Me gustaría empezar este texto con una frase trillada como “quedaron atrás los tiempos donde los imperios saqueaban minerales de sus colonias”, pero no sería totalmente verdadera. Las empresas transnacionales, basadas en los otrora imperios convertidos ahora en países desarrollados y civilizados del primer mundo, siguen realizando dicho saqueo renombrado como inversión extranjera directa y cadenas de valor.
Y bueno, a todos nos parece común que una minera canadiense o alemana extraiga minerales de los terrenos del tercer mundo en América Latina, que los lleve a transformar en productos tecnológicos en ciudades del tercer mundo en Asia y, finalmente, que les ponga la etiqueta y los revenda en los países desarrollados donde fueron “diseñados”. Es algo a lo que estamos acostumbrados, pues. O, incluso, nos hemos acostumbrado a ver a las grandes petroleras extrayendo crudo de países en desarrollo, dejando nada más que contaminación y empleos mal pagados.
En las últimas semanas, a propósito de la reforma eléctrica propuesta por el gobierno mexicano, hemos escuchado en tono de burla que los simpatizantes de la Cuarta Transformación son tan obtusos y “chairos” que piensan que las transnacionales nos roban el viento y sol mexicano, así como si fuera el oro que durante siglos nos saquearon como colonia. Ridiculizan que un planteamiento de ese tipo pudiera siquiera formularse.
Bueno, se puede. Aquí y en África. Uno de los proyectos que más se ha vendido en los medios hegemónicos como el epítome de la generación de energía de fuentes renovables a nivel mundial es DESERTEC, que empezó como un proyecto científico y de cooperación para evaluar la viabilidad de generación de energía eléctrica a través de centrales solares en el desierto del Sahara, al norte de África, posiblemente el lugar del mundo donde más irradiación solar se tenga.
Para ayudar —claro que desinteresadamente, no se vaya a pensar otra cosa— a operar el descubrimiento científico de que, en 6 horas, en el desierto del Sahara “cae” más energía de la que consume el mundo en un año, se formó un consorcio industrial donde participan Deutsche Bank, Siemens, Abengoa, HSBC, Morgan Stanley, ENEL y otras tantas caritativas empresas energéticas y bancarias que buscan evaluar el financiamiento del proyecto.
Dicho proyecto consiste, en pocas palabras, en colocar centrales de generación de energía eléctrica basadas en sistemas solar térmicos, solar fotovoltaicos y parques eólicos en el norte de África para, a través de una compleja y sofisticada red de transmisión, entregar aproximadamente el 15 por ciento de la electricidad que requiere Europa y cumplir con la meta de dicho continente sobre usar electricidad que provenga de energías renovables.
África, lo sabemos, es la región que además tiene la mayor pobreza energética en el mundo: alrededor de 630 millones de personas —dos tercios de la población del continente— viven sin electricidad. Solo en Nigeria, el mayor productor de petróleo y gas del continente, viven más de 90 millones de personas sin acceso a electricidad.
Nigeria podría utilizar en los años venideros el gas y petróleo que produce para electrificar rápidamente su país, quemando esos combustibles; sin embargo, el concierto de las naciones agrupadas en foros multilaterales como las COP le piden que no invierta más en proyectos que produzcan emisiones de gases de efecto invernadero. Pero tampoco le entregarán electricidad proveniente de DESERTEC.
Si hay una industria donde los intereses económicos y políticos son inextricables, es la energética. El primer mundo se desarrolló a través del saqueo de sus colonias y siglos de contaminar para crear sus industrias nacionales, redes eléctricas y de transporte. Es, sin lugar a duda, injusto que les pidan a los países pobres de África y América Latina no hacer lo que ellos mismo hicieron para desarrollarse y, al mismo tiempo, seguir saqueando sus recursos. Y sí, sí se puede comprar el sol; o por lo menos, lo que genera.


