta bonanza no llega a quienes la hacen posible. 74 por ciento de los albañiles recibe por su trabajo tres o menos salarios mínimos al mes, equivalentes actualmente a  63.77 o 67.29 pesos diarios, dependiendo de la zona del país. 6 de cada 10 albañiles tienen familia que depende económicamente de ellos, y deben solventar sus necesidades con esos ingresos.

En México, el albañil se convirtió en un personaje urbano marginado y estereotipado, como sucede con los operadores de transporte público de pasajeros, con –microbuseros– o sin –taxistas– itinerario fijo. Por supuesto, en el imaginario social su rasgo más destacado es el de impertinente: el hombre que importuna a cuanta mujer se ponga al alcance de la obra en construcción con un repertorio de ingeniosidades que no siempre se entienden pero siempre ofenden a la población femenina.

Su fuerza es el  número, su castillo es La Obra. Un albañil que viaja solo en el Metro no importuna a nadie. Por la mañana va todavía medio dormido y por la noche lleva la cabeza agachada, extenuado por la jornada. Además, el albañil que construye las grandes obras del corazón financiero o político de la ciudad, habita en las afueras de las afueras, sus recorridos para ir a la obra y volver a casa son verdaderas excursiones. Pero durante las ocho –o nueve, o diez– horas que pasa en la obra, el albañil es los albañiles. Trabajan duro, bromean y, por supuesto, importunan a las damas al unísono; la perfecta coordinación que de ellos exige la obra los convierte en diferentes partes de un mismo cuerpo.

Pero el obrero de la construcción, sin salir de la marginalidad, entró en el universo de la inmortalidad literaria hace medio siglo, cuando Vicente Leñero publicó Los Albañiles, obra que es ya un clásico de las letras mexicanas porque cada generación lo ha retomado y ha encontrado en él no sólo un reflejo vivo de este sector de la sociedad, sino una representación de la sociedad toda. Los personajes que Leñero pone en conflicto en Los Albañiles son trasposiciones de los actores que conforman la sociedad mexicana, de su época y también de la nuestra.

Los albañiles que trabajan en la novela de Leñero son los mismos que trabajan en las obras que transforman incesantemente la Ciudad de México. Los albañiles de Leñero son campesinos que dejaron sus pueblos para trabajar en la ciudad. Cincuenta años después, el INEGI dice que 9 de cada 100 albañiles hablan una lengua indígena, en este país en que ser “campesino” y ser “indígena” se hallan tan imbricados que durante décadas las políticas oficiales ignoraron la existencia de culturas indígenas, clasificando a todos sus miembros como “campesinos”.

Leñero no idealiza a los albañiles, sus caracteres son descritos con crudeza. Tienen una ética y una moralidad propias que difieren de las del mundo “moderno” del cual están rodeados pero no pueden –¿ni quieren?– formar parte. En su universo, la solidaridad de clase es un valor más importante que el respeto a las leyes que hicieron hombres de los que ellos nada saben. Por eso ninguno encuentra censurable el robo de los materiales de la obra para destinarlos a la construcción de la casa de uno de ellos. ¿Cómo van a verlo mal si, en este 2014, 3 de cada 10 albañiles viven bajo un techo de lámina, sea metálica o de asbesto? ¿Cómo darle más valor a las leyes que a la autoayuda cuando, en promedio, sólo llegaron a primer año de secundaria?

La terrible actualidad de la obra de Leñero, que podría sostenerse sin más respaldo que sus méritos literarios, pone al descubierto la persistencia de una realidad social generadora de dramas que sólo deberían existir entre las páginas de un libro.

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