Carlos Portillo / @portillo_carlos
(27 de enero, 2014).- El 14 de junio del 2012 un ex jefe de la Policía Nacional de Colombia es presentado como el nuevo asesor en seguridad de Enrique Peña Nieto; “el mejor policía del mundo” es como lo anuncian, por haber desarticulado los cárteles de Cali y Medellín, además de dirigir la operación que culminaría con el fallecimiento del capo Pablo Escobar en 1993. Su nombre: Óscar Naranjo Trujillo.
Sin embargo, algunos miembros de la prensa colombiana lo recordarían más por su vinculación con grupos paramilitares y acciones en contra de los derechos humanos, así como por tener un hermano que fuera detenido en Alemania durante el 2006, debido a su relación con redes europeas de narcotráfico.
“En 30 años de servicio, nunca creí que la maldición del narcotráfico llegara a mi propia casa”, declaraba en ese entonces el general Naranjo Trujillo.
Su llegada a México traería consigo el recuerdo de la detención masiva de 182 personas en Cali, las cuales fueron incomunicadas y vulneradas en cuanto a sus derechos humanos más fundamentales, pasando hasta dos años encarcelados sin recibir proceso legal.
De igual forma, tendrían eco las declaraciones del ex paramilitar colombiano, Daniel Rendón Herrera, en las que aseguraba que Óscar Naranjo se había encontrado con el narcotraficante y también paramilitar, Miguel Arroyave, para discutir sobre el asesinato de un coronel de la policía colombiana.
Una de las promesas con las que saldría de Colombia para incorporarse a la campaña de Peña Nieto, fue “reducir sustancialmente la violencia en México en 100 días”, a partir de la “creación de escuadrones de ataque contra sicarios y vendedores de droga en las ciudades, quienes son los responsables de los enfrentamientos”, concepto que después se relacionaría como eufemismo de paramilitares, o de forma más específica, el principio teórico de las autodefensas en Michoacán.
Posteriormente, los apellidos Naranjo Trujillo volverían a resonar en la opinión pública hasta mayo del 2013, cuando comentó en entrevista que la guerra contra el narcotráfico y su lógica de muerte eran cuestión pasada, además de afirmar que los homicidios ligados al crimen organizado habían disminuido. Mientras tanto, ya surgían los primeros grupos de civiles michoacanos armados, dispuestos a defender sus poblados, incluso con cierta tolerancia de los gobiernos locales.
“Los aliados del general (Naranjo) asesinaron a cientos de miembros del cártel de Medellín con lo cual aislaron y debilitaron a Escobar. ‘Es fácil ser crítico en retrospectiva (se citó a Naranjo), pero cuando dos o tres carros bomba explotan en Bogotá, Medellín o Cali y hay 120 muertos cada semana en esta guerra, la verdad es que el Estado y la sociedad dijeron, hagan lo que tengan que hacer para parar esto’”, fue el informe del diario digital The Hufftington Post; sobre el cual, Naranjo nunca negó los comentarios citados, que ahora tuvieran tanto reflejo en Michoacán.
De esta forma, a un año y medio de haber ocupado su puesto, ahora se ha hecho público su regreso a Colombia. Un boletín emitido el día de ayer por la Secretaría de Gobernación confirmaría lo que el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, comunicaba en su cuenta de Twitter dos días antes: “Hablamos con el presidente Peña Nieto para que el general Naranjo se pueda dedicar de lleno al proceso de paz y a la campaña”.
Con tal facilidad, Óscar Naranjo Trujillo deja el país como uno de los autores intelectuales de una estrategia rotundamente fallida para combatir al crimen organizado, y con costos de todo tipo transferidos al Gobierno Federal.

