Vía terrestre, existen dos formas de llegar a la meseta purépecha del occidental estado de Michoacán. Ganar tiempo implica ver por la ventanilla el lago de Cuitzeo, pero también pasar dos horas entre caminos de terracería.
Se puede gozar de la comodidad de la autopista en caso de que se decida atravesar Morelia (capital del estado), ciudad que desde la instalación de guardias comunitarias en varios municipios de la entidad permanece entre la incertidumbre que genera el silencio de los medios del estado, y las notas escandalosas que circulan a nivel nacional sobre las condiciones de inseguridad.

Si la Ronda comprueba que quien visita no es un “maleante” y no tiene malas intenciones con el pueblo, da la bienvenida al lugar de “espantos” como se traduce el nombre de uno de los 13 municipios purépecha de Michoacán.
Desde los relatos de las mujeres de Cherán, Cimacnoticias presenta la historia del movimiento que emprendió la comunidad de apenas 17 mil habitantes; autoorganización que lo llevó a ser considerado por el gobierno estatal como el municipio más seguro de la entidad, y a tener el sistema de vigilancia que los grupos de autodefensa han declarado que quieren imitar.
Rodeado por montañas de bosque, Cherán resistió por décadas la embestida de los talamontes que fueron recrudeciendo su forma de operar con la llegada del crimen organizado.
Ante la mirada omisa y cómplice de las autoridades municipales, los delincuentes cortaban los árboles, dejando sin recursos para alimentarse, curarse o sobrevivir a las y los comuneros. Camionetas llenas de madera pasaban por las calles del pueblo sin que alguien se atreviera a cuestionarlos.
Fue en 2009, que cansados de las burlas y los abusos de los “maleantes” algunos valientes intentaron detener la falta de respeto a la naturaleza que para ellos representaba la tala de árboles.
En esos primeros intentos de lucha perdió la vida Placido Fabián Ambrosio, esposo de Margarita Ambrosio Magaña, representante de uno de los cuatro barrios que conforman a Cherán.
Doña Margarita –como le dicen con respeto en la comunidad– recuerda muy bien el día del asesinato, pues ocurrió en las fiestas del pueblo. “(Yo) no quería salir porque como que presentía algo, pero mi esposo insistió en que fuéramos a ver la quema del castillo.
“Vivimos junto a la carretera por la que se sale del pueblo; diario veíamos pasar las camionetas llenas de madera. Esa noche las vi venir, nunca me imaginé que no iban por más árboles sino a matar a mi esposo. Oí los disparos, pero lo que más recuerdo fue el grito de mi esposo, que me pidió que corriera a esconderme a la casa.
“Me dieron en la pierna y ya no pude correr, sólo me quede tumbada en el suelo; como no oí más la voz de mi compañero pensé que él había logrado entrar a la casa; mi sorpresa fue verlo tirado junto a la puerta con dos disparos en la cabeza.
“Esa misma noche me metí en la cabeza que tenía que hacerle justicia, y de esa idea no me ha sacado nadie, se lo cuento y me dan ganas de llorar, pero una no puede quedarse llorando”.
Ese mismo año (2009) fue desaparecido el esposo de Rosa Tomás Gerónimo, Tirso Madrigal Madrigal, su familia lleva más de cuatro años sin verlo sólo porque intentó poner una valla para resguardar los bosques.
“Convenció a sus compañeros de empezar a construir una cerca; en eso estaban, habían alquilado una perforadora para hacer surcos y poner ahí los postes; una mañana encontraron quemado el material, su coraje fue tanto que se adelantó para ver si encontraba a alguien y hablar con ellos. Lo levantaron y no volví a saber de él”, cuenta Rosa.
“Denuncié y les pedí a los policías que me ayudaran a buscarlo pero no lo hicieron, así que le pedí a uno de mis hijos y a mi cuñado que me acompañaran. A los 10 días oímos disparos en el bosque, así nos advirtieron que dejáramos en paz las cosas; dejé de buscarlo por mi cuenta, pero no se me olvida mi exigencia de justicia”.


