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Reflexiones para las mujeres trabajadoras en su día

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Este texto fue inspirado por todas las mujeres que hoy le permiten a la que escribe ser profesora de una de las universidades más importantes del mundo. Por Enheduanna, brillante poeta y sacerdotisa de la antigua Mesopotamia, a quien hoy, más de cuatro mil años después, a la racionalidad moderna no le alcanza para más que llamarla “la Shakesperare de la literatura sumeria”, por haber escrito mil quinientos años antes de Homero, el primer texto literario firmado bajo una autoría. Por Aspasia, a quien Sócrates reconocía como “Maestra”, pero que en nuestros textos de educación básica su nombre no aparece. Por Praxágora, valiente ateniense que logró instalar un régimen comunista e igualitario en una Atenas dominada por hombres. Por la rebelde Medea, quien planteó de forma contundente los primeros cuestionamientos acerca de la maternidad, y defendió el derecho de las mujeres de perseguir la sabiduría. Por las feministas de la época victoriana como Harriet Taylor, quien escribió La esclavitud femenina, en co-autoría de su esposo John Stuart Mill, aunque el único nombre en la portada sea el del famoso economista. Por las mujeres Marx, heroínas que pasaron por encima de las ruinas de la teocracia prusiana y la aristocracia inglesa, y durante sus años de lucha contribuyeron a sepultar las ruinas de la tecnocracia capitalista.

Por todas las mujeres a las que la historiografía económica no ha dado su lugar, y ha omitido de la memoria histórica de la clase trabajadora de las distintas épocas. Como si eliminando sus nombres de las narrativas, se pudiera conseguir la aceptación de que la historia sólo ha sido hecha por los hombres. Y nuestras mujeres revolucionarias no hubieran existido nunca. Como si Anna Ilínichna Yelizárova y María Ilínichna Uliánova, solo hubieran sido las hermanas de Lenin, y no sus camaradas de armas también. O como si el goce de derechos elementales como la independencia económica, el divorcio, el voto, y más recientemente el derecho a tener la opción de abortar no se hubieran logrado gracias a la práctica revolucionaria de nuestras adelitas y las miles de mujeres que con su lucha han enseñado al hombre trabajador de nuestro tiempo que ellos solos no pueden cargar sobre sus hombros el peso de la lucha en contra del capital. Sabiendo que la dependencia y la violencia ejercida sobre nosotras, más que beneficiar, representan un daño directo a la lucha emancipadora de la clase trabajadora.

Por eso desde la ciencia económica, también nos pronunciamos, conscientes de que hay mucho por aportar. Comenzando con el desarrollo de los primeros planteamientos marxistas, desde 1848, respecto a la división del trabajo que existe entre el hombre y la mujer en cuanto a la procreación de la familia, y el desarrollo del antagonismo que ha derivado en la opresión de clase y de género. La propuesta es que discutamos a profundidad los textos que abordan la vida y las condiciones laborales de la clase trabajadora femenina. Leamos la obra de Aleksandra Kollontái, pensadora de estos temas quien, acompañada de miles de mujeres soviéticas, lograron crear la primera legislación sobre Seguridad Social pensada en las y los trabajadores, con notables esfuerzos por socializar la protección de la maternidad y los recién nacidos, lo que le provocaron a ella fuertes y disparatados ataques, pero a nosotras una posibilidad de vivir.

Con inspiración de estos esfuerzos, considero que hoy las mujeres economistas tenemos frente a nosotras importantes retos. Y uno que a mi consideración es central es el reflexionar acerca de las transformaciones en la relación entre Familia y Estado. Ya que, bajo las relaciones de producción capitalistas, la familia de la clase trabajadora se transformó. Sus miembros se organizan de forma diferente, no solo por el cuestionamiento a la imposición de una única forma posible de familia (generalmente presidida por el padre-amo, cuya voluntad era registrada como ley por los demás miembros), también porque las relaciones de producción capitalistas han convertido a la mujer en una trabajadora asalariada, sin liberarla de sus labores de ama de casa y de madre. Bajo esta condición, pensemos en los cambios que se han producido en la vida familiar, si en los hogares tanto el padre como la madre pasan la mayor parte del día fuera de sus casas, entregados a una producción que no les reconoce su trabajo, de ahí los bajos salarios con lo que regresan terminada su jornada. Por eso, uno de los proyectos más ambiciosos de las mujeres revolucionarias soviéticas consistió en sustituir los trabajos individuales domésticos por una nueva forma de relación en la que se buscó extender una categoría especial de actividades laborales que permitieran a las mujeres trabajadoras gozar de una condición de la que ya gozan las mujeres burguesas; su liberación de la carga que representa la realización de tareas domésticas sin remuneración. La pregunta de partida es simple: ¿Por qué la mujer trabajadora asalariada debe extender su jornada haciendo tareas domésticas, y además sin pago por las mismas? Respuesta que no solo se construirá al interior de las familias, también debe trascenderá al Estado. 

Desde los espacios de reflexión como son las universidades, la tarea consiste en continuar y profundizar en la argumentación de que el trabajo doméstico es una actividad productiva y necesaria para la reproducción social. Desde el tiempo de nuestras abuelas, del trabajo de las mujeres depende el bienestar familiar. Al ser las mujeres productoras y reparadoras de ropa, encargadas de la conservación de carne y otros alimentos (ante la falta de refrigerador), del fermentado y hasta destilado de bebidas, o la fabricación de velas (ante la falta de energía eléctrica); en fin, de todos los trabajos domésticos que hoy se producen en grandes cantidades en los talleres y fábricas, muchas veces por las mismas mujeres, pero con resultados de su trabajo (productos-mercancías) que se les presentan como ajenos, respecto de ellas y también de sus familias. De ahí la importancia de resignificar el valor de las actividades que las mujeres realizan al interior de los hogares. Todas ellas más que útiles, necesarias para la reproducción de los miembros de la familia y la familia misma. 

Concluyo diciendo que el 8 de marzo se celebra el día de la mujer trabajadora. Y como tal, no se trata del día de la mujer en abstracto, sino de la mujer que es un eslabón en la cadena de luchas populares. La mujer que bajo las relaciones sociales occidentales ha sido el miembro más discriminado, tanto legal como socialmente. Y esta celebración debe venir cargada de alegría y de convicción. De una alegría que nos haga recordar a la temida escritora y revolucionaria Safo, quien hace 30 siglos profesara: “yo afirmo que alguien se acordará de nosotras”. Y con la convicción que nos heredaron las revolucionarias de los siglos XIX y XX de trabajar por una sociedad libre de todo tipo de privilegios; los que derivan del nacimiento (como género) y los que derivan del tipo de propiedad con el que se relacionan (la clase social). Y claro, con la fuerza de nuestras temidas compañeras feministas que con su praxis aprendimos que, si el enemigo triunfa, ni siquiera nuestras muertas estarán a salvo.

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