A los revoltosos, que luchan y no se dejan.
“A río revuelto, ganancia de pescadores”, dice un viejo refrán popular. Aplica muy bien para entender cómo funciona la política y en particular, la política mexicana. No en balde, el actual escenario social que vive México podría describirse como la crónica de un país que desde siempre ha aprendido a flotar en aguas turbulentas.
Para comprender la complicada situación política del México actual, se requiere dimensión histórica.
Aprender del pasado
Tras años de guerra y duras batallas, la Revolución Mexicana concluyó con un nuevo pacto social, plasmado en la Constitución de 1917. En medio de disputas políticas, imposiciones y también la construcción de algunos acuerdos, las demandas de los distintos sectores sociales que participaron en el conflicto fueron articuladas en la Constitución con la cual, se refundaría el Estado mexicano, bajo una perspectiva de justicia social.
Las exigencias de los sectores populares derivaron en leyes laborales más justas para la emergente clase obrera mexicana y también dio inicio al reparto de tierras, una de las principales demandas de los campesinos durante el conflicto revolucionario.
Sin embargo, esto no significó la pacificación del país. Los conflictos se extendieron durante la década de 1920, marcada por inestabilidad política y asesinatos de gran impacto, como ocurrió con el magnicidio contra el entonces presidente Álvaro Obregón. En esta misma década, se produjo la Guerra Cristera (1926-1929) en la cual, los sectores conservadores tomarían las armas para protestar contra restricciones impuestas a la libertad de culto y al mismo tiempo, defender algunos privilegios que la Iglesia católica perdió con el nuevo pacto social, emanado de la Revolución Mexicana. Los efectos sociales de dicho conflicto, siguen presentes hasta nuestros días, sobre todo en la zona del Bajío, donde la influencia cristera sigue siendo palpable en los principales bastiones del pensamiento conservador en México.
El fin del conflicto cristero se produjo casi al mismo tiempo que el nacimiento de un nuevo partido político, que a la postre se convertiría en el Partido Revolucionario Institucional (PRI). No es casualidad que ambos acontecimientos ocurrieran en 1929, como parte de un proceso de “institucionalización” de la lucha revolucionaria. A partir de entonces, prevaleció en México un modelo de partido hegemónico. La creación del partido permitió un reparto más equitativo de poder entre las élites, al mismo tiempo que aglutinaba a grandes sectores sociales: trabajadores (CTM), campesinos (CNC) y sector popular (CNOP). Así nació el corporativismo del PRI. Esto trajo un periodo de relativa estabilidad y paz social, dando pie a la consolidación de un nuevo régimen autoritario.
Con la llegada al poder de Lázaro Cárdenas, se produjeron una serie de reformas sociales en el sector educativo y servicios básicos. También se profundizó la reforma agraria. Pero el hecho más trascendente en este periodo, fue la expropiación petrolera de 1938, que permitiría financiar la incipiente industrialización del país. Esto hizo posible el emprendimiento de grandes proyectos como la creación de Ciudad Universitaria o el Instituto Mexicano del Seguro Social. El mandato de Cárdenas, sentó los cimientos de lo que en las décadas posteriores se conocería como el “Milagro mexicano”.
Una vez que los militares cedieron la presidencia del país a los civiles, la economía mexicana vivió su mayor momento de crecimiento con el modelo de Industrialización y Desarrollo Estabilizador que prevaleció entre 1941 y 1970, con tasas de crecimiento anual cercanas al 7% del Producto Interno Bruto.
Sin embargo, el creciente autoritarismo del presidencialismo mexicano derivó en una crisis política con la matanza del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Al mismo tiempo, el modelo económico entró en crisis por falta de visión a largo plazo, corrupción y una serie de medidas que se tradujeron en estancamiento económico. De este modo, la década de 1970 fue una década donde se manifestó la crisis estructural del régimen priista: represión, falta de democracia y recurrentes crisis económicas. En este difícil contexto, el auge de Petróleos Mexicanos permitió mantener a flote al país. Fue así que la “dictadura perfecta” se vio forzada a implementar una serie de medidas como la reforma política de 1977 para liberar presión a una olla exprés a punto de reventar, ante el alto descontento social.
Los estragos del neoliberalismo
Con la década de 1980, se profundizó la crisis, con la devaluación del peso y altos niveles de inflación. Esto generó condiciones para la imposición del modelo neoliberal en México, que inició durante el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988), durante el cual, una generación de jóvenes tecnócratas educados en el extranjero se hizo del control del PRI, generando una ruptura con el decadente nacionalismo revolucionario. A partir de 1985, el PRI adoptó el neoliberalismo como bandera. Tras el fraude de 1988, Carlos Salinas de Gortari sentó las bases del modelo neoliberal en México, creando una nueva élite, beneficiaria de las privatizaciones de compañías estatales. No es casualidad que los hombres más ricos del México actual, según la lista Forbes, fraguaron sus grandes fortunas a partir de las privatizaciones y la entrega de concesiones mineras: Carlos Slim (Telmex), Ricardo Salinas Pliego (Imevisión), German Larrea (Grupo México), Alberto Bailleres (Peñoles).
La entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLCAN) en 1994, bajo la justificación de impulsar un modelo exportador, agudizó la concentración de riqueza en pocas manos y aumentó la dependencia de México a la economía de EE.UU. Así fue como el neoliberalismo, ese nuevo ‘colonialismo de mercado’ impulsado desde EE.UU. y Reino Unido (con Ronald Reagan y Margaret Tatcher), echó raíces en México. La economía mexicana abrió sus puertas a la llegada de capital extranjero, provocando la quiebra de empresas nacionales que serían compradas por grandes empresas extranjeras.
El neoliberalismo acabó con la incipiente planta industrial mexicana para convertirse en un país maquilero, ensamblador de automóviles, ropa y equipos electrónicos, con lo cual, México se convirtió en un país exportador de importaciones (dado que los insumos para producir estos productos se importan principalmente desde Asia). Algo similar pasó con el campo, tal como se ejemplifica en la manera en que México perdió su soberanía alimentaria para depender de importaciones agropecuarias, como ocurre actualmente con el maíz, base de la alimentación de los mexicanos.
La crisis política de 1994, con el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, fue tan sólo la antesala del rescate bancario que se produciría como consecuencia de la privatización de la banca y la devaluación del peso. Un fenómeno que provocó la expulsión masiva de migrantes mexicanos hacia EE.UU., cuyo envío de remesas, permitió mitigar un poco los estragos del modelo neoliberal en México. Una vez más, la década de 1990 fue una época de aguas turbulentas, que daría pie al periodo de la alternancia en el poder.
La alianza política del PRI y PAN durante el fraude de 1988, daría como consecuencia la transición del año 2000 con la llegada del panista Vicente Fox a la presidencia de México, dando inicio formal al periodo del bipartidismo de derecha. Esto significó un cambio en lo político, con continuidad en el modelo económico neoliberal. Con la llegada del PAN a la presidencia, se reconfiguraron las relaciones de poder entre distintos actores políticos. Por primera vez, los gobernadores, en su mayoría del PRI, ya no percibían al presidente de la República como su jefe.
Esto les dio a los gobernadores mayor margen de maniobra en sus feudos estatales, incluyendo pactos con grupos criminales. Las crecientes disputas territoriales de los cárteles de la droga se producen en este contexto de fragmentación política. No es casualidad. De este modo, durante los gobiernos panistas, los llamados poderes fácticos gozaron de un poder sin precedente: las televisoras, las cúpulas empresariales, los líderes sindicales corruptos, gobernadores y altos funcionarios coludidos con el crimen florecieron durante este periodo.
Sin embargo, 2006 marcaría un cisma para México. El fraude electoral y la imposición de Felipe Calderón en la presidencia del país, provocó un daño grandísimo a las instituciones que sostenían a la incipiente democracia mexicana. La infame “guerra contra el narcotráfico”, que en realidad pretendía ocultar un profundo problema de legitimidad como consecuencia de una elección fraudulenta avalada por las élites empresariales, generó una crisis humanitaria sin precedente en la historia del país, al menos, desde el fin de la Revolución Mexicana. Este proceso de descomposición social disparó los niveles de violencia y convirtió al país en una inmensa fosa clandestina.
El regreso del PRI a la presidencia, a través de Enrique Peña Nieto, candidato impuesto por las televisoras y las élites económicas, terminó evidenciando el alto grado de descomposición social con un nivel de corrupción sin precedentes y un repunte de conflictos sociales de gran escala. Las llamadas “reformas estructurales” impulsadas por la derecha mexicana, el saqueo, la represión y las constantes masacres a manos de fuerzas armadas estatales (como pasó en Tlatlaya, Tanhuato, Nochixtlán y Apatzingán) terminaron desfondando al régimen neoliberal.
Cambio de régimen
En este contexto, la llegada del presidente Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México en 2018, significó un cambio de régimen político en el país. No un simple cambio de gobierno, sino una reconfiguración en la correlación de fuerzas entre las diversas instituciones que regulan el poder político en la sociedad mexicana y también un cambio en lo económico, con un modelo nacionalista y estatista que busca contener a través de programas sociales algunas de las injusticias provocadas por más de tres décadas de neoliberalismo.
Sin embargo, las élites derrotadas del régimen neoliberal se niegan a perder sus privilegios, y esto ha provocado una fuerte disputa política que ha dividido al país. Esta nueva guerra política en la historia mexicana, se dirime principalmente en los medios de comunicación a través de la manipulación informativa y la propagación de noticias falsas.
“A río revuelto, ganancia de pescadores”
En este contexto histórico, surge esta columna de opinión, que busca encontrar la verdad en medio de las oscuras y revueltas aguas de la política mexicana. La palabra ‘revuelta’ significa “alboroto, alteración, sedición”, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Alude también a un “cambio de dirección de algo”, un nuevo comienzo en esa rueda interminable de la vida social, donde las revueltas populares son el motor de cambio social a lo largo de la historia. Esta columna también es eso: un homenaje a los revoltosos del mundo, que luchan y no se dejan.
Pero además, el nombre de la presente columna es también invocación y conjuro, un homenaje a la vida y obra de José Revueltas, una de las plumas más notables de las letras mexicanas, perseguido y denostado por su actividad política. En este contexto, espero que el espíritu rebelde y crítico del genial escritor, sirva de guía en este ejercicio periodístico que se desarrolla a la par de una despiadada lucha política. Y quién sabe. A lo mejor con el paso del tiempo, de tanto evocar el espíritu de Revueltas se me pegue algo de su magnífica prosa, al igual que le pasó al Quijote, que de tanto leer libros de caballerías se volvió caballero andante.
Bienvenidos sean, queridos lectores, a estos tiempos de crítica, lucha y revuelta.

