spot_img

Mercado, fascismo y vigilancia: el otro virus de la pandemia

- Anuncio -

Novak Djokovic, el tenista número 1 del mundo, ha sido deportado de Australia y no participará en el primer torneo de Grand Slam de 2022 para defender el título que ganó el año pasado por novena vez.  Se veía venir. No iban a permitir que se dijera que lo habían favorecido por tratarse de uno de los grandes campeones deportivos de todos los tiempos en contraste con lo sucedido con otras situaciones parecidas que no alcanzaron la misma resonancia.  Así, por ejemplo, el joven tenista indio Aman Dahiya, de 17 años, quien recibió meses atrás la invitación del propio Abierto de Australia para disputar el torneo, pero al que se le negó finalmente la participación en el mismo al no estar vacunado. Su caso no responde a la decisión personal de Dahiya de no vacunarse, como sí acontece con Djokovic, sino que en su país, en ese momento, no estaba permitida la vacunación a menores por lo que era imposible para él recibir la dosis. O Natalia Vikhlyantseva, tenista rusa de 24 años, quien directamente fue rechazada desde el primer momento. La jugadora sí está vacunada, pero con las dosis de Sputnik, vacuna que no es reconocida en Australia, por lo que no ha podido entrar en el país y se pierde así la primera cita importante del año. Por su parte, la tenista checa Renata Voracova, de 38 años, no está vacunada por motivos de salud, aunque asegura que quiere vacunarse más adelante. Ella también recibió una exención médica y pudo entrar en el país, incluso saltar a la pista para disputar un partido de dobles del Gippsland Trophy. Sin embargo, recibió la orden de ser deportada.

Cuatro razones personales distintas, cuatro decisiones gubernamentales de conformidad con la ley australiana, pero con un tufo muy agrio para una gran parte de la opinión pública mundial a la que no se puede descartar en su totalidad con descalificativos como “irresponsables” o “egoístas”. Como sea, estos tenistas gozan de un nivel económico que les permite mandar, hasta cierto punto, sobre su propia situación. Pero, ¿qué hay de los millones de seres humanos que dependen de su trabajo para sobrevivir cada día y que por múltiples razones no pueden o no quieren vacunarse? Para ellos no será tan fácil abandonar su modo de subsistencia como un atleta profesional y cotizado abandona una cancha de tenis.  Por otro lado, una de las razones que alegaron para deportar a Djokovic fue que no se convirtiera en ejemplo para los antivacunas. Vaya tontería. Esta decisión sólo favorecerá que se endurezca su posición al considerar injusta su salida. 

Alemania, Austria, Bélgica, Francia, Italia, Países Bajos, Portugal se han visto inundados de protestas contra la vacunación impuesta y el pasaporte covid que los gobiernos europeos están imponiendo. Se dice que la extrema derecha es la que ha alentado estas manifestaciones. Que cada vez es más difícil diferenciar entre esta posición ideológica y los movimientos antivacunas. Puede ser. Lamentablemente las decisiones gubernamentales adoptadas no pueden defenderse a ultranza.  El autoritarismo con el que han sido implementadas, pese a la incertidumbre científica que ha imperado desde el principio de la pandemia, no ha evitado la propagación de los contagios. Desde el cierre de fronteras, los toques de queda, la aplicación imperativa de pruebas, el arresto por usar cubrebocas y ahora la vacunación forzosa de una, dos, tres o n número de dosis no han eliminado el virus ni sus mutaciones. Ni lo harán. Así es el comportamiento de las pandemias. Varios virólogos lo señalaron desde el primer brote. Todo ha sido una cuestión de prueba y error, incluyendo las mismas vacunas (que algunos consideran más bien terapias médicas o reforzadores inmunológicos porque no detienen los contagios, sólo evitan que se agraven los infectados y, por lo tanto, apelar a la falta de empatía o responsabilidad social de quienes no quieren vacunarse resulta excesivo). Existen estudios en distintos sentidos que se contradicen. No hay certezas. Vale la pena mencionar aquí el sugerente caso de Israel, país que adoptó mecanismos obligatorios y que varios tomaron como ejemplo de la “mano dura que se necesita” para evitar la propagación de la infección, pero que, ahora, al ver que los contagios no han cedido, está valorando eliminar restricciones y optar por el contagio masivo para alcanzar la inmunidad de rebaño. Dos años de lucha contra la pandemia durante los cuales se han diseñado estrategias que se desechan después, se han cometido errores, se han albergado nuevas dudas y se han dado pasos hacia adelante y pasos hacia atrás. Y, sin embargo, el acoso mediático-cientificista (que no científico), la manipulación del miedo natural de los seres humanos por parte de la oposición para golpear a los gobiernos en turno y el afán incesante de los grandes ganadores de la pandemia (porque está más que documentado que los hay: todos los que obtuvieron cuantiosos beneficios no son producto de una mente imaginativa ni de ninguna conspiración delirante) para que esta contingencia sanitaria no termine nunca, están dando sus frutos: poner a todos contra todos y culpar a quienes no usan cubrebocas, a quienes no se quieren vacunar por múltiples motivos o se aplicaron una vacuna cuyo origen no conviene comercialmente a las farmacéuticas occidentales o a quienes consideran que las vacunas deben estar disponibles para todos los que las deseen sin necesidad de patentes y sin obligar a nadie. Así, la responsabilidad se desvía y se deja indemne a ese modelo neoliberal, a ese depredador sistema capitalista que lo privatiza todo y al que sólo le importa la tasa de ganancia y que deterioró a tal grado el sistema de salud pública que la aparición de un nuevo virus tomó muy mal parados, incluso a los países del llamado primer mundo. 

No es sensato ni conveniente descartar la posibilidad de elementos fascistas potenciales en este fenómeno que estamos viviendo. Tachar de negacionista o antivacunas a todo aquel que intenta alejarse un poco y observar a distancia las soluciones que se pretenden imponer sobre los cuerpos de las personas, pese a la incertidumbre que aún reina en el ámbito científico, es el caldo de cultivo perfecto para que los grandes ganadores de esta pandemia se salgan con la suya y sigamos viviendo muertos de miedo y zozobra, para que se hagan cada vez más y más ricos – a costa del bienestar físico y la salud mental de la gente-  quienes apuestan a un sistema de control cada vez más invasivo, a un capitalismo de vigilancia (como lo llama la socióloga Shoshana Zuboffen en su libro La era del capitalismo de la vigilancia) donde, gracias al confinamiento, a la virtualidad, a la utilización de aplicaciones informáticas, al metaverso, nos extraigan información valiosísima que aprovechen para hacernos más dependientes mientras ellos son materialmente más libres. 

Quiero dejarlo muy claro: no soy ni antivacunas ni negacionista de la pandemia. 

Simplemente quiero destacar que en este panorama donde a los gobernantes, dada la enorme tarea y responsabilidad que implica la salud de poblaciones compuestas de millones de habitantes, no les quedó de otra más que someterse, en mayor o menor medida, a los dictados de las erráticas autoridades mundiales de salud y a los chantajes de los irresponsablemente impunes medios de comunicación (otro de los grandes ganadores de la pandemia), es de llamar la atención la moderación, la firmeza, el sentido social, el respeto a los derechos humanos de los que hizo gala el presidente de México desde el comienzo de la pandemia: expansión agilizada de la capacidad hospitalaria deteriorada a niveles criminales durante los sexenios pripanistas; información diaria sobre el curso de la pandemia, las medidas adoptadas y las recomendaciones preventivas; designación de especialistas al mando; búsqueda y obtención de vacunas; aplicación gratuita de vacunas a toda la población iniciando con los más vulnerables. 

Y todo ello privilegiando desde el principio la máxima: “nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho”.  Esta, tal vez, ha sido la causa de que el número de personas que se han vacunado voluntariamente haya sido mucho mayor que en otros países. Sin necesidad de autoritarismos ni de fascismos, Andrés Manuel López Obrador se ha erigido como ejemplo mundial de un mandatario con amplia vocación democrática que ha atendido y cuidado responsablemente a su pueblo en una situación novedosa y crítica, sin generación de pánico innecesario, con respeto absoluto a los derechos humanos y considerando la situación económico-social de la mayoría de los mexicanos. Sus principios que lo han guiado desde siempre impidieron que se sometiera a las exigencias de la derecha y sus medios de comunicación que privilegiaron y siguen privilegiando las medidas más autoritarias en nombre de la “ciencia”, pero en la voz de personas que de científicas no tienen nada (basta ver cómo en esta etapa de la pandemia contabilizan contagios como antes contabilizaban fallecimientos y les dan el mismo tratamiento escandaloso).  De igual manera, tampoco escuchó a sus simpatizantes más aprensivos que también le pedían implementar políticas severas semejantes a las utilizadas en otras naciones y que fueron ampliamente difundidas a pesar de las diferencias tan grandes en su contexto, en sus recursos, en su idiosincrasia y que, a la larga, no obtuvieron los resultados que prometían. 

En El páramo, película de terror española de 2021, hay una alegoría de lo sucedido en esta pandemia: no importa cuánto te aísles, cuánto te encierres, cuánto te alejes de tus semejantes pare evitar la violencia o la maldad, siempre te acaba alcanzando, por más que te escondas. Porque de eso está hecha la vida: de lo bueno, pero también de lo malo.  Y el miedo, el pánico alimentan el horror. Paralizan. Obnubilan. Impiden enfrentarlo con los ojos abiertos y, por ende, impiden tener cuidado, ser responsables y ejercer la razón.

- Anuncio -spot_img

MÁS RECIENTE

NO DEJES DE LEER