Por Elvira Arellano
(20 de febrero, 2014).- Cuando estaba en un santuario bajo la presión constante de los medios informativos y las amenazas del Departamento de Seguridad Interna (Homeland Security) al otro lado de la puerta, recibí una visita de un alma muy generosa. La obispo Carcaño viajó desde Arizona dos veces para visitarme y para orar conmigo. Habla un castellano perfecto con voz suave y sincera, sus oraciones, me pareció, venían del lugar donde cantan los ángeles.
Minerva Carcaño, hija de campesinos, es obispo en la iglesia metodista unida. Una erudita, pastora desde hace muchos años, y una dirigente religiosa muy hábil en su congregación de 12 millones de metodistas. La obispo es una persona impresionante, tanto por su humildad y pasión por la fe, como por su calidez intelectual. Jamás voy a olvidar la paz y autoconfianza que me trajo en aquella coyuntura tan difícil para mí.
Hoy, leí que la obispo encabezó a un grupo numeroso de líderes religiosos y comunales ante la Casa Blanca, donde fueron detenidos por una acción de desobediencia civil: una manifestación en contra de las deportaciones en que exigieron que el presidente Obama utilice sus poderes ejecutivos para pararlas.
Para mí esto no fue ninguna sorpresa. No cabe la menor duda de que el presidente dispone del poder legal para extender aplazamientos que ya han sido otorgados a los “soñadores”, a sus madres y padres, así como a las madres y los padres de niños que son ciudadanos estadounidenses. Su negativa tiene un tono falso, porque antes de dar los aplazamientos a los soñadores, también negó tener el poder para hacerlo, y luego lo hizo.
Tampoco hay lógica política para que no detenga la ola de deportaciones que ya han alcanzado a 2 millones. El voto unido de los votantes latinos ha constituido el único argumento para obligar a los líderes republicanos a que negocien para alcanzar una solución legislativa. Tal acción por parte del presidente fortalecería la posición del congresista Gutiérrez y de otros que están negociando con los republicanos. Mientras las deportaciones sigan, nuestros verdaderos representantes están forzados a aceptar cualquier cosa que se les ofrezca simplemente para detener las deportaciones.
No me sorprendí porque sé que la obispo es una persona de profunda fe que no se deja silenciar por cuestiones políticas. Lo importante aquí es que la gentil obispo representa lo que nuestro movimiento debiera ser, es decir, lo no enredado en la politiquería para ganar “palanca” y fondos, sino representando lo que está dentro de los corazones de los que más sufren. Las leyes actuales contienen suficiente flexibilidad para que el presidente pudiera otorgar aplazamientos a millones y hasta permitir el regreso a sus familias, con motivos humanitarios, de personas ya deportadas.
Éstas son cosas que se pueden hacer. La obispo ha expresado lo que está en los corazones de millones. Ha llegado el momento de que los activistas que dicen hablar por nosotros se unan a ella. Debe parar la supresión política de nuestro movimiento. Ha llegado el momento para que los millones que somos nosotros marchemos hasta que el presidente dé alivio a nuestras familias.
El presidente ha utilizado el argumento de que “probando que aplica la ley” hará que se apruebe más fácilmente una reforma migratoria. Esto es lo que nos ha estado diciendo durante 6 años mientras deporta más personas que cualquier otro presidente en la historia de los Estados Unidos. Ha durado demasiado tiempo el atropello a los niños abandonados en los Estados Unidos y a la gente que repentinamente es enviada a la creciente violencia en México, sin empleo y sin ningún apoyo.
¡Que lideres, los bien remunerados, los de las organizaciones “pro derechos inmigrantes”, hagan una pausa en sus prácticas de ir a tomar el té en la Casa Blanca! ¡Que se unan a la obispo para retar al presidente Obama, para que cumpla con sus promesas por tantos años incumplidas!
Gracias, obispo Carcaño, mil gracias.



