Alejandra Moreno / @achearta81
(14 de mayo, 2014).- Otra vez te retrasaron ese pago que esperabas, olvidaste pagar el teléfono y lo cortaron, se ponchó una llanta del coche y mañana tienes cita OTRA VEZ en la dirección de la escuela de tu hijo. Cuando crees que el día no puede empeorar descubres que tu computadora tiene un virus y perdiste información valiosísima. Te duele la cabeza y tu molestia por tener un día tan complicado va en aumento. De pronto en el horizonte aparece tu pareja, te recuerda que saldrán a cenar porque es su aniversario y tú en silencio sólo piensas que ir a un restaurante abarrotado de gente es lo último que quieres hacer. Te recuerda que el restaurante es formal así que debes vestirte para la ocasión. De mala gana te disfrazas y van a cenar, pero cuando llegan resulta que hubo una confusión en la reservación (que hizo tu pareja) y deben esperar más de una hora a que les asignen mesa. Es la gota que derrama el vaso, volteas y le dices a tu pareja “Nos hubiéramos quedado en la casa, a mí ni me gusta la comida francesa”. En secreto piensas o de plano le dices que esto no era lo que querías y que mejor hubiera pedido una pizza, y de paso que estás muy enojado(a) por que el viernes pasado sentiste que te ignoró o menospreció cuando le contabas algo muy importante para ti. Acá entre nos, tu pareja confiesa que entre los dos eligieron el restaurante, pero algo dentro de ti te hace sentir muy molesto(a) con él o ella. De pronto te encuerdas más y piensas “¿Cómo sugiere un restaurante francés si tenemos tantos gastos ahorita? Qué poco prudente”.
Listo. Estás en ese superficial, irracional e importante pero común punto del amor: Esta persona que es tu partner no sólo ocupa el lugar más cálido de tu corazón, es el centro de tu vida emocional y dueño(a) de todo tu amor, sino también es de una manera extraña, y siendo objetivos de una manera insana y profundamente injusta, responsable de todo lo que sientes para bien o para mal.
El mundo nos molesta, decepciona, frustra y lastima en diferentes formas. Rechaza nuestras geniales y creativas ideas, nos brinca cuando hay un ascenso a la vista, premia a los idiotas, hace que perdamos las llaves y/o el celular. La mayor parte del tiempo ni nos podemos quejar y resulta difícil encontrar a quién culpar, y si sabes a quién muchas veces no puedes decir nada porque el dueño de todo tu desprecio es tu idiota jefe o alguien muy sensible a quien si le dices algo sólo empeorarás la situación.
Y ahí está tan a la mano la única persona que es tan cercana a nosotros que podemos mostrarle el costal de broncas que traemos, la persona a la que amamos. Esta bendita persona que se vuelve el recipiente de todos los sentimientos que nos generan la injusticia e imperfecciones de nuestras vidas. Lógicamente, en frío y no en el calor del momento suena absurdo culparlo(a). Pero ésta es una de esas extrañas reglas no habladas del amor y su forma de operar sobre nosotros. Tendemos a no manifestar nuestro enojo con la gente que nos presionó, molestó, criticó o lastimó de alguna forma. Lo que hacemos es sacar esos sentimientos con la persona que es más cercana y que sabemos nos ama y tolerará aunque la culpemos injustamente. Así que una vez molestos, volcamos nuestro enojo sobre la persona más tierna, simpática, leal y amorosa que tenemos, pero sobre todo que sabemos que nos ama y no se irá, esa persona que menos intenciones tiene de herirnos. Las palabras que le decimos a quien más amamos muchas veces son crueles, pero recordemos que son palabras que no le diríamos a nadie más en este mundo. Por contradictorio que suene, estas palabras que salen en nuestra versión más espantosa de nosotros mismos son sólo prueba de que sabemos que hay amor entre uno y otro, y prueba de una gran intimidad (y hasta de una inconsciente tensión –atracción– sexual). Inconscientemente sabemos que al descargarnos ahí con ése o ésa que conoce nuestros diferentes lados, que antes ya nos vio enojados llorar, tener miedo, dudas. Ese alguien que sabemos que después de nuestra lista de acusaciones y demonios expulsados nos va a perdonar. Podemos decir algo muy razonable o diplomático a los extraños, pero sólo en la presencia de en quién realmente confiamos podemos decir y hacer cosas irracionales y cargadas de emotividad, muchas veces de manera muy poco educada.
En parte, nos ponemos furiosos con nuestra pareja porque ocupa un rol importante y profundo en nuestras vidas. Tenemos fe en que la persona que entiende tan bien nuestro sentir y las partes más oscuras de nuestro ser y tiene muchas veces soluciones a nuestros problemas será capaz de eliminar esos sentimientos que nos molestan sólo con desearlo. Y contradictoriamente este efecto que causa el amor y la intimidad con alguien nos hace castigarlos por sentirnos como nos sentimos porque creemos inconscientemente (y no tan inconscientemente) que deben de estar tan molestos como nosotros por causarnos este sentimiento de molestia. Exageramos los poderes de nuestra pareja, como de niños exagerábamos los poderes de nuestros padres. Cuándo culpamos a nuestras parejas, estamos reviviendo la experiencia cuando de niños amábamos incondicionalmente a nuestros papás, a quienes veíamos perfectos, esos papás que nos podían mandar al cielo empujando nuestro columpio, que tenían una respuesta para todo, que encontraban la muñeca o el conejo perdido, que veían que hubiera comida en el refrigerador, esos que controlaban el mundo ante nuestros infantiles ojos. Nuestra pareja, cuando sabemos que nos ama y amamos, recibe un poco de esa amorosa, peligrosa e injusta confianza depositada de niños en nuestros padres. Hay algo en su amor que calma a ese niño o niña ansioso que aún vive dentro de nosotros, y justo por eso la amamos. Pero ese hermoso sentimiento que genera una parte más primitiva de nuestro interior hace que a veces esperemos demasiado de ellos, esperando que puedan controlar y aliviar más de lo que les es posible, queremos que tengan poderes mágicos, que adivinen qué sentimos, por qué actuamos como actuamos y que nos quiten de inmediato ese sentimiento de dolor o molestia.
Cuando nos toca estar del otro lado de la banqueta y ser los que “No la hicimos, pero la pagamos” podemos recordar (nunca es fácil) que estos ataques son en lo profundo horribles síntomas de algo muy lindo: que probablemente le importamos profundamente al otro y que confían lo suficiente en nosotros para recargarse en uno y tener la capacidad de lidiar con las humillaciones y maltratos que la vida diaria les lanza.
Si pensamos en el amor como en un arreglo o negocio que debe ser perfecto, los conflictos nos harán sentir en automático que la relación se está viniendo abajo. Pero culpar de nuestro malestar a nuestra pareja es en realidad un síntoma de cuánto hemos invertido en esa otra persona.
Es porque somos tan cercanos ya a ellos que podemos caer en zonas muy privadas de turbulencia y estrés de las que ninguna pareja se puede salvar. Éste es el más extraño, desafortunado y, desde un ángulo positivo, más halagador regalo del amor.


