(13 de diciembre, 2013).- Transcurrieron varios días de puro peregrinar, rezo y rezo, llanto y llanto; primero del sureste al noreste, y luego, del noreste a la capital mexicana. Entonces la Caravana de Madres Centroamericanas en Busca de sus Hijos Desaparecidos, había sumado poco más de 2 mil kilómetros en su recorrido por el territorio nacional.
Fue en la mitad del trajín cuando llegaron a las inmediaciones de Palacio Nacional, así, sin tocar las puertas de la ley ni pedir licencias.
‒Señores, queremos justicia ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¡Ahora! ¡Ahora! ¡Ahora!
Arribaron para seguir un tren de cartón colocado a la periferia de la plaza de la constitución, con las fotografías de sus retoños extraviados. Las mujeres miraron y trataron de conmover a los transeúntes que se escapaban en autobús: “miren señores, denos una pista, si los ven o los conocen, díganles que los estamos esperando”. Tres vueltas fueron suficientes. También les demandaron a las autoridades salir sus oficinas, dar el rostro por lo menos: “Señor presidente, abra esas puertas, queremos a nuestros hijos.” El silencio se impuso minutos después.
Fue entonces, cuando el llanto quebró a varias de ellas. “No lloren, no se me vayas a desmallar”, animaban por el micrófono. María de Jesús Silva, nicaragüense de origen, soltaba lágrimas sin cesar y fue la única que desobedeció al ánimo. No podía contenerlas pese a la presencia de los medios de comunicación.
Recordaba a su hija Jaquelín Silva Girón, raptada con apenas once años de edad en su natal Chinandega. También, por la otra fotografía que colgaba de su pecho, recordaba a su sobrino Humberto Mayorga Silva, perdido hace seis años cuando intentaba rescatarla. De ambos supo, terminaron viniendo a México; ella a la fuerza y él por desesperación. Un tratante de blancas la vendió para ser prostituida en Tapachula, Chiapas; lo supo, por las investigaciones que hizo por su cuenta. A Humberto, es probable, confirma, lo hayan secuestraron cuando emprendió un viaje a México. Antes se salir le prometió a su tía que vendría a rescatarla y llevaría de regreso.
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Desde la fecha en que tomó la fotografía que cuelga sobre el pecho, la de su hija, hay un pasado que no podrá volver y sin embargo, como consuelo, se prende de él con abnegación. Han transcurrido 9 años desde que la tomó, fue la última que esta madre soltera, pudo obtener un retrato así de su pequeña.
En aquellos tiempos Jaquelín se veía aún con su piel lechosa, un rostro infantil y menudito cuerpo posando junto a una cartulina: “Belleza 2004”. En la ciudad de Chinandega, Nicaragua, los concursos de bellezas es un asunto que obsesiona a sus habitantes. Es bastante sabido que las mujeres más guapas de Centroamérica, suelen venir de esa ciudad. Tampoco es difícil advertir que Jaque, como también le llamaban de cariño, estuviera tan obsesionada con las pasarelas de modas. De hecho, a cada momento emulaba ser una modelo y eso lo sabía quién la secuestró.
Unos meses después, cuando el calendario marcaba el 5 de diciembre, acudió en compañía de su hermano a un balneario público a las afueras de la ciudad. Las albercas recibían a decenas de personas que salpicaban el agua por doquier y aventaban pelotas al aire. Juegos. Sol. Horas flotando a la deriva. Todo transcurría tranquilo hasta que el grito de un hombre rompió con la liviandad del día: “¡Ayúdenme, me estoy ahogando!” El hermano de Jaquelín saltó al agua nuevamente; sólo pasaron fracciones de segundo en que le perdió la vista a la niña. Dentro de ella, se acercó velozmente al cuerpo que se movía frenéticamente y tragaba bocanadas de agua, estaba completamente desesperado. Con los dos brazos pudo amarrarlo como pudo. Nadó hasta la orilla y puso a salvo al hombre.
Cuando buscó nuevamente a su hermana, notó que ya no se encontraba en el lugar. Parecía que se la había tragado la tierra. Por horas preguntó, preguntó y preguntó. Nada. Sólo supo después, que, un hombre agarró de ella y se la llevó, así, sin decir nada. Todos estaban muy ocupados con el ahogado.
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A sus cuarenta años, sola, sin dinero y una familia a la cual mantener, María recorrió varios países centroamericanos en búsqueda de su hija. Durante las investigaciones que realizó perdiendo trabajos y castigando el estómago de su familia, juntó una a una las pistas que la llevaron hasta la difusa presencia de Jaquelín. Supo, fue vendida a una red de explotación sexual que opera en la frontera de México, específicamente en la ciudad de Tapachula, Chiapas.
Ante ello, la madre, advierte que ha sido imposible seguirle el rastro: “Durante años vine tres veces a México, y, aunque no llegue al Distrito Federal, yo fui hasta donde me dijeran que estaba. Mis recorridos no siempre fueron en puntos muy precisos en México. Recorrí todo Centroamérica, lugar por lugar, país por país, donde fuera que me dijeran que había pasado o podía estar. Toque las puertas y ahora… la verdad es que no sé con qué esperanzas estoy aquí, sólo Dios sabe.”
En su país también encontró una complicada trama de responsabilidades. Una mujer, de nombre Esmeralda Mendoza, fue detectada llevando a la niña con un pasaporte falso por las fronteras de Honduras, Guatemala y por último México. Sin embargo sólo sirvió como enlace para llevarla haciéndola pasar por su hija. Aunque después fue apresada, a los dos años salió de prisión por “buen comportamiento”. “Cómo es posible que las leyes tan imbéciles, hayan dejado libre a quien destrozó mi vida”, se lamenta María.
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Tres años después, al hacer un corte de caja en las finanzas de la familia, María notó que la pobreza toco a sus puertas. Los viajes por Centroamérica y México, esa búsqueda exhaustiva y solitaria para dar con esa red de trata de blancas, le hicieron detener momentáneamente la búsqueda para trabajar nuevamente. Humberto Mayorga, hijo de su hermana mayor con apenas 22 años, trató de consolarla pues en las noches no podía dormir. Dándose cuenta del estado mental de su tía, conmoviéndose ante su angustia, se solidarizó y un buen día le dijo: “tía, yo me voy a ir trabaja y a buscar a Jaque. Vamos a recuperarla.”
Poco después, el joven salió de Chinandega con rumbo a México. Supuestamente tomaría la estafeta de ella pero muy rápidamente los planes cambiaron. Todo pasó cuando su madre recibió una llamada de amenaza para que no volvieran a buscarlo. En ella le pasaron a Humberto quien les pidió lo perdonaran y que pronto se comunicaría con ellas, que “no podía hablar”. Al día siguiente marcaron al teléfono del que la hablaron. Nadie contestó. Hasta dos días hasta después en que una mujer descolgó el auricular, y les dijo:
‒Señora, aquí no ande llamando que es peligroso. ‒Alguien más arrancó le teléfono, preguntó: ‒¿Quién anda ahí?
‒Soy la mamá de Huberto.
‒Aquí no hay ningún Humberto y deje de llamar o le va a costar muy caro.
Desde entonces cortaron comunicación.
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A poco más de nueve años de que comenzó la tragedia, María no puede parar de llorar. Lo hace a cada rato, cada que existen motivos para hacerlos, mucho, de sobra. En el zócalo de la Ciudad de México, sin embargo, su minúscula presencia fue aplastada por el gigantismo capitalino; poco supieron que cargaba un gran dolor. Después de segundo, aparece el llanto nuevamente. Más aún cuando, entre los cantos, se impone uno de abnegación que le parte el corazón.
‒Cuántas cosas el migrante ha de pasar, en el viaje yo pude comprender: ¡Qué una madre no se cansa de esperar! ¡Qué una madre no se cansa de esperar! ¡Qué una madre no se cansa de esperar! Hoy he vuelto una vez más a recordar, cuántas un migrante ha de pasar, en el viaje yo pude comprender: ¡Qué una madre no se cansa de esperar! ¡Qué una madre no se cansa de esperar! ¡Qué una madre no se cansa de esperar!
‒¿Qué es lo que le duele? ‒le pregunté.
‒Esa canción me duele. Yo quiero que mi hija Jaque sepa que nunca voy a dejar de buscarla. Joven, si usted puede escribir algo, dígale que la esperamos en casa y que nunca la vamos abandonar. Que la amo con todo mi corazón y que nunca voy a dejar de buscarla.


