“México, ¿país en movimiento?”

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Por: Ivonne Acuña Murillo

“México, país en movimiento”, es la frase con la que la administración actual pretende darle un tinte específico a su forma de gobierno afirmando, en voz del mismo Enrique Peña Nieto, que las reformas estructurales que “los mexicanos nos hemos dado” pondrán al país en el camino correcto.

             Esta idea es soportada por una serie de spots en los que la reforma energética, en particular, es explicada por gente “del pueblo” que en “sus propias” palabras habla de las ventajas que ésta traerá, como la creación de empleos (por supuesto no se dice cuántos y con qué rango de salarios y temporalidad), el abaratamiento de la luz y los energéticos (no se dice para cuándo),  la producción de gas y la explotación de las reservas petroleras (no se dice realmente en favor de quién).

                Se utilizan frases sencillas e ideas simples encaminadas a contagiar la seguridad y el optimismo que expresan los protagonistas de dichos spots y a disipar las dudas sembradas por quienes no comparten la visión de país que el grupo en el poder pretende venderle a la población.

                Pero si ya las reformas fueron aprobadas y parece improbable que se realice una consulta en torno a la reforma energética en 2015 ¿Qué sentido tiene seguir posicionando en los medios las bondades de la reformas, en especial de la energética? ¿Qué sentido tiene tratar de persuadir a la gente de que las reformas marcan el camino correcto?

                Una respuesta fácil a estas preguntas sería que en toda democracia quien gobierna tiene la obligación de informar a sus gobernados en torno a sus logros, avances y retrocesos. Pero, si se piensa un poco más, se puede pensar que el gobierno trata de ganar tiempo con la conciencia clara de que ninguna de las reformas que ha promovido, educativa, fiscal, financiera, energética, política, dará frutos en el corto o mediano plazo. Buscando más profundo, se podría pensar que busca restar eficacia a los argumentos que advierten que el fin último de dichas reformas no es el mejoramiento de la población en general, sino llevar a sus últimas consecuencias el proyecto económico-político de las élites nacionales y mundiales que ven en la ganancia su único y superior objetivo.

                A simple vista, entonces, pareciera que ese “movimiento” del que se habla fuera preponderantemente económico y que los demás temas cruciales como el narcotráfico, la inseguridad, la violencia, la delincuencia desatada, la desintegración del tejido social, los bajos niveles de educación, el desempleo, la misma participación política fueran asuntos secundarios.

                 De hecho, desde el inicio de esta administración se buscó cambiar el eje de la acción gubernamental, pasando  a segundo término, al menos en el discurso, la guerra que Felipe Calderón Hinojosa le declarara al narcotráfico. Se buscó incluso cambiar la percepción de la gente en relación a los asesinatos, las desapariciones, los levantones, la presencia del narco y la delincuencia organizada en gran parte del territorio nacional, el surgimiento de los grupos de autodefensa, ya en 11 estados de la República, ante la falta de seguridad pública y ante la necesidad de la misma población de defenderse de los terribles abusos de que son objeto por parte del narco y de la delincuencia organizada, sin que al parecer haya autoridades competentes y suficientes para protegerla.

                Sin embargo, los ecos de los problemas por los que atraviesa México son tan altos que no basta con cambiar la percepción de los mismos para acallar las evidencias que desbordan todo intento de presentar un escenario diferente.

                Esto lleva a preguntarse de nuevo ¿movimiento hacia dónde? Para responder esta pregunta no basta con analizar el proyecto de gobierno ni las acciones de la actual administración, ni de las pasadas o las que vendrán. El problema es mucho más complejo que la simple voluntad de un gobernante y no puede reducirse a lo que de manera abierta declara como sus objetivos y buenos deseos, ni siquiera incluso a sus intenciones no declaradas y los compromisos adquiridos con los grupos de poder que lo ayudaron a llegar a la presidencia, “haiga sido como haiga sido”.

                Hay que tomar en consideración aquellas fuerzas que salen de su control y que una vez desatadas pueden llevar al país por caminos no pensados ni deseados; los compromisos hechos entre otros actores de la escena nacional como gobernadores, medios de comunicación masiva, narcos, empresarios, Iglesias, partidos políticos, etcétera, y de éstos con las élites internacionales, y en los que no necesariamente se le ha incluido o incluirá; los problemas reales que día a día enfrenta gran parte de la población como la precarización de las condiciones laborales, el desempleo, la pérdida real de poder adquisitivo del salario, el alza de impuestos, la falta de oportunidades de desarrollo personal, familiar, social, los asaltos, secuestros, asesinatos, la explotación sexual o laboral forzada, la desaparición de mujeres, niñas, niños y hombres jóvenes y una larga lista de etcéteras que imponen a la gente necesidades que van más allá de una vida “tranquila y hogareña”; los proyectos que fuera del país cocinan los grandes corporativos y en los que los gobernantes de los distintas naciones, estados y alcandías no son más que piezas en un tablero de ajedrez, listas para ser movidas cuando la jugada lo requiera.

                En este contexto, adquiere otra dimensión la misma pregunta ¿hacia dónde se mueve México? La respuesta es incierta, pero todo pareciera indicar que lo que pasa en este país no se resolverá positivamente ni en el corto ni mediano plazo. Pero aún, parece ser sólo una muestra de lo que le espera al mundo entero si las condiciones que han generado este caos no se modifican.

                Es imposible ser optimista y pensar de otra manera cuando se reúnen los elementos que escapan a la reflexión de quien no cuenta con la información suficiente para comprender que lo que pasa en México -donde la gran corrupción política lo magnifica todo- y el mundo no es producto de la casualidad, ni resultado de las crisis económicas surgidas por generación espontánea, ni culpa de la pérdida de valores por parte de la población mundial, ni mala suerte, ni es una prueba que Dios nos impone para una vez superada transitar a una etapa mejor.

                Los problemas por los que pasan México y el mundo son consecuencia de una serie de factores en cuyo centro se encuentra un modelo económico depredador -el capitalismo en su fase más reciente y brutal- que impone su lógica sobre todos los esquemas de valores conocidos hasta hoy. El poder, la ganancia y el dinero se convierten en los valores únicos a partir de los cuales se rige y tasa toda la vida en el planeta. Éste, los animales y los humanos se convierten en una mercancía susceptible de ser vendida, comprada, traficada. La población mundial acaba dividida en dos bandos: de un lado se encuentran los depredadores (los menos) y del otro las víctimas (la mayoría).

Desaparecen los puntos intermedios, sólo queda decidir, cuando hay posibilidad de hacerlo, de qué lado se quiere estar. Pocas víctimas, en comparación con las masas desmovilizadas, han tomado ya la decisión de dejar de serlo y tratan de enfrentar el enorme poder que tienen los depredadores y los gobiernos que los apoyan, ¡menudo reto!

                La ambición de un pequeñísimo grupo de personas, dispuestas a sacrificarlo todo con tal de aumentar sus privilegios y la riqueza que han logrado acumular en las últimas décadas, pone a todo el planeta al borde de una crisis de grandes magnitudes -nunca vista antes a lo largo de la historia de la humanidad- ya humanitaria, ya económica, ya política, ya cultural, ya ecológica.

                Así que de nuevo ¿Hacia dónde se mueve México? ¿Puede y quiere el gobierno mexicano lidiar con todo eso? ¿Está dispuesto a pasarse del lado de las víctimas y dejar de estar de lado de los depredadores? ¿Continuará favoreciendo los intereses de esa pequeña minoría y los suyos propios sobre los intereses de la mayoría? ¿Está dispuesto a pagar el alto costo social y político que supone el continuar con un proyecto que violenta la vida en sociedad, destruye el tejido social, enfrenta a las personas, alimenta la delincuencia y la depredación, carcome la solidaridad y lleva la vida humana al límite?

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